Nadie te va a creer Capítulo 2 La carpeta #3
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Capítulo 2 La carpeta #3

Al día siguiente, decidió poner a prueba su sospecha de una forma pequeña y calculada: mencionó, durante la cena, un dato inventado sobre Cristina —que había empezado a salir con alguien nuevo, algo que no era cierto en absoluto—, solo para ver si Diego, en algún momento posterior, revelaba de alguna manera haber tenido acceso a información real sobre la vida de Cristina que contradijera la mentira.

Durante varios días, no ocurrió nada que confirmara sus sospechas, y Marta empezó a preguntarse si no estaría, después de todo, dejándose arrastrar por una paranoia sin fundamento real, alimentada por el estrés acumulado de meses de mensajes imposibles.

Pero el viernes siguiente, Diego comentó, de pasada, mientras veían la televisión, que le sorprendía que Cristina "no hubiera mencionado nada de estar saliendo con nadie" en una conversación reciente que, según él, habían tenido por mensaje directo.

Marta sintió que el corazón le daba un vuelco: ella nunca le había dicho a Diego que Cristina estuviera saliendo con nadie, ni real ni inventado, en ninguna conversación directa entre ellos.

La única vez que había mencionado ese dato falso había sido en la cena de días atrás, y Diego, de alguna manera, lo había asociado con una supuesta conversación con Cristina que, Marta estaba segura, jamás había ocurrido.

—¿Hablas con Cristina por mensaje directo? —preguntó, con el tono más neutro que logró fabricar.

—A veces, sí. Cosas del grupo de amigos comunes, nada importante.

Marta no insistió, pero esa noche, escribiendo en su cuaderno bajo la luz parpadeante de la taquilla del hospital al día siguiente, añadió una nueva entrada que la dejó con un frío distinto en el estómago: Diego tenía acceso, de alguna forma que ella todavía no comprendía del todo, a información sobre las personas de su entorno que iba mucho más allá de lo que una relación de pareja normal explicaría.

Fue esa misma semana cuando decidió, por primera vez, guardar una copia de los mensajes en un lugar que no dependiera solo de su teléfono.

Empezó un cuaderno, uno físico, de papel, que escondió en el fondo de su taquilla del hospital, lejos de casa, lejos de cualquier dispositivo que Diego pudiera revisar.

En él anotó, con letra apretada y nerviosa, cada detalle que recordaba de los tres mensajes: las fechas exactas, las horas, las palabras precisas, y también —esto le costó más escribirlo— sus propias sospechas crecientes sobre el hombre con quien compartía su vida desde hacía cuatro años.

No sabía todavía si esas sospechas tenían fundamento real o si eran el producto del miedo y el agotamiento acumulados.

Pero por primera vez, escribiendo en ese cuaderno bajo la luz parpadeante de la taquilla, sintió que estaba haciendo algo más que esperar el próximo mensaje con pavor.

Estaba empezando, aunque todavía no lo supiera con esas palabras exactas, a investigar.

El cuaderno se convirtió, en las semanas siguientes, en una especie de ancla silenciosa.

Cada vez que la ansiedad amenazaba con desbordarla, Marta encontraba un momento a solas en el vestuario para añadir una línea más, un detalle más, como si el simple acto de convertir el miedo difuso en palabras concretas, ordenadas por fecha, le devolviera algo de control sobre una situación que en cualquier otro aspecto de su vida escapaba por completo a su manejo.

Empezó también, casi sin darse cuenta, a estudiar a Diego con la misma metodología que aplicaba a sus pacientes más complejos: observar sin intervenir, anotar los síntomas antes de aventurar un diagnóstico.

Notó que dormía peor las noches posteriores a llamadas de trabajo que decía recibir de "clientes internacionales", siempre a horas extrañas, siempre en habitaciones distintas de la casa donde ella no pudiera escuchar con claridad.

Notó que, en las contadas ocasiones en que discutían por algo trivial —la compra, el reparto de las tareas domésticas—, Diego nunca alzaba la voz, nunca perdía el control aparente, algo que en su momento había admirado como signo de madurez emocional y que ahora, con la nueva mirada que había desarrollado, le parecía más bien el autocontrol entrenado de alguien acostumbrado a calcular cada reacción antes de mostrarla.

Una noche, mientras fingía dormir, escuchó a Diego levantarse de la cama y salir al salón.

Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y el corazón acelerado, escuchando el sonido apagado de una conversación telefónica que no llegaba a distinguir con claridad, salvo por un fragmento que se le quedó grabado con una nitidez perturbadora: *"...

no puede saber nada todavía, necesito más tiempo"*.

No supo, en ese momento, si esas palabras se referían a ella o a algo completamente distinto.

Pero las anotó, al día siguiente, en su cuaderno, con la misma letra apretada y nerviosa de siempre, consciente de que cada fragmento, por pequeño que pareciera, podía terminar siendo la pieza que completara un rompecabezas que apenas empezaba a vislumbrar.

Los fines de semana se convirtieron, sin que ella lo planeara del todo, en el terreno más fértil para la observación.

Diego dedicaba los sábados por la mañana a una rutina que llevaba años sin variar: gimnasio, ducha, la compra semanal en el mismo supermercado de siempre.

Marta empezó a acompañarlo con más frecuencia de la habitual, no por el placer de pasar tiempo juntos que fingía sentir, sino por la oportunidad de observarlo en espacios distintos al piso, donde sus gestos podían revelar matices que la rutina doméstica ya no le mostraba.

Fue en una de esas mañanas, en la sección de electrónica del centro comercial donde solían hacer la compra, cuando presenció algo que la dejó pensando durante días.

Diego se detuvo frente a un expositor de pequeños dispositivos de rastreo GPS, del tipo que se anuncia para encontrar llaves perdidas o mascotas extraviadas, y los examinó con un interés que a cualquier otra persona le habría parecido trivial, casi cómico, pero que a Marta, alerta ya a cualquier detalle fuera de lugar, le pareció cargado de un significado distinto.

—¿Para qué querrías uno de esos? —preguntó, con la ligereza fingida que ya dominaba a la perfección.

—Por si acaso perdemos las llaves del coche otra vez. Ya sabes cómo eres tú con las llaves.

Era una broma cariñosa, dicha con una sonrisa genuina, del tipo que en cualquier otra época de su relación Marta habría aceptado sin darle más vueltas.

Pero ahora, con la carpeta "M" todavía fresca en su memoria, con la lista de fechas y la póliza de seguro que aún no conocía pero que pronto descubriría, la broma le sonó a otra cosa completamente distinta: al ensayo casual de una idea que Diego, quizás sin ni siquiera ser plenamente consciente de ello, estaba empezando a considerar en serio.

No dijo nada más al respecto. Guardó el recuerdo, como tantos otros, en el compartimento mental que había empezado a reservar para las piezas de un rompecabezas que crecía cada semana, y siguió empujando el carrito de la compra junto a Diego, con la sonrisa exacta de la mujer enamorada que él todavía creía tener a su lado.