Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 65
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La oscuridad deja de ser absoluta. Se agrieta abriendo una fina rendija por la que penetra una luz blanca acompañada de dolor.

Es la vida.

Después llegan los sonidos.

Voces lejanas, amortiguadas. Pasos que se acercan o se alejan, no lo distingue.

Su mundo todavía es borroso y de un abstracto grisáceo que ha sustituido al negro cruel.

El pitido sí es nítido. Constante. Proviene del monitor que marca el tempo de las constantes vitales con precisión insoportable.

Como si algo como estar vivo pudiese medirse en términos objetivos, números y físicos.

Intenta moverse y la mano le devuelve un mar de sufrimiento.

El dolor le recuerda antes que la memoria quién es.

Salvador Arregi abre los ojos. Y la rendija de luz blanca se convierte en una compuerta abierta de resplandor cegador.

Con los ojos entrecerrados, las siluetas no se distinguen. Se aclaran con cada pestañeo pesado y lento, reticente a enfrentarse a la realidad.

Mendia. Su rostro. Su figura.

Su último pensamiento se convierte en su primera visión cuando los ojos fijan al fin su objetivo, y le confirman que sigue ahí, en el mundo.

Estar vivo es otra cosa distinta.

La voz se encasquilla en la garganta. Las cuerdas vocales son alambres de espino. Arregi necesita de varios intentos que raspan la garganta para lograr soltar la palabra que le quema dentro.

—Lasa —murmura Salvador Arregi—. Lasa —repite.

Maialen Mendia se levanta y se acerca a la cama de hospital.

Le gustaría sonreír. Mostrar el alivio, la felicidad que le proporciona ver que Arregi ha despertado. Que ha sobrevivido. Pero no puede. No cuando él pregunta eso.

—¿Lasa, Mendia? ¿Lasa?

Mendia se sienta en el borde de la cama.

Aún no ha hablado.

La voz llega del lado opuesto.

Una voz muy distinta a la de la mujer que pierde sus ojos en los de Arregi.

—Ahora no es momento para eso, Salva —dice Espinosa.

Arregi se gira a su derecha.

Intenta incorporarse.

El cuerpo le pesa dos mil toneladas.

—Quieto, joder. —Espinosa le pone una de sus manos de oso en el hombro—. ¿Qué hostias crees que haces? Ahora tienes que descansar. Descansar.

Arregi le lanza una de sus mejores miradas de desprecio.

Y se arranca la vía del brazo derecho.

—Pero qué cojones…

Espinosa le suelta. No sabe si es buena idea hacer fuerza.

Arregi se incorpora.

—Lasa —dice—. Lasa…—repite—, dime que está bien. —Arregi se vuelve a girar a Mendia—. Decidme que está bien…

Ella dibuja una expresión. Mínima. Imposible de descifrar, como si su alma corriese la persiana por completo para Arregi.

Entonces él se levanta.

Las piernas le fallan, pero de algún modo, Salvador Arregi consigue mantenerse en pie. Como si en ese gesto también se decidiese de algún modo la vida de su amigo. De un hombre al que llevó a la perdición con sus decisiones.

Otra vez más… sus decisiones…

Espinosa está frente a él de pronto.

Le sujeta con ambas manos.

Arregi le mira muy de cerca. A centímetros.

—¿Lasa? —pregunta.

Espinosa resopla con el aire de la bandera blanca.

—Siéntate, Arregi, tenemos que hablar.

—¿Está muerto? No te atrevas a decirme que está muerto. No te atrevas… —Arregi acerca aún más el rostro a Espinosa—. ¿¡Está muerto!?

Arregi le zarandea. Con intensidad tal como si sus brazos aún medio dormidos pudiesen mover la montaña de kilos que es Espinosa.

La herida de la mano se abre. Sangra.

—¿¡Está muerto!?

—Vale ya, Arregi, joder. Te vas a poner peor. No, no está muerto. ¡No está muerto!

Espinosa también libera tensión malsana que se enquista en su interior.

—Aún no, joder. No le mates aún.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Está grave —Mendia habla por primera vez—. Muy grave. Pelea por su vida. Por lo que ha dicho el médico, el pronóstico es poco favorable.

Arregi no la mira a ella. Tampoco a Espinosa. No mira a nadie al contestar.

—Eso es porque no conoce a Lasa. ¿Dónde está el médico? Tengo que hablar con él.

A Espinosa no le da tiempo ni de intentar convencer a Arregi de que vuelva a tumbarse en la cama.

Salvador se lanza a nadie sabe dónde, pues su cuerpo no es suyo aún. Y bajo esa ley cae contra la cama antes de volver a intentar dirigirse hacia la puerta. Espinosa intenta contenerle. La máquina de las constantes vitales pita con fuerza.

—¡Un médico! ¡Necesito un médico! —grita Arregi.

Una enfermera acaba de entrar y ayuda a Espinosa a retener de forma menos agresiva a un Arregi que, con cada segundo, va ganando fuerzas que no deberían existir dada su situación.

—¡Un médico! —grita—. ¡Necesito un médico!

El médico no da crédito a lo ocurrido.

Pero intenta contestar a las preguntas del policía con el mayor rigor posible, dadas las circunstancias.

Por más que le ha insistido en que no podía darle un porcentaje, que su trabajo no funcionaba así, ha tenido que acabar cediendo y dándole un aproximado.

Arregi tiene al fin su respuesta.

Lasa tiene algo parecido a un cincuenta por ciento de sobrevivir. De quedar sin secuelas graves, mucho menos.

La moneda está girando en el aire durante las siguientes horas, puede que días.

Y cuando caiga, no será un único hombre quien sobreviva o muera definitivamente.