Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 64
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La sangre desparrama su manto de vida por la superficie de la mesa. Hasta llegar al borde y caer en una catarata roja. El sonido de las gotas chocando con el charco que se forma en el suelo es rítmico y aterrador.

La bala ha impactado en el cuello, abriendo un surco imposible en la yugular. La parte superior del torso está apoyada inerte sobre la mesa.

Arregi ve muerto a El Arquitecto.

Mendia ve muerto a Diego.

Y ninguno de los dos sabe quién es realmente ese hombre que ha merecido un castigo que parece justo.

El problema es que han sonado dos balas estallando.

El problema es que ese no es el único cuerpo que sangra.

Lasa está tendido en el suelo. El disparo del Arquitecto ha impactado en su tórax, derribándolo casi en el acto. Respira entre jadeos mientras la vida también se le va escapando a él. En su caso, poco a poco, como el sedante con el que han drogado a Arregi.

Arregi que busca con la mirada a su pupilo. A su amigo. El que nunca le ha fallado. Y al que ha conducido hasta esa madriguera que era solo para él.

El bumerán sangriento de sus decisiones vuelve a segar otra parte más del alma de Salvador Arregi.

Intenta moverse. Lo intenta por todos los medios humanamente posibles, e incluso más allá. Pero por más que su anhelo empuje, su cuerpo no se mueve. Se duerme sin remisión, como el de Lasa.

Mendia llora, desesperada. Por lo perdido, por lo ganado y por lo que está en proceso de perderse también.

Mira a Lasa, y después a Arregi. Intenta deshacerse de las ataduras, pero es imposible.

Intenta mover la silla, tirarla y arrastrarse con ella, pero no.

Diego, El Arquitecto, no sabe cómo llamarle ya, ha previsto eso.

Las sillas siempre están ancladas al suelo.

Todo eso es por su culpa, se flagela Mendia, mientras sigue haciendo lo imposible por soltarse, por gritar, aunque sea. Culpa suya. Idiota y engañada. Con el enemigo en su cama. Jactándose de ser muy buena leyendo las intenciones de las personas.

Humillada.

Con la culpa por la pérdida de dos hombres buenos inyectada en las venas para intoxicar su sangre y su vida para siempre.

Lasa respira cada vez más despacio. Intenta taponar el agujero con la mano, pero la sangre se le escurre entre los dedos.

Arregi parpadea con cadencia cada vez mayor. Está durmiéndose. Y en su caso no hay despertar posible si no lo tratan de inmediato. Está mirando a Lasa cuando lo nota en sus ojos.

Ese cambio, casi imperceptible.

Y que, sin embargo, lo significa todo.

Lasa saca los dedos del agujero y la sangre mana libre. Está intentando coger su teléfono móvil. Pero la mano derecha le tiembla. La izquierda, lado donde está la herida, es un cable inservible.

Los intentos agónicos de su compañero hacen que Mendia se ahogue en su propia desesperación.

Entonces Lasa consigue que sus dedos resbaladizos y llenos de sangre marquen algo en la pantalla táctil.

—Espinosa. —Las palabras resbalan como si patinasen en el mar de sangre que parece ocuparlo todo—. El Molar…, Espinosa…. Avenida La Merced… doce…, número doce…  Patrullas ya…. herido de bala... grave… Arregi también… ambulancia… que… que…

El teléfono cae de la mano de Lasa.

De algún modo inexplicable desde lo racional, consigue llevar la mano a la herida y cae sobre ella boca abajo.

Ya no se va a mover más.

Los ojos de Arregi se cierran y el parpadeo ya no devuelve nada. Su cabeza se ladea hacia el hombro derecho.

Mendia intenta por todos los medios soltarse para ayudarlos. Para ayudar, aunque sea a uno de los dos.

Pero no puede.

No puede.