Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 63 #2
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—Tal y como me dijo mi chica, vuestro jefe aquí en Madrid, el inspector Damián Vera, sospechaba que teníais un topo dentro.

Está convencido, obsesionado, incluso, con ello.

Y tenía razón. El topo era Maialen Mendia.

Está a punto de descubrirlo. Cuando os encuentren aquí, en esta casa, a los dos muertos, todo encajará.

El Arquitecto vuelve a clavar la jeringuilla de nuevo en el brazo derecho de Arregi.

Un tercer pulso de sedante.

—Es ahora o nunca Salvador. Tienes que soltarte la mano para detener a la malvada Mendia. Antes de que el sedante termine de dejarte KO.

El tirón es salvaje.

La mano de Arregi se desgarra con el primer intento de El Arquitecto de arrancarla del clavo que la ancla a la mesa.

Mendia grita bajo la mordaza.

Llora impotente.

Segundo tirón.

Tercero.

El Arquitecto también grita cuando en un cuarto tirón empuja con todo.

Y la mano derecha de Arregi se despega de la mesa por fin, dejando bajo ella un riachuelo de sangre.

Arregi no ha gritado.

No siente dolor.

Hubiese deseado sentir como su piel, tendones y huesos se destrozaban al salir por la cabeza del clavo. Eso significaría que puede mover el brazo para intentar algo contra su captor.

Pero no.

Por más que lanza órdenes, ese brazo no se mueve.

Ya está muerto.

—En un acto heroico final, Salvador Arregi consiguió soltarse la mano destrozándosela —dice El Arquitecto—.

Consiguió llegar hasta el arma que llevaba oculta en el tobillo derecho.

Una Glock que acompañaba a su Heckler habitual.

Una Glock a su nombre que no será encontrada en su piso cuando lo registren.

Eso dirá el equipo de Damián Vera cuando vea la escena.

Arregi intenta unir los puntos.

Lo de la Glock es cierto. Está en el cuarto cajón de la habitación de las anotaciones en la pared de su piso.

No entiende cómo ni por qué. Lo intenta, pero…

Cada vez piensa más despacio.

—Sí, joder. No me miréis así —dice El Arquitecto—.

Mendia era el topo. Engañó a Arregi llamándolo para hacerle venir aquí, a El Molar.

Y aquí, le tendió la trampa final. Le ató a la mesa, como a los anteriores ajusticiados.

Y le administró el mismo sedante de acción lenta.

Para que no hubiese dudas de que el asesino era el mismo que las anteriores veces.

Su plan era perfecto. Una vez eliminado el triángulo azul, eliminaba también al policía que más se había acercado a él. Eso pensarán cuando os encuentren aquí.

El Arquitecto está poniéndose unos guantes de cuero mientras sigue con su exposición.

Solo después, cuando ya se los ha enfundado en ambas manos, saca la Glock de Arregi del mismo cajón en el que guardaba el frasco de sedante. Y sigue hablando.

—Pero el valiente Salvador Arregi logró de forma agónica sacar su Glock oculta antes de morir, y…

El Arquitecto apunta con la Glock a Mendia.

—A ti te encontrarán en el suelo, tendida en un charco de tu propia sangre, tras recibir el disparo de Arregi.

Y él no podrá liberarse de las ataduras después.

La dosis de sedante acabará siendo mortal.

Morirá tras varias horas agonizando y viendo el cuerpo sin vida de su compañera.

De su amiga. ¿O puede que algo más, Salvador?

Eso solo lo sabes tú, eh. Pero yo creo que sí…

En parte también por eso la elegí a ella.

Sabía que era la manera más viable de hacerte cometer un error.

El Arquitecto relaja su pose para compartir una mirada con Arregi.

Y después vuelve a empuñar la Glock en dirección a Mendia.

—En fin… Esto es lo que va a pasar: En el piso de la agente de la DIC, Maialen Mendia, encontrarán todo tipo de documentación delicada referente su relación con la Fundación Sísifo y el triángulo azul. Documentación que será prueba concluyente.

»Quédate, estás como en tu casa, me decías en la cama antes de irte a vuestra Caja a trabajar en el caso.

¿Te acuerdas, cariño? Pues sí, me quedé, como en mi casa.

Está todo ahí. Todas las pruebas de tu implicación con la organización.

Tu último acto tras limpiar parte del ecosistema de la fundación fue eliminar al último enemigo, al más peligroso: Salvador Arregi. El encargo final.

»Además, pensadlo, todo encaja. Cuando apareció muerto Rivas y su familia en Karrantza, ¿dónde estaba Maialen Mendia? En Bilbao. ¿Y cuando apareció muerto Becerra? Casualmente, en Madrid. ¿Y cuando aparecieron muertos Álvaro Monreal y Rafael Cifuentes en una finca de El Molar? ¿Dónde estaba ella?

El Arquitecto remarca una pausa.

—Ah, perdón, ese último detalle no os lo había contado.

Señala con un gesto con la cabeza al techo del salón, sin dejar de apuntar la Glock hacia Mendia.

—¿Acaso no lo oléis? Monreal y Cifuentes están pudriéndose en la habitación de arriba hace bastante.

Todo lo de tirar sus móviles aquí y dejar el post-it en el despacho de Monreal, eran las migas de pan, para que no os perdierais.

Para que vuestros compañeros no se pierdan, para que lleguen hasta esta casa tarde o temprano.

Para que puedan encontraros aquí. Para que todo encaje en el marco de la investigación contra Maialen Mendia.

Para que no queden dudas de ningún tipo.

»Para que Damián Vera tenga su topo. El que le da la razón por una santa vez en este caso que le ha pasado por encima. Y así, El Arquitecto seguirá sin existir para nadie que no sea Salvador Arregi. Fin del asunto.

El Arquitecto se agacha a la altura de Arregi.

—Si te hubiesen hecho caso alguna vez, ¿eh, Salvador?

Y desde esa posición, calcula la trayectoria que debería llevar el tiro como si lo efectuase Arregi.

Es solo una aproximación. No necesita más. Con las pruebas que ha dejado, y el ansia de Damián Vera de completar su teoría del topo, sabe que no hay demasiado lugar al error.

—En realidad, es cierto, de un modo u otro si lo piensas. El topo siempre fue Mendia. Siempre fue ella. Solo que de un modo distinto al que dictará la versión oficial de la historia.

El Arquitecto se levanta.

Ya sabe en qué lugar del cuerpo de Mendia va a incrustar las balas.

Después caminará campo a través al cobijo de la noche, pues ha utilizado el coche de alquiler de Mendia para venir a la casa, tras hacerle caer en su trampa. Otra prueba más para certificar la culpabilidad de ella y para mantenerle a él como un fantasma a ojos del mundo.

—No la culpes demasiado por la llamada de auxilio de antes, Salvador.

La obligué. Era eso o morir en el acto. Se puso muy tensa, estuve a punto de tener que dispararla.

Hubiese sido una pena, después de tanto trabajar, perderte como guinda final.

Perderte como presa. No hay nada que odie más un león que perder a su presa.

La última frase deja un silencio tras ella. Uno medido.

—Un león —repite El Arquitecto—. Aunque no lo creas, ya he contestado a tu gran pregunta sobre el «quién», Salvador. Creo que lo merecías. Dale vueltas mientras te vas quedando dormido en esa silla. Tiene más sentido de lo que parece.

Un león.

El sentido se difumina en el cerebro que se espesa a cada segundo.

Arregi mira la ventana en la que cayó en la trampa.

Y después a Mendia. Su rostro. Su figura.

La Glock ya traza su camino invisible hacia la fatalidad de lo inevitable.

El que habitan es un mundo donde los buenos no ganan siempre.

El salvaje mundo real.

Ese en el que El Arquitecto suele salir victorioso de forma habitual.

La voz de Arregi sale vomitada desde algún lugar del limbo de la consciencia por el que vaga.

El esfuerzo por sacar de ese inframundo cada palabra es indescriptible.

—El ego de Damián Vera no le deja pensar que tal vez él no es el primero en ver algo —dice.

El Arquitecto destensa la mano con la que estaba a punto de disparar.

Arregi vuelve a salir a flote para dejar otra frase suspendida.

—Incapaz de ver que yo sabía lo del topo antes que él.

El Arquitecto baja la Glock, solo un segundo, y mira a Arregi.

Arregi que vuelve a sacar una tercera frase de ese infierno que cada vez le aprieta más entre sus brazos ardientes.

—Tenías razón, Mendia. Lasa era quien te seguía. Lo hizo porque yo sé lo pedí. Sabe dónde estás en todo momento. Le colocó un dispositivo de seguimiento en el coche. Y yo le he enviado mi ubicación al llegar aquí.

La confesión de Arregi ha descolocado a El Arquitecto.

Ha hecho que se fije en él.

Solo un segundo.

Lo justo para dar margen a que la figura que ha visto Arregi asomada de refilón en la ventana, minutos antes, haya podido acomodar su posición silenciosa en el umbral de la puerta del salón.

El Arquitecto gira la cabeza consciente de que, en un solo segundo, Arregi le ha dado un golpe mortal.

Un segundo. Lo justo para que ese otro hombre que está apostado en la puerta ya le apunte con su arma.

—¡Quieto! ¡Suelta la pistola! ¡Las manos en alto! —grita Aitor Lasa.

Arregi se lamenta.

Lasa siempre fue demasiado leal.

Demasiado apegado a las normas.

Demasiado bueno como para no entender que alguien como El Arquitecto, en una situación así, jamás tiraría el arma.

Dos disparos secos resuenan en el salón como truenos de la fatalidad.