Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 63
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Los parpadeos son una película de terror encendiéndose en una pantalla vieja que funciona a chispazos. El zumbido en los oídos es un martillo percutiendo contra la cabeza una y otra vez.

Salvador Arregi abre los ojos.

Y lo primero que ve es lo último que ha pensado.

Mendia. Su rostro. Su figura.

Está ahí, anclada a una silla y amordazada. Le devuelve una mirada derrotada.

Arregi intenta aterrizar en la pesadilla. Pero el cuerpo sigue entumecido. El primer instinto es ir a buscar la Heckler. Pero la orden de su cerebro tarda siglos en llegar hasta la mano. Y cuando lo hace, se da cuenta de que no puede moverla.

El mero intento de alzar la mano derecha de la mesa irradia un dolor intenso que termina de despertar sus nervios.

Entonces Arregi mira y lo ve. El clavo enorme incrustado en el dorso de su mano, y que pega la palma a la mesa.

Igual que la familia Rivas. Igual que Claudia Ferrer.

Igual que José Becerra. Él es el siguiente.

Y peor aún, Mendia también lo es.

Aunque hay una diferencia entre ellos dos. Arregi lo detecta. Maialen Mendia no tiene clavos en las manos. Los brazos están atados a la silla. Inmovilizándola de un modo distinto.

Ella intenta hablar. Mueve la cabeza con latigazos espasmódicos. Pero las palabras no pueden escapar a la mordaza.

Arregi no entiende sus lamentos.

No entiende nada.

—Eran sedantes de liberación rápida. No tenemos toda la noche… sentirás que te explota la cabeza, Arregi.

La voz ha llegado desde algún punto a su espalda. Arregi intenta girar la cabeza, pero sus músculos son piedras todavía. El esfuerzo es inútil. No logra ver el cuerpo del que proviene la nueva voz.

Los ojos de Mendia le sirven de espejo. Se pierden en algún punto por encima de su cabeza. Y después se mueven a la izquierda. Hasta que Arregi ve ese contorno moverse como una sombra a su propia derecha.

Hasta que deja de ser una sombra, y es un hombre con rostro.

Arregi le mira. Recuerda las palabras de Gorehound. Un rostro que no llamaría la atención en ningún contexto. Un rostro tan aséptico, tan normal, que cuando cambia su piel se camaleón y te lanza su verdadera mirada, percibes al momento la clase de animal que es.

Salvador Arregi sabe que está mirando por fin a El Arquitecto.

—Sé que me has buscado mucho, Salvador. Pues bien, ya me has encontrado. Algunos me conocen por el nombre de El Arquitecto. Y otros, por otros nombres…

El Arquitecto mira ahora a Mendia.

—Como, por ejemplo, Diego. ¿Verdad, cariño?

Mendia no le devuelve la mirada. Se refugia en los ojos de Arregi mientras intenta contender el llanto, cosa que no consigue.

—No es nada personal. De hecho, lo hemos pasado bien.

Pero tenía que ser así. Ahora lo entenderás.

Eso sí, hay algo que tenía muchas ganas de poder soltar.

—El Arquitecto se acerca a Mendia—. Para gustarte tanto el karaoke, cantas de pena.

Si tengo que llegar seguirte un solo día más a ese agujero infame de La Octava, abandono el plan, lo juro.

El Arquitecto sonríe y mira a Arregi.

—Te puedes creer que me confesó incluso que sentía que la seguían.

Joder, Salvador, como todo tu equipo sea así…

no me extraña que no deis una. Imagínate lo que me costó no reírme.

Era yo quien la seguía, joder. Y encima, cuando me hablaba del caso, de los avances que hacíais y cómo lo enfocabais, me decía que ella era muy intuitiva con las personas.

Que era su punto fuerte. ¿Qué opinas, eh, Salvador? Muy intuitiva…

El Arquitecto suelta un comienzo de carcajada que corta de cuajo.

En realidad, nada de lo que pasa le parece gracioso.

Se aleja de Mendia y rodea la mesa.

—Intuitiva de cojones —dice cuando ya está a la altura de Arregi.

El Arquitecto da un tirón violento a la cinta que sellaba también los labios de Arregi.

—Me gustaría poder hablar contigo antes de que todo acabe.

Han sido muchos meses jugando juntos, ¿verdad?

¿Qué pensabas, Salvador? ¿Que no iba a hacer mi trabajo bien?

¿Que no iba a tener vigilados a quienes me vigilaban?

¿Que no iba a seguir la pista de los policías que llevasen el caso de Sergio Luján, alias Gorehound?

Joder, Salvador, si a ese pichón os lo entregué yo…

El Arquitecto se inclina hacia Arregi.

—Me has infravalorado, Salvador —le susurra—. Y eso me jode —dice antes de clavarle la jeringuilla en el brazo derecho.

Arregi no habla.

Solo mira a los ojos a El Arquitecto.

—Vamos, Salvador. Es ahora o nunca. Este sedante que te he inyectado es de acción mucho más lenta que el que te he disparado antes.

Os sonará, ¿verdad? La familia Rivas. Atados en la mesa yéndose poco a poco.

Dentro de un rato, cuando te enchufe otro par de viajes, lo vas a tener más complicado para charlar. Tenlo en cuenta.

Pero Arregi no dice nada.

Solo le mira.

—Mendia lo llevaba fatal, ¿sabes? Lo de la familia Rivas. Le costaba hasta dormir bien. Me decía: ¿qué persona puede hacer algo así? Algo tan horrible… decía. Y después dejaba que la abrazase. Si tenía suerte, incluso echarla un polvo.

Arregi no dice nada.

Solo le mira.

—No es algo que me haya gustado hacer, no creas. Yo soy un profesional. Pero en mi mundo, el fin siempre justifica los medios.

Arregi nota el hormigueo por el brazo en el que ha penetrado la inyección. Va subiendo poco a poco hacia el bíceps y después al hombro.

No sabe cuánto tiempo le queda.

—¿Y cuál es ese fin que justifica cualquier medio? —Arregi habla por primera vez, con las palabras saliendo encartonadas.

El Arquitecto sonríe. Le señala con el índice moviéndolo repetidamente.

—Eso ya lo sabes, Salvador. El encargo era acabar con el triángulo azul. Ya ves, yo no me caso con nadie. Deberías estar contento. En realidad, tú y yo queríamos lo mismo en esta partida. Eliminar el triángulo. Ese que te ha hecho tanto daño. Sí, sé lo de Astrid y Anna, Salvador. Una gran putada…

Arregi suelta un chispazo inevitable al oír los nombres. Se remueve en la silla con sus instintos primarios anhelando saltar a la yugular de quien ha osado nombrarlas. Pero las ataduras son firmes. Y los clavos atravesando sus manos, más aún.

Un pequeño charco de sangre se extiende por la mesa bajo las palmas desgarradas.

Arregi bucea en las inmensidades de su alma destruida, y tras un esfuerzo titánico, solo deja salir a flote al policía. Y ese, sabe que lo único que puede arañar ahora mismo, es información.

—Tienes razón. Eso ya lo sabía. He tenido claro desde el principio que estabas eliminando al triángulo, y exponiéndolos al mismo tiempo. Ni siquiera me importa el motivo. Siempre he sabido que la pregunta era otra. Que la pregunta no era por qué. Que la pregunta siempre ha sido quién.

Arregi hace una pausa.

—¿Quién tiene el poder de eliminar algo como el triángulo? Y el poder para que tú te cambies de bando de esta forma. Sí, esa es la cuestión: ¿Quién?

—La pregunta está mal formulada, Salvador. Porque yo nunca he tenido bando.

El Arquitecto se mueve. Ha abierto un cajón. Saca un frasco y clava la jeringuilla. Extrae líquido. Y ya vuelve a estar llena. Con ella en la mano, vuelve hacia Arregi.

Y Arregi sabe que el tiempo se esfuma. Que tiene que volver a hablar.

—Tiene que ser alguien muy poderoso para eliminar de un plumazo una organización como la Fundación Sísifo. Y comprarte a ti para que los traiciones, digas lo que digas.

—Yo no traiciono, Salvador. Porque mi lealtad no está en venta. Yo hago trabajos y cobro mi recompensa. Punto. Parece que no terminas de entenderlo.

Arregi sonríe ampliamente.

Un gesto que irrita a El Arquitecto, aunque intente fingir lo contrario.

—¿Se puede saber qué es lo que te resulta tan gracioso, Salvador? Creo que es hora de un segundo viaje —dice el hombre que se hacía llamar Diego, al mismo tiempo que clava la jeringuilla en el brazo izquierdo de Arregi.

—Creo que no era por dinero —Arregi empieza a hablar con dificultad—. Eso me hace gracia. Creo que te tienen acojonado. —Nota el líquido de la segunda dosis de sedante recorriendo su brazo izquierdo—. A fin de cuentas, no eres más que su perro de presa.

El Arquitecto retira la jeringuilla y niega.

—No tienes ni idea, Salvador. Crees que sí.

Pero no. Ni tú ni ninguno de los tuyos tenéis ni idea de lo que hay detrás.

Os pensáis que podéis enfrentaros a ello.

Soy yo quien debería reírme a carcajadas.

La Fundación Sísifo no es nada. Es solo un nombre prestado.

Como lo es el triángulo. Solo una mínima herramienta desechable.

El Arquitecto chasquea los dedos.

—Ya está. —Vuelve a chasquearlos—. Hacen esto y deciden que el triángulo ya no sirve.

En parte, por tu intromisión, inspector Arregi.

Te acercaste mucho. Expusiste lo débil que era en realidad el símbolo y la fundación.

Una chapuza. Eso cabreó a alguien. Y ya está.

Un chasquido de dedos y ya no existe. Ni ellos, ni tú.

Ni tu unidad. Todos liquidados con un solo movimiento.

Un simple chasquido de dedos. Eso es lo único que necesitan. Se acabó.

Arregi ya no siente ninguno de los dos brazos.

Su consciencia navega por un mar embravecido de olas cada vez mayores. Se mantiene a flote a duras penas.

Como Alejandro Rivas mirando a su familia antes de perecer, él mira a Maialen Mendia, sentada a la mesa frente a él. Testigos ambos de su propia derrota. De su propia muerte.

—Os voy a contar lo que va a pasar. Sería injusto que te fueses de este mundo sin saberlo, Salvador. Yo no soy como tú. Yo te respeto. Has sido un rival duro, aunque eres bastante peor de lo que te crees, esa es la verdad.

El Arquitecto vuelve a su cajón.

Llena la jeringuilla por tercera vez.

Camina hacia Arregi con ella en la mano.