Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 62
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Arregi baja la velocidad de cuajo al entrar en la zona prohibida. En el área marcada en rojo del mapa.

El Molar duerme. Paz sobre paz. Silencio que se vuelve abstracto de tan absoluto, al igual que la negrura.

Las casas se separan cada vez por más metros conforme avanza hasta la ubicación que le ha mandado Mendia.

Salvador Arregi baja las ventanillas, dejando a los dos grados de temperatura invadir el interior del coche. Necesita escuchar. Sentir el entorno. El oído aguzado solo le devuelve una calma tan real como engañosa.

Él sabe que el infierno puede estar en un lugar silencioso y de iluminación tenue y cálida. Al final del pasillo de un hogar. En la habitación de una niña a la luz de la lámpara de un pollito. En la habitación de una hija.

Recorre los últimos metros con el fantasma de ese recuerdo agrandándose en el silencio gélido que ya le abraza por completo.

Los grillos interpretan su concierto de cada noche, ajenos a la maldad del mundo que habitan. O tal vez asimilándolo sin mayores pretensiones.

Trescientos metros.

Arregi baja aún más la velocidad.

Las respiraciones se vuelven también más lentas, más hondas, espesas.

Hace tiempo que su pulso ya no se altera por nada.

Entonces piensa en Mendia.

Pum pum.

Doscientos metros.

Arregi hace el coche a un lado de la carretera. Apaga las luces y el motor.

Coge el teléfono móvil. Duda sobre qué hacer. Pero decide llamar. Apagado o sin cobertura, dice la voz mecánica al intentar contactar con el teléfono de Mendia.

Comprueba una vez más el navegador GPS. Y después el mensaje de voz de Lasa. No hay tiempo. Le envía un único mensaje como contestación. Vuelve a mirar el GPS. Ya tiene el resto del camino impreso en su mente. Bloquea el móvil y lo guarda. En la mano solo va a llevar una cosa, y no es esa.

Arregi baja del coche.

Su instinto le grita que el resto del camino debe ser a pie. Silencioso. Camuflado entre los grillos. Y con el tacto del gatillo de su Heckler sobre sus dedos.

Las primeras luces encendidas quedan ya demasiado atrás. Avanza en mitad de la nada con paso firme. No ha trazado el camino hasta El Molar como un misil para ahora perder tiempo. No hay un atisbo de duda en él. De aversión al riesgo. No puede haberlo cuando se es un hombre que ya ha perdido todo.

Es por eso por lo que Salvador Arregi, y solo él, acudiría en solitario hasta ese punto.

Cien metros.

Se mete por el sendero a mano derecha.

Ochenta metros.

Sus respiraciones se condensan en el aire. Lo que sale de su interior es fuego chocando con hielo. Hasta la Heckler parece ya ardiente, cada vez empuñada con más violencia.

Cincuenta metros.

La silueta oscura de la casa ya se recorta en la negrura. Sí para quien mira con los sentidos alerta como un animal.

«Estoy tras unos arbustos en la cara derecha de la casa» le había dicho en la llamada Mendia.

Una llamada agónica, aterrada.

Arregi analiza cada detalle, lo dicho y lo callado, y la forma de decirlo.

Se está metiendo en una madriguera.

Pero no tiene otra opción.

Mendia.

El pulso se acelera, ahora sí.

Veinte metros.

La sombra de la finca ya queda perfectamente recortada a la luz de la luna.

Arregi se fija primero en ella, y después en la cara derecha. Hay árboles rodeando todo. ¿Arbustos? Eso es más difícil de valorar desde ahí.

El silencio ahora es plano. Ya no se oyen los grillos. No se oye nada.

Al menos Arregi no.

Está metido en un efecto túnel violento. Es un cazador, y también una posible presa, todo en uno.

Ya no hay más miedos que consumir.

Ya está.

Ahora solo queda el instinto.

Arregi rodea la casa a distancia suficiente para no ser detectado entre la oscuridad.

Lado derecho.

Unos arbustos.

Camina entre árboles con la Heckler ya en alto. Dibujando el rostro de Mendia en su mente. Su silueta. No lo necesita. Ya la tiene incrustada ahí. Es clave para no cometer un error.

En cuanto la vea entre la negrura, la reconocerá.

Como también reconocería a cualquiera que no fuese ella.

Unos arbustos, en la cara derecha.

Cree saber a qué se refiere.

Es difícil de valorar entre la oscuridad.

Pero es justo en ese lado. En el lateral derecho de la fachada de la casa, donde un único punto de luz pervierte la negrura absoluta de la explanada de árboles en la que se erige solo esa edificación.

Lo que sea que ha visto Mendia, ha podido ser ahí.

Tiene sentido.

Y eso es a lo máximo que se puede aspirar en una situación así.

Las piernas semiflexionadas. Ambas manos sujetando la pistola, cuyo cañón barre el frente trazando trayectorias invisibles.

Arregi acecha recortando metros hasta ese lado derecho de la fachada.

Se detiene tras el tronco de uno de los árboles.

Hay una sombra más pronunciada más adelante. Arbustos. Puede.

Mendia.

Un latido.

Una respiración.

Exhalación prolongada.

Arregi avanza hacia los arbustos, que parecen una trinchera perfecta.

Mendia siempre fue lista. Intuitiva.

Su rostro. Su silueta. Arregi se emborracha de ello. Es lo más importante, tenerla presente, fundirse con ella. No cometer un error. Solo eso.

Uno, dos, tres pasos.

Algo suena. Sonido mínimo. Una bomba atómica en el hipotálamo de Arregi.

La Heckler reacciona al instante, y busca la amenaza.

Pero no encuentra nada.

Ha debido ser una hoja cayendo.

Los arbustos.

Mendia.

Su figura. Su rostro.

Arregi y su Heckler están ya ahí. Casi encima.

Se agacha al llegar tras el manto de arbustos.

No ve la figura. Ni el rostro.

Nada.

—Mendia. —El susurro es el más liviano de su categoría.

—Mendia. —Otra vez.

Sin respuesta.

El eco de la fatalidad le devuelve rebotado el nombre susurrado.

Mendia.

Arregi calcula opciones y probabilidades a mil por hora.

La luz de la ventana del lado derecho de la fachada sigue siendo un imán ineludible.

¿Es posible que Mendia haya visto una oportunidad y haya intervenido?

¿Es posible que esté esperándolo en el interior de esa casa?

Puede.

En calidad de qué lo hace es otra pregunta imposible de eludir.

Arregi avanza agachado. Sacrificando la posición de la Heckler por hacerse más pequeño. De que la sombra de su cuerpo se haga más pequeña en la noche.

Son metros de angustia.

Y de pronto, su espalda ya se empotra contra la piedra húmeda de la fachada.

La ventana iluminada está a solo tres pasos en el lateral hacia la izquierda.

La Heckler empuñada con ambas manos contra el pecho.

Arregi avanza raspando la espalda contra la pared. Casi como si quisiese incrustarse en ella, al igual que los cadáveres de los sótanos.

Ya está pegado al lateral izquierdo de la ventana y la luz.

Un solo movimiento y alcanzará a ver el interior.

Pero es un movimiento crucial.

Arregi baja la Heckler y las manos a la altura de la cintura. Y se inclina hacia la ventana con un gesto mínimo.

Solo el lateral de la cabeza. Solo lo justo para que el ojo izquierdo mire de refilón y le ofrezca una panorámica rápida del interior de esa ventana. Un salón. Una mesa. Una silla. Y la derrota.

Mendia. Su rostro. Su figura.

El estímulo sensible al que obligaba a su cerebro para no errar el tiro.

O para convencerse de ello, de que simplemente no está pensando constantemente en ella.

Y ahí está. Pero de un modo muy distinto al que hubiese imaginado.

Arregi se retira una fracción de segundo hacia atrás. Recrea la imagen que ha visto en un flashazo en su mente.

Mendia. Su rostro. Amordazado.

Mendia. Su figura. Atada a una silla. Con sus manos en la mesa. Como un comensal delicado.

Pero a diferencia del resto que ha visto en esa posición, ella está viva. Está viva.

¿Lo está?

Sí. Está seguro.

Necesita comprobarlo. Necesita visceralmente comprobar que ella está viva.

Arregi vuelve a asomarse a la ventana. Esta vez de forma más pronunciada.

Mendia. Su rostro. Amordazado. Los ojos, abiertos. Vivos. Ojos que miran a la ventana. Que le miran a él. Que quieren decirle algo.

El problema de lo visceral es que choca frontalmente contra las decisiones frías y calculadas. Los sentimientos son compañeros de viaje de la subjetividad. Del error.

Arregi se mueve muy rápido. Su reacción es casi inmediata, pero llega un mundo más tarde de lo que debería en una situación así.

Una, dos, tres o puede que más picotadas en su espalda, pierna y brazo.

Su enemigo ha estado en todo momento a su derecha. Muy cerca y lejos al mismo tiempo.

Un enemigo paciente, sigiloso y calculador. Alguien con el don de ser invisible.

Un hombre enfundado en un traje negro que solo deja espacio a los ojos. Que avanza a su espalda hacia él tras dispararle.

Mendia. Su rostro. Su silueta. Es lo último que piensa Salvador Arregi antes de que sus piernas dejen de pertenecerle y la noche lo engulla.