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Eduardo Aristegui percibe el olor antes que cualquier otra cosa.
Ese inconfundible olor a incienso quemado y humedad.
Todavía va a tardar en ubicarse, en salir a la superficie de los vivos tras estar horas buceando en las aguas negras de la inconsciencia.
Hay veces que vivir no es la mejor opción.
Y esa es una de ellas.
Apenas recuerda nada de los instantes previos a que todo se fundiese a negro.
El humo del incienso le raspa el pecho en el camino hacia sus pulmones. Entonces tose, y con eso, para su desgracia, se despierta un poco más.
Las figuras borrosas van ganado definición con cada parpadeo plomizo. El pulso va cogiendo ritmo con la adrenalina regando su cuerpo como terapia de choque.
Hasta que lo sabe.
Hasta que es consciente del horror supremo.
Esta vez es él quien está en la silla de los sacrificados.
Está en el sótano. En el agujero del que creía haber salido para siempre. Atrapado por una maldición de la que se creía absuelto.
Cada par de ojos lo mira oculto tras máscaras de distinto tipo y color.
Lo que no puede saber en ese momento, es que no es su sótano. No es el sótano de Karrantza. Si no el de una casa de Cuidalcampo, a muchos kilómetros de su hogar. Distinto sitio, mismo juego de poder.
Su mente revive las torturas, todas y cada una de ellas, con sus diferentes matices, que vio infligir a quienes estaban en la mesa de los sacrificados, lugar que ahora ocupa su cuerpo, del que le gustaría poder huir en ese mismo instante.
Desearía poder abandonar su ser. Perderse como un suspiro hasta ser la nada.
Pero sin sufrir.
Solo pide eso.
No sufrir.
Pero su petición no va a ser cumplida.
Eso los sabe cuando lo ve.
Cuando por fin lo ve.
Entonces entiende todo.
Su pecado capital. Su osadía, ingenua, casi sacrílega. Haber pensado que podía matarlo.
Sí, lo sabe, cuando por fin lo ve.
Esa máscara roja como la sangre fresca, que representa la cara de un león.
Ha vuelto para hacer pagar a los traicioneros.
Eduardo Aristegui mira al hombre bajo ella. Un hombre que se acerca a él. Hasta quedar de frente. Separados por centímetros.
Y lo sabe. Ese hombre no es el mismo que hace diez años. El tiempo ha corrido, y, sin embargo, es más joven. Sus ojos parecen los mismos, pero no lo son. Como si tuviesen un brillo igual, pero siendo otros. Sí, lo sabe. Lo entiende.
Puedes matar al hombre, pero no al símbolo.
Sí, lo sabe. Lo entiende. Ha llegado la hora de pagar por todo. Por cada decisión. Por cada arista moral que ha ido degradando su persona.
Y se perdona en un instante postrero, al abrigo de una revelación pura: todo lo que hizo fue por salvar a su hijo.
Imagina a Gabriel moviendo el alfil. Aunque él no se lo dijese, siempre lo ha sabido: esa era su pieza favorita. Un padre siempre lo sabe.
Eduardo Aristegui sonríe mirando de frente a la máscara del león.
Y después abre los ojos. Y grita.
Grita.
La primera puñalada ya ha perforado su carne.
El León y El Club siempre dominaron el tablero.
Jaque mate.