60
Arregi no duerme.
Es una de las características del animal herido. De quien nunca hará las paces con la vida.
Piensa en Mendia, primero.
Y en lo que ella le ha dicho, después.
Piensa en un nombre, pronunciado de sus labios, que se repite: El Molar.
Lo hace mientras mira un mapa con un área redondeada. Un círculo rojo trazado sobre ese mismo punto. El Molar en el centro de todo.
Mendia ha visto a Lasa siguiéndola.
El Molar.
Mendia.
Lasa.
El Molar.
Mendia.
Lasa.
El Molar.
Mendia.
Mendia.
Mendia.
Mendia.
Mendia…
El pitido es un trallazo a traición que le saca de su pozo mental.
Un trallazo agudo y repetitivo.
Mendia.
Ese es el nombre que se ilumina en la pantalla.
Justo ese.
Arrastra el dedo sobre la pantalla y la llamada queda abierta.
—¡Arregi! Arregi…
Mendia habla alterada, a tirones.
—Tienes que venir, Arregi…
Las palabras parecen arrastrar a la fuerza unas a otras.
La respiración de Mendia es pronunciada y rápida.
Demasiado.
—Mendia, respira. —Arregi impone una calma imposible—. Intenta hablarme. ¿Ir a dónde? ¿Dónde? Necesito que me hables.
—Aquí, Arregi. A El Molar… Lo sabía… He venido a comprobar algo. Yo sola… No confío en nadie… te lo dije. Y… Dios… es aquí… Te acabo de… de mandar una ubicación. Estoy escondida tras unos arbustos… ven ya. Ya… No creerías lo que he… lo que he visto… Es…
—Mendia, Mendia, respira. Respira, joder. Necesito que te comuniques conmigo. Cuéntame qué has visto.
—No. Por teléfono no. Tienes que… que venir… a la ubicación… Arregi, tienes que venir solo. Solo tú. No confíes en nadie. En nadie. Nadie…
Arregi abre el enlace que acaba de mandarle Mendia.
—Joder, vamos a estar bien jodidos con estos mensajes y llamadas como la cosa se descontrole. Eres consciente, ¿verdad?
Arregi no obtiene contestación.
Al otro lado, respiraciones agitadas y desbocadas.
—Shhh. No… No puedo hablar…
Mendia entremezcla un susurro extraño con algo más.
Arregi tiene la impresión de que está conteniendo el llanto.
—Creo que vuelve a salir. No… No puedo hablar más… Arregi… ven ya… Ya… Se nos acaba el tiempo. Tú solo. Y ten cuidado… Recuerda… No confíes en nadie… en nadie.
Ya no hay palabras entrecortadas. Ni respiraciones agitadas. Solo un corte abrupto en la línea. Y silencio.
Ese silencio absoluto y demoledor que se escucha en un pitido fino de línea interrumpida que se cuela en tus pensamientos.
Arregi vuelve a mirar el mapa. El círculo rojo sobre el área de El Molar. Después la dirección exacta de la ubicación de Mendia, que se incrusta dentro de ese territorio marcado.
Coge las llaves del Passat y sale corriendo de la habitación 511. Aunque detiene el paso al atravesar el pasillo exterior de una planta reservada por completo para la DIC. Pasa despacio junto a las puertas cerradas, preguntándose en cuantas de ellas habrá un policía, o una cama vacía dentro.
Ya en el exterior, corre.
El Passat devora furioso el asfalto bajo la luz nocturna de Madrid.
Los cuarenta minutos hasta El Molar le parecen un mundo, aunque vaya a recorrerlos como mucho en treinta.
Conduce a ciento setenta kilómetros por hora cuando entra la notificación en el móvil.
Pulsa el botón verde casi sin mirar, sin despegar la atención de una carretera por la que vuela. Hunde más aun el pie en el acelerador mientras el mensaje de voz se reproduce. Daba por hecho que era Mendia, pero se da cuenta de su error al oír la voz de Lasa por los altavoces del coche.
—Arregi. Tengo algo. He investigado por mi cuenta…
sé que Vera lo desautorizó… pero… las pistas sobre las que trabajábamos de los años de Aristegui, Arrieta y Elorza eran buenas.
Estaba seguro y… Ya sabes que solo confío en ti.
He descubierto algo… Creo que… Gabriel Aristegui nos mintió.
Nos dijo que su padre, Eduardo Aristegui, desapareció a principios de 2010.
Que creía que se había fugado para estar a solas con su conciencia.
Pero he investigado y, es curioso, porque, sabemos que el nombre de Eduardo Aristegui estaba en uno de los cadáveres de Cuidalcampo, y que databa del año noventa.
El noventa. Curiosamente ese es el año en el que Eduardo Aritegui lega a su hijo todas sus empresas y propiedades y se jubila.
Se retira de la vida pública. Esa es la historia oficial.
Pero por más que busques y busques, no encontrarás rastro de Eduardo Aristegui más allá del año noventa.
No hay nada. Ni una mínima muestra de que estuviese en este mundo.
Es literalmente un fantasma. Es demasiada casualidad.
Creo que en el año noventa pasó algo en ese sótano.
Algo más allá de lo que imaginábamos. Y creo que Gabriel Aristegui sabe mucho más de lo que nos ha contado.
Creo que fuimos demasiado blandos con él.
Nos salió con el papel del pobrecito afligido con el ajedrez y todo eso.
A saber cuánto nos ha ocultado… Hay veinte años que no consigo rellenar.
Tenemos que volver a por Gabriel Aristegui. Llámame en cuanto puedas, Arregi.
Ahora no.
Arregi acelera aún más.
El indicador roza los ciento noventa kilómetros por hora descontando metros hasta El Molar.
Hasta Mendia.
Para Salvador Arregi no existe nada más en ese momento.