59
Ese bar no es El Andén.
Un bar repleto de policías no era el mejor escenario para transgredir las normas de Damián Vera.
Los dos botellines de cerveza sudan conforme pierden el frío.
Ninguno de los dos ha dado un solo trago.
Maialen Mendia y Salvador Arregi están sentados el uno enfrente del otro.
Él la mira fijamente. Ella alterna, moviendo sus ojos a los lados, buscando una presencia indefinida, nerviosa. Puede que incómoda. ¿Asustada?
Arregi intenta descifrar todo eso clavándose en sus iris miel que le rehúyen, que orbitan alrededor de él sin definir nunca sus intenciones reales. Como siempre.
Aguarda.
Sabe que tiene que ser ella quien hable primero.
—Me da la sensación de que nuestras quedadas cada vez son peores. Ya ni bebemos las cervezas…
Maialen Mendia ni siquiera acompaña la frase con una sonrisa irónica.
—Esto no es una de nuestras quedadas. Es una reunión clandestina —contesta Arregi.
Mendia da el primer trago de su botellín de cerveza.
—¿Me equivoco? —insiste él.
Ella niega con la cabeza.
—He encontrado algo. Pero no sé… —Mendia se atranca, bebe otro trago corto y rápido—. Gálvez me observa, me vigila. Lo noto. Ya no me fío de nadie…
—¿Menos de mí?
Ahora sí, Mendia esboza una sonrisa automática y famélica. Que pronto devuelve su expresión grave.
—Por algo he acudido a ti, ¿no?
—No sé si yo soy la persona en la que deberías depositar toda tu confianza…
—Yo creo que sí —contesta ella.
Arregi da también su primer trago al botellín, y el segundo, y el tercero, y otro más hasta dejarlo por la mitad de golpe.
—Pues ya que hemos traspasado la línea… Dime, Mendia. ¿Qué es lo que has encontrado?
Mendia vuelve a mirar a su alrededor con ráfagas cortas antes de hablar.
—Puede que no sea nada, pero, encontré unos documentos en el registro del despacho de Álvaro Monreal.
Tenía un post-it sobre la compra de una finca.
Estaba buscando fincas para comprar. Descartaba varias.
Hasta que una… encajaba con una zona en la que tenía recibos de pagos en gasolineras de la misma área.
Repetidas veces. Es raro… mi intuición me susurró algo.
Esa finca estaba en un lugar apartado. Casi escondida entre árboles en medio de la nada.
Igual que las otras casas donde han aparecido las anteriores víctimas.
Arregi guarda silencio unos segundos.
—¿En qué zona estaba la finca? —pregunta después.
—El Molar. A-1, autovía del norte, a unos cuarenta minutos del centro de Madrid. Tiene zonas con fincas apartadas. Perfectas para esconder algo.
Arregi no dice nada.
Termina la mitad restante del botellín.
Toma nota mental de todo.
—Demuestra que confías de verdad en mí, Mendia —solo dice como contestación.
Ella no sabe cómo reaccionar.
Arregi tiene clavada en la mente esa ubicación, aunque disimule lo contrario. El Molar. No es la primera vez que ve ese nombre aparecer. No lo es en absoluto.
—Vamos, Mendia. No nos has hecho romper así las normas para contarme eso. Sé que tiene que haber algo más. No nos hagas tirar esta oportunidad. Dime qué es lo que te preocupa de verdad.
Los ojos de Maialen Mendia son un ciclón que escanean cada rincón del bar a mil por hora. Hasta detenerse de golpe sobre los de Arregi. Se inclina ligeramente hacia él. Y aunque no lo hace de forma deliberada, su tono de voz sale mucho más bajo.
—Hace tiempo que tengo una sensación extraña.
Tengo la sensación de que me siguen. No tengo claro cuándo empezó.
Ni tenía claro que no fuese solo paranoia.
Ya sabes cómo son estas cosas… con casos como el del triángulo…
esta mierda se te mete en la cabeza… y ya no sabes distinguir la amenaza real de sugestión.
Pero últimamente he decidido fijarme más.
Ser más cuidadosa. Tender una trampa a ver…
y… ayer, a la noche, vi a alguien… por fin…
lo vi… no era sugestión… era una persona…
me han estado siguiendo… me ha estado siguiendo.
Arregi no pregunta.
No hace falta.
El golpe final llega solo.
—Era Lasa.
Las dos palabras de Mendia surcan el espacio que ahora parece inmenso entre los dos.
Y solo las sigue un silencio destructor.
—Lasa era quien me seguía, Arregi. Por eso te he hecho venir aquí. Ya no confío en nadie más.
Diez minutos más tarde Mendia sale del bar. Y siete minutos después de ella, lo hace Arregi.
Ninguno de los dos es consciente de que un par de ojos, ocultos a la perfección, les ha observado hacerlo.