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Arregi permanece en silencio y observa.
Helena Ibarra lanza las preguntas como metralla.
La secretaria habla firme. No parece demasiado abrumada por el hecho de que alguien con quien trabajaba cada día haya aparecido muerto de forma violenta. Contesta con frases claras y sin titubear a cada pregunta de Ibarra.
—Aquel día llegó algo antes. No suele. El señor Becerra siempre fue un hombre muy apegado a la puntualidad.
—Canceló una reunión. Pero es habitual que se haga.
—Parecía algo nervioso. Llevaba así varios días.
—En realidad nunca ha sido un hombre que se tomase con calma el trabajo.
—Esa mañana, pidió que nadie le molestase. Aunque eso también era habitual en él.
—Siempre te hacía sentir que le molestabas si hablabas tú primero.
La sucesión de preguntas y respuestas se alarga sin dejar nada por el camino.
Hasta que Arregi dicta el siguiente paso.
—Necesitamos tener acceso al despacho del señor Becerra.
14:27
Los grandes casos no suelen resolverse con una prueba brillante.
Normalmente avanzan gracias a cientos de papeles aburridos que alguien decidió no tirar.
Salvador Arregi y Helena Ibarra llevan toda la mañana buscando ese tipo de errores mal escondidos.
—Ya has leído tres veces ese mismo contrato —dice Ibarra.
Arregi tarda en contestar.
Ni siquiera se había dado cuenta que seguía sujetándolo.
Lo descarta y lo apila junto al resto de nada, que conforma una montaña cada vez más grande.
19:05
—Otra vez más, desde el principio —dice Ibarra.
El vigilante de seguridad resopla. Y dice muchas cosas para sus adentros, antes de dar al play de nuevo.
El vídeo de las cámaras que registran las entradas y salidas del edificio vuelve a reproducirse en la sala del centro de seguridad. Llevan encerrados más de dos horas en ese espacio estanco de un puñado de metros cuadrados.
Arregi observa las imágenes, una y otra vez, pero no está ahí. No las procesa. Igual que tampoco ha procesado los contratos. Ni las agendas. Ni las facturas.
Su cuerpo lleva todo el día investigando a Becerra. Su cabeza no.
Por suerte, hace ya demasiado tiempo que Salvador Arregi es un muro lo suficientemente indescifrable como para que nadie sepa interpretar desde fuera nada de lo que ocurre en su interior.
Y él lleva todo el día de investigación pensando en otra cosa.
20:58
Arregi e Ibarra despiden un día de investigación que al menos uno de los dos sabe que no lleva a ningún sitio.
21:37
Salvador Arregi está empotrado en sus pensamientos, aunque su cuerpo habite la silla de la habitación 511 del hotel en que la DIC ocupa toda una planta.
El sonido agudo del teléfono es una cuchillada a su concentración.
Y más aún, lo es ver de quién proviene esa notificación.
Arregi se queda unos segundos calculando las consecuencias. Las implicaciones de esa llamada prohibida.
De lo que le pide.
Vuelve a releer el mensaje de Maialen Mendia.
Y se levanta.