Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 57
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La noche de la ciudad ya no suena igual cuando sospechas que alguien camina detrás de ti.

Los pasos dejan de ser ruido para convertirse en ecos de pregunta.

Cada esquina obliga a decidir si detenerse a mirar o seguir caminando.

Lo peor de que puedan estar siguiéndote es la indecisión, la duda que va corroyendo la mente entre sí es real o solo una imaginación absurda.

¿Ese hombre estaba antes en esa esquina?

¿Ese coche acaba de pasar antes por la misma calle?

¿Giro la cabeza para analizar lo que hay a la espalda?

Dudas habituales que hoy no tienen cabida.

Esta noche no.

Camina firme, sin alterar el ritmo, sin ápice de duda. Exactamente del mismo modo que no haría dudar a alguien que te sigue. Hasta que llegue a confiarse. Hasta poder cometer un error.

Busca la grieta por la que poder tender una trampa.

Aunque, al abrigo de una noche que ya cae, el terreno parece más fértil para el depredador que para la presa.

Las sombras se amplían, los huecos ciegos en los que acechar. Y las vías para el escape se van cerrando.

Pero para quien está jugando la partida con al menos un movimiento de ventaja, solo es cuestión de esperar a que se abra la brecha.

Con calma tensa.

Una esquina que dobla. Un callejón y otra esquina más adelante.

Una puerta entreabierta.

Una oportunidad perfecta.

Justo la que estaba esperando desde hacía demasiado.

Ha tenido que jugar con fuego.

Y ahora va a tener que meterse en la hoguera para intentar salir sin la piel calcinada.

Una vez dobla la primera esquina, acelera el paso. Todo lo posible sin llegar a correr.

Y se mete en el portal cuya puerta estaba abierta. La cierra tras de sí, como si nunca hubiese estado abierta. Y corre a esconderse.

Desde el hueco de la pared de los buzones, asoma la cabeza, solo centímetros. Lo justo para ver por el rabillo de uno de los ojos la puerta de cristal cerrada del portal.

Si el perseguidor es tal, lo verá pasar ante esa misma puerta en cuestión de un minuto o menos. Solo segundos.

Tic tac, tic tac, parecen descontarse al bombeo del pulso en sus sienes.

Tic tac.

Tic tac.

Y de pronto todo se para.

La figura pasa caminando deprisa ante la puerta.

Una aparición fugaz, pero que despierta más fantasmas de los que disipa.

No puede saber si lo que ha visto es o no lo que parece. El paso ha sido demasiado repentino.

En su fuero interno, quiere pensar que sí, que ha visto mal. Que no es lo que parece.

Respira. Aún sin moverse del sitio. No puede salir. No se moverá de ahí hasta pasado el suficiente tiempo. Como mínimo, veinte minutos. Puede que más. Sigue observando de refilón esa puerta mientras vuelve a respirar.

Y entonces la figura vuelve a aparecer.

Por sorpresa.

Ha vuelto sobre sus pasos.

Es evidente que el juego de esquinas y ausencias le ha perturbado. Que se ha dado cuenta de que algo no encajaba. Y se ha plantado ante la puerta de cristal del portal.

Ahora sí. Lo ha visto con claridad.

Ya no son fantasmas. Ni paranoia.

No es sospecha. Es un depredador con cara y ojos.

Cara y ojos conocidos.

La reacción es automática. Instintiva. Esconderse tras la pared de los buzones. Pero al hacerlo, el sensor de movimiento del portal hace que la luz se encienda.

Las pulsaciones violentas vuelven.

No se moverá de ahí.

Ni un milímetro.

El depredador no va a forzar la entrada.

También tiene mucho que perder.

No se moverá.

Ni un milímetro.

Hasta que la luz del portal se apague.

Y mucho después de eso tampoco.

Nunca ha sentido tanto miedo como en ese momento.

La luz del portal se apaga.

Solo queda el sonido de una respiración entrecortada.