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Eduardo Aristegui escucha la radio, enclaustrado en su despacho.
La noticia está en todas partes.
La última víctima de un nuevo atentado de la banda terrorista ETA.
Un coche bomba.
Esta vez siega la vida de un ejemplar hombre de negocios y conocido benefactor de la margen derecha de Bizkaia.
Sabe lo que eso significa.
«Ya está hecho», ha sido el escueto mensaje de la llamada telefónica que solo ha constado de esas tres palabras.
«Ya está hecho».
Eduardo Aristegui mira el mapa de fotos de hombres con corbata que le ha obsesionado durante los dos últimos años.
Por fin sabe sobre cuál de esas caras de persona cabal se sitúa la máscara roja del león.
«Ya está hecho».
Y desde luego, ha parecido un accidente, piensa.
Eduardo vuelve a abrir la caja del tercer cajón del escritorio.
La máscara blanca con manchas de sangre. Su nueva piel como Obolus.
«Ya está hecho».
El león ya no manda. El Club ya no manda sobre el triángulo azul, que ahora se llama Fundación Sísifo.
«Ya está hecho».
Es como poner fin a una pesadilla demasiado real.
Eduardo Aristegui se coloca la máscara blanca de Obolus. Una última vez.
Observa su reflejo con ella. Una última vez.
Después se la quita con un gesto lento, con la energía de quien se ha quitado de encima un peso inmenso, incalculable. Insoportable. Y tira la máscara a la papelera.
«Ya está hecho».
Se acabó.
Él solo había puesto una condición para aceptar participar en la traición al león.
Dejar de ser Obolus.
Dejar de pertenecer a la Fundación Sísifo.
Dejar de ser cautivo del triángulo azul.
«Se está trabajando para confirmar la identidad de la víctima... Los restos están calcinados… Una bola de fuego… Una explosión enorme…» —dicen en los informativos de la radio, que no cesan de ampliar detalles del atentado.
«Ya está hecho».
Se acabó.
Eduardo Aristegui apaga la radio.
Se levanta del sillón.
Va a salir del despacho que ha absorbido su alma durante todo ese tiempo.
Vuelve a la vida.
Al abrir la puerta, escucha el sonido inequívoco de una pieza chocando con el tablero de madera.
Gabriel está jugando al ajedrez.
Eduardo sonríe por primera vez en mucho tiempo.
Se pregunta si Gabriel querrá volver a compartir partida con él.