Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Tres días después, la moneda de Lasa sigue girando en el aire.

Y Salvador Arregi, lo primero que hace al salir del hospital, es coger el testigo de su compañero y amigo. De la llamada que le hizo cuando corría a salvar a Mendia.

La puerta se abre y el hombre que aparece ante él, lo hace con la expresión de quien estaba esperando justo esa visita.

Gabriel Aristegui mueve la torre negra cinco casillas hacia adelante.

No le da tiempo a bordear la mesa y colocarse en el lado de las piezas blancas. El sonido del timbre le deja suspendido en ese limbo entre sus dos personalidades transmutadas en rivales de ajedrez.

Nadie suele llamar a la puerta de su casa.

Eso solo amplifica la intuición que le abraza desde hace tiempo. Sabía que esa llamada llegaría tarde o temprano.

Que, en algún momento, algún policía más astuto que los anteriores que le visitaron, querría hurgar más en el pasado de los Aristegui. Del hijo, pero también, del padre, sobre todo. Aunque puede que ambos sean lo mismo.

Da un último vistazo al tablero y se dirige a la puerta de entrada.

Al abrir, confirma que el hombre que encuentra esperando en el umbral no es ninguno de los dos policías que le visitaron la anterior vez, días atrás.

No.

Ese hombre es otra cosa.

Se identifica como agente Arregi, de una unidad de tres siglas, pero Gabriel sabe que no va a hablar con él solo en calidad de representante de la ley. Esa lectura de movimientos la haría incluso un jugador mediocre.

—Si no le importa, agente, podemos hablar en mi despacho. Estaba a punto de terminar una partida. Nunca, nunca jamás se deja una partida de ajedrez a medias.

9:40

—¿Le gusta el ajedrez, agente Arregi? Era así, ¿no es cierto? Arregi.

—Sí, es así. Y no, no me gusta el ajedrez.

Gabriel Aristegui le dedica una mirada.

—Extraño. No tiene usted pinta de no ser una estratega. Y créame, se me da bien detectar esas cosas —dice Aristegui mientras se sienta en la silla de las piezas blancas—. Solo me quedaban unos pocos movimientos. Negras lo tiene crudo…

El alfil blanco se mueve en diagonal, limitado por su propia naturaleza.

Gabriel Aristegui se levanta.

—En realidad podría mover ambos bandos desde el mismo asiento, pero es como una especie de ritual que tengo. Además, es bueno para mi salud. Si no pasaría demasiadas horas sentado. Y uno va teniendo una edad…

Arregi permanece de pie. Ha rehusado sentarse.

Desde esa posición que exhala tensión, habla.

—Señor Aristegui. Un compañero mío tiene dudas sobre lo que declaró cuando él vino a hablar con usted. Cree que no dijo toda la verdad.

—¿Cree que mentí?

—No necesariamente. A veces, eludir ciertos detalles deliberadamente, es incluso más grave.

—¿Y qué detalles son esos, agente Arregi?

Aristegui mueve la reina negra. Un movimiento audaz. Uno que gira la partida en el momento más inesperado.

—Mi compañero cree que su padre, Eduardo Aristegui, desapareció algo antes de lo que usted y el relato oficial dictan.

Su nombre apareció en uno de los cadáveres del sótano de Cuidalcampo.

Y eso fue en el año noventa. Desde ese momento, no parece haber nada que pruebe su existencia.

Ya sabemos que le legó todas sus empresas ese mismo año y se retiró de la vida pública.

Pero de ahí a parecer un fantasma absoluto si uno escarba un poco más…

Gabriel Aristegui vuelve a estar en el lugar de las piezas blancas.

El peor pecado en una batalla ajedrecística es dar la victoria por segura.

El bando blanco ahora se da cuenta de la trampa en la que ha caído. Ahora recula, pelea por sobrevivir. El caballo se sacrifica intentando salvar a su rey.

—Y según su compañero, o según usted, agente Arregi, ¿cuál es el motivo por el que ocultar algo como eso?

—He venido aquí en busca de esa respuesta.

—Para encontrar las respuestas adecuadas, formular las preguntas propicias es fundamental. No me queda claro qué es lo que se pregunta exactamente, agente.

Arregi se acerca con calma hacia Aristegui. Se inclina sobre la mesa en la que está el tablero en el que dirime la partida. Y habla susurrando.

—Lo que yo me pregunto es por el quién. El quién.

Sabes, Gabriel, un hombre me dijo algo cuando pensaba que ya me había matado.

Pensaba que yo estaba muerto, por lo que podía mencionarlo.

—Arregi se acerca más aún—. Pero he vuelto de entre los muertos, y lo he hecho con esa palabra prohibida bajo el brazo.

Gabriel Aristegui acaricia con los dedos el alfil negro. Un gesto que sella el pacto de tener que mover esa pieza. Pero no la mueve aún. Se queda ahí. Quieto. Esperando.

—Mi pregunta es quién es el rey real del tablero, Gabriel. Creo que tu padre lo sabía, y creo que por eso no volvió de Cuidalcampo. Y yo ahora tengo la palabra prohibida.

Arregi invade el espacio de Gabriel Aristegui, para hablarle directo al oído, aunque solo estén ellos dos en esa habitación.

—León. Esa es la palabra prohibida. ¿Queda clara mi pregunta? Eso es lo que busco. Busco al león.

Gabriel Aristegui permanece mirando ese alfil que sigue apresando entre sus dedos.

Cinco casillas en diagonal.

Y ya está.

Da un golpe seco al rey blanco, que cae sobre el tablero.

Jaque mate.