Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 54
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Damián Vera lleva casi diez minutos sin mover un solo músculo. Respira con cadencias profundas y largas. Permanece de pie frente a lo que observa fijamente mientras sus pensamientos se adentran en sinuosas rutas. Sumido en un trance.

El rotulador permanece inmóvil entre sus dedos. Hace rato que ya no escribe. Ya solo mira la pizarra de La Pecera.

No son los nombres de Álvaro Monreal o Rafael Cifuentes los que capturan su atención de forma enfermiza. Tampoco el de José Becerra.

Son otros.

Salvador Arregi. Helena Ibarra.

Aitor Lasa. Iñaki Espinosa.

Maialen Mendia. Marta Gálvez.

Las parejas designadas por el mismo para encontrar a la desesperada al juez y al abogado desaparecidos.

Nombres que parecen distintos cuanto más los relee.

Ya no son policías.

También son sospechosos.

Pardo está sentado en una de las sillas a poco más de dos metros. Respeta el silencio de Vera. O más bien, no se atreve a perturbarlo.

—¿Crees que les vamos a encontrar vivos? —suelta de pronto Vera, que sigue con los ojos clavados en las duplas de nombres y apellidos de los supuestos buenos—. Al juez y al abogado.

—Se me hace difícil tener motivos para ser optimista.

La respuesta de Pardo rebota contra las paredes de cristal de La Pecera sin que nadie la haya absorbido.

Vera parece una estatua odiando una pizarra escrita a rotulador.

Pardo se lanza tras mucho dudar.

—¿Quién de esos crees que es la rata? —pregunta.

Entonces sí, Damián Vera reacciona y rompe su pose. Se gira para mirar a Pardo. No le hace falta hablar para que lo que piensa quede claro: «Por qué cojones preguntas eso?».

—No sé… el tal Arregi estaba muy seguro de que teníamos que entrar en esa casa.

Que el malo estaba dentro y que Becerra morirá ahí.

Yo estaba en el coche con vosotros, Damián.

Oyendo todo, te lo recuerdo. Y después… te negaste y se enfadó.

Sé que hablasteis después de eso a solas.

Y el siguiente día él ya no está en las vigilancias.

Y resulta que no. Que no matan a Becerra.

Que no pasa nada. Que él pierde. Que no tenía razón.

Y después… no sé… Becerra aparece muerto en su propia casa… justo como él dijo…

Vera da dos pasos hacia Pardo.

Y esta vez habla con palabras.

—¿Por qué dices eso, Pardo? ¿Cuál es tu salida del laberinto?

—¿Qué? Creo que no te entiendo, Damián.

—Que a qué cojones te estás queriendo referir exactamente.

Pardo aparta la mirada, desviándola a los nombres de la pizarra. Luego vuelve a Vera.

—Pues que tengo la sensación de que Arregi quería que pasase esto. ¿No te parece raro? ¿No te parece raro él en sí?

—No.

La respuesta de Vera ha sido inmediata, seca, contundente.

La posibilidad ha rondado por su cabeza esa misma noche y mucho antes, por supuesto. Por eso, precisamente, Damián Vera la descarta de cuajo tan rápido.

—No me lo parece, Pardo —remata.

Vera mira fijamente a Pardo.

Y Pardo lo percibe con claridad. Los dos hombres saben lo que está pasando en ese mismo instante.

Damián Vera ha contestado de forma tajante y se ha helado observando la reacción.

Pardo siente esos ojos fijos sobre él como cámaras de seguridad escanean cada milímetro de su rostro. De sus expresiones o de la ausencia de ellas.

Damián Vera se lo acaba de dejar claro. Que ambos formen la cuarta pareja no los exime de la sospecha. Le está vigilando, tal y como ha pedido que cada uno de los integrantes del equipo vigile al de al lado.

Ahora todos son enemigos íntimos hasta que se demuestre lo contrario.