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Maialen Mendia y Marta Gálvez se investigan tanto la una a la otra como a los distintos documentos con los que trabajan. Analizan cada palabra, cada silencio e incluso cada gesto de la otra.
Y ni siquiera hubiese sido necesario la orden de Damián Vera para ello.
Diseccionar a las personas va impreso en su ADN.
Tal vez por ser tan iguales, se repelen como polos opuestos.
Cada una se ocupa de áreas distintas del resguardo del despacho de Álvaro Monreal.
Papeles desperdigados, carpetas ordenadas de forma compulsiva en distintas baldas.
—Este caso es un infierno —dice Mendia.
Y Gálvez levanta la mirada para observarla. Solo dos segundos, y vuelta a los papeles. Y es entonces cuando Mendia la mira de vuelta. Solo dos segundos.
Las carpetas empiezan a parecerse unas a otras después de la quinta hora seguida.
Contratos, escrituras y facturas.
Agendas y citas.
Recibos y pagos.
Mendia pasa otra hoja.
Y otra.
Y otra.
Marta Gálvez bosteza mientras deja caer otro archivador sobre la mesa. Cuatro cafés no han sido suficiente por lo visto.
—Empiezo a odiar a los abogados —se lamenta.
—Yo hace rato.
Silencio.
Solo vuelven a escucharse hojas pasando.
La desaparición de Álvaro Monreal ha convertido su despacho en una excavación arqueológica. Cada nuevo cajón abierto parece esconder la misma vida gris de siempre.
Pero un buen investigador sabe que es justo ahí donde se camuflan los peores delitos.
Clientes y demandas.
Divorcios y herencias. Pero nada relacionado con el juez. Ningún nexo entre los dos hombres desaparecidos.
Nada.
Gálvez deja escapar el aire.
—Si se ha fugado, lo ha hecho limpio. Si ha hecho algo sucio, lo ha hecho limpio también. Este tío no parece de los que deja cabos sueltos…
—Nadie se va limpio.
Mendia sigue leyendo sin levantar la vista.
—Siempre dejamos algo.
Diez minutos después, Mendia abre otro archivador. Uno como todos los demás.
Pero que tiene algo diferente.
Algo que llama su atención desde el minuto uno.
Algo que llamaría la atención de cualquiera.
Un post-it amarillo.
Solo tres palabras escritas en él.
Finca. Revisar documentación.
Sin dirección. Sin fecha. Sin explicación alguna.
Mendia lo despega.
—¿Qué has encontrado? —pregunta Gálvez en cuanto percibe el movimiento.
Mendia sonríe para sus adentros.
No se fía , se dice.
Normal, ella tampoco lo haría.
—No lo sé todavía —dice—. Solo es un post-it .
Desde entonces, ambas mujeres fingen observarse menos que nunca, indicativo de que lo hacen más que en ningún otro momento.
Media hora más.
Y Mendia vuelve al punto caliente. El lugar del post-it que ha hecho rugir el estómago de su intuición.
Es una carpeta inmobiliaria. Dentro hay terrenos y parcelas varias. Todo normal a priori. Hasta que aparece una fotografía aérea. Y en la esquina superior, una anotación a bolígrafo.
No.
Siguiente página. Otra finca.
No.
La tercera.
Una parcela enorme.
Casa aislada, Árboles que la abrazan. Acceso desde carretera secundaria.
No hay anotación. No pone «no». Tampoco lo contrario.
Solo un círculo.
Mendia se queda mirándolo un buen rato. Pensando qué hacer. Decide decirlo.
—Marta…
Gálvez se acerca.
—¿Qué?
—Mira esto.
Gálvez observa la fotografía.
—Una finca —dice Mendia.
—¿Qué tiene de especial? —pregunta Gálvez.
—Antes he visto un post-it que ponía algo de una finca. No sé, me ha llamado la atención. Puede no ser nada, pero son casas en sitios apartados. Ya sabemos cuáles han sido los escenarios de los crímenes de esta organización del triángulo…
Gálvez no lo ve claro. Calla, pero piensa con extrañeza en su interior.
—Bueno. Anótalo si crees que puede ser algo —dice con un tono claro de no darle importancia.
Y vuelve a su lado del despacho ante la mirada de Mendia.
Ya casi es de noche cuando aparece un hilo, muy fino, casi imperceptible, y que no diría mucho salvo que tengas la mirada puesta sobre él.
Un recibo de gasolina de un área de servicio de la A-1. Tres semanas antes.
Mendia comprueba el mapa. El lugar concreto de esa área. Y después, lo coloca junto a la fotografía de la finca.
Luego encuentra otro recibo.
La misma estación. Una semana después.
Esta vez decide no hablar con Gálvez. Solo la mira de reojo. Y después, Mendia sigue mirando ambos papeles.
No le gusta.
Cuando abandonan el despacho de Monreal, la noche ya se cierra. Marta Gálvez carga dos cajas con documentación.
Mendia lleva únicamente una carpeta bajo el brazo.
La abre una última vez antes de subir al coche.
Dentro solo hay tres cosas.
La fotografía de la finca.
Los dos recibos.
Y el post-it .
Finca. Revisar documentación.
Y las direcciones de la finca y de los recibos de las gasolineras.
Todos comparten algo en común.
Están en la misma zona.
El Molar.