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Eduardo Aristegui bebe un trago de la copa.
Un vino potente, pero de matices finos. Lo mínimo que uno espera para una botella de al menos veinticinco mil pesetas.
Y el poder en esa casa, se oculta tras una máscara blanca con manchas de sangre viejas. El poder es Obolus.
Y él es ahora Obolus.
Por eso, Eduardo Aristegui esta vez está en el salón del piso principal del caserío de Karrantza. Espera allí al invitado especial. Al beneficiario del sacrificio del rito que tendrá lugar en el sótano esa misma noche.
El hombre cruza el umbral con una máscara gris mate cubriéndole el rostro.
No tiene símbolos ni ornamentación alguna.
Dos ojos oscuros tras dos agujeros abiertos en la superficie lisa de color ceniza.
Parece una estatua a medio terminar. Un rostro al que aún le falta algo para convertirse en alguien.
Pero el hombre oculto bajo esa máscara lleva muchos años por encima de la categoría de «alguien», sobre la que se ha destacado. Es uno de esos hombres cuya influencia nunca aparece en los periódicos, aunque condiciona lo que se acaba escribiendo en ellos.
Un hombre que acepta la copa ofrecida por Obolus.
—Excelente —dice el hombre de la máscara ceniza—. Aunque sigo quedándome con un buen Vega Sicilia, sí debo confesarlo. Encuentro en este caldo algo excesivo. De lujo innecesario.
Entonces hace una pausa y da otro trago corto.
—Aunque entiendo que esa es precisamente su gracia.
Ambos terminan las copas en silencio.
Obolus no ha hablado, lo cual ha marcado la pauta del encuentro.
Eduardo Aristegui intenta mantener a raya la tensión. No puede evitar sentirse un farsante. Él no es, ni nunca ha querido ser, un monstruo como Obolus.
El problema es que, con las peores cosas de la vida, nadie suele pedir permiso.
El corazón bombea enfebrecido cuando la puerta del sótano se abre. El olor a incienso quemado ya llega desde abajo. El hombre de la máscara ceniza desciende las escaleras justo delante de él.
Obolus detrás, eso es lo que ven desde abajo los enmascarados que dibujan un círculo.
Eduardo Aristegui querría esconderse más aún tras esa máscara blanca que le otorga el papel de rey. Hacerse pequeño hasta que no se viera nada de él tras esa tela blanca con salpicaduras rojas. Por encima de todo, teme dos cosas.
La primera, ver quién es el sacrificado. El inocente que entregará su vida para servir a un objetivo que se supone mayor que su existencia. Querría no tener que hacerlo, no tener que verlo, no tener que mirarlo, no tener que saberlo.
Pero es Obolus…
Y la segunda, muy por encima incluso de la otra, Eduardo Aristegui teme ver de nuevo la máscara roja del león, el verdadero nuevo rey de ese lugar.
El corazón deja de galopar. Ahora simplemente parece haberse detenido. La respiración se enquista en el pecho. Aristegui, Obolus, se queda clavado al descender la última escalera.
Porque sus dos mayores temores se han fusionado en el mismo lugar en un imposible.
Es por mucho, lo más aterrador que ha visto.
Porque en la mesa metálica de los sacrificados, no hay ninguna persona. Solo un folio pegado a ella. Con un dibujo de una máscara roja de un león.
El resto de los enmascarados siguen guardando su formación, en un círculo perfecto, pero ahora, rodeando a Obolus y el hombre de la máscara ceniza, que, a su lado, le mira fijamente.
—Queremos ver caer al león —dice el de la máscara ceniza.
El silencio se espesa, se mezcla con el incienso y entra raspando a los pulmones del que ose respirar.
—¿Contamos con tu aprobación para ejercer este cambio de liderazgo, Obolus?
Eduardo Aristegui intenta pensar, pero su mente no obedece. Tiene que hablar, y tiene que ser ya.
—¿No me queda claro quién sería el beneficiado de ese sacrificio? —dice al fin.
—La organización al completo. —El hombre de la máscara ceniza abre los brazos—. Hemos pensado incluso en un nombre: Fundación Sísifo.
Eduardo Aristegui asiente en silencio.
Lo hace con una determinación absoluta que finge que tuviese alguna otra opción que no fuese aceptar.
—Pero tengo una condición —termina diciendo.