Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 50
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Tac.

La torre blanca golpea contra la madera antes de deslizarse hasta su nueva posición.

Gabriel tarda unos segundos en comprender lo que acaba de hacer.

Es un movimiento demasiado bueno para él.

Uno de los mejores que ha hecho. Uno de esos que salen como aparecidos de la nada. Un golpe de genialidad regalado por los dioses.

Él no es tan bueno como para hacer movimientos como esos de forma consciente y regular.

Cuanto más dominas una disciplina, más consciente eres de cuánto te queda para dominarla en realidad.

Gabriel se levanta. Rodea despacio la mesa. Y se sienta en la silla de las piezas negras, a las que hoy les toca perder.

Responde a su propio movimiento magistral, con una jugada envuelta de la mediocridad de lo cotidiano. Su verdadero nivel.

Cuatro movimientos de las blancas deberían bastar para concluir la partida.

El sonido repentino y seco, le arranca de golpe del tablero y sus pensamientos.

Es la puerta del despacho del fondo. No necesita verlo. Ya sabe que él acaba de encerrarse allí otra vez.

«El ajedrez es una conversación silenciosa entre dos personas inteligentes», solía decirle siempre su padre. Pero eso era cuando se sentaba en la silla de enfrente a jugar. Algo que no ocurre desde hace más de un año.

Gabriel lo sabe. Su padre no volvió a ser el mismo desde el viaje que efectuó al norte.

Y cada día transcurrido desde entonces, cada pequeña porción de ese año descontada en el calendario, su nueva naturaleza ha ido enroscándose más y más sobre él mismo. Cada vez menos padre. Cada vez más ermitaño de su despacho. De su mente.

El alfil blanco traza una diagonal implacable.

—Jaque —dice Gabriel.

Es consciente de que le habla a un fantasma negro.

El portazo suena más fuerte de lo que pretendía.

Pero está demasiado tenso desde que ha recibido el sobre.

Eduardo Aristegui se sienta en el sillón de su despacho. Se permite un tiempo para respirar con calma. Para liberar parte del veneno que le pudre cada día un poco más.

Entonces saca la llave y abre el tercer cajón del escritorio.

No es capaz de identificar el impulso que le lleva a necesitar verla, una y otra vez.

Pero no pelea contra él. No se esfuerza en comprender lo que asume con un acto visceral.

Cree estar cayendo en un embrujo. Siente los huecos negros de la máscara roja del león mirándole, inquisidores.

Animándole a hacerlo, a coger la caja negra, a destaparla, y con ello, a asumir el papel que le ha designado.

Eduardo Aristegui saca la caja negra del cajón. La coloca sobre sus muslos. Y la abre con cuidado supremo. La máscara blanca duerme dentro. La máscara de Obolus.

Su máscara.

Las manchas de sangre pintadas por la muerte del anterior Obolus, siguen pegadas a la tela. Al principio intentó limpiarlas. Pero nunca terminaban de salir. Se negaban a borrar su significado ritual.

El cambio de paradigma para el triángulo azul. El nuevo líder, forjado a sangre. El león joven y hambriento que devora al viejo, y le usurpa el lugar.

La naturaleza de la vida.

Podría haber encargado una máscara idéntica nueva.

Pero prefirió rendirse al peso de la ley que impone esa máscara sucia.

Esas marcas rojizas y resecas son una advertencia para el resto de los depredadores escondidos tras ellas.

En ese reino, cualquiera puede sangrar.

Eduardo se la coloca en el rostro. Y observa su reflejo en el pequeño espejo de su escritorio.

Obolus.

Pero la máscara que le devora la mente, la que viola sus pensamientos una y otra vez, es otra. Es la del león.

Eduardo Aristegui lleva más de un año sumido en un pozo de obsesión que parece no alcanzar fondo jamás. Y cuanto más se hunde, la oscuridad gana cuerpo, poder, y conquista más espacio de su alma.

Necesita saber quién es.

Saber quién es el hombre tras la máscara del león.

Ha trazado un mapa minucioso desde Iñigo Arrieta y el desaparecido Javier Elorza. En realidad, el muerto Javier Elorza, lo que solo él y unos pocos más saben. Javier Elorza está incrustado entre las paredes de un sótano en un caserío en medio de la nada.

Ha dibujado rutas ascendentes desde Arrieta, desde su nombramiento político y de cómo, desde su posición, se han podido ir tejiendo caminos al poder. De forma discreta y efectiva. Anónima. Como si no existieses. Como si te escondieses detrás de una máscara.

Saca el otro elemento prohibido del tercer cajón cerrado con llave: un simple sobre de papel.

Desperdiga su contenido a lo largo del escritorio. Vuelve a colocar las fotos en el orden que tanto tiempo le ha costado ir descifrando. De más a menos poderoso en el escalafón.

En cada instantánea se ve a hombres trajeados. Con peinados pulcros y aburridos. Dibujando sonrisas de cartón piedra.

Políticos, todos ellos.

Está casi seguro, de que uno de esos rostros, es el que está detrás de la máscara del león.

Y como cada día que se planta allí a desafiar a esas fotos, siente que, tan solo por osar mirar de ese modo a ese rostro oculto entre cientos, podría ganarse la muerte o algo peor.

A fin de cuentas, la máscara que lleva ya no es blanca. Está manchada de sangre.

Cuarenta minutos después, Eduardo Aristegui guarda las fotos en el sobre, y la máscara de Obolus en la caja. Cierra con llave el tercer cajón de su escritorio.

Y saca, por fin, el segundo sobre. El que ha hecho que esté desquiciado. El que le han entregado esa misma tarde.

Tres días.

Dentro de tres días habrá un nuevo rito en el caserío de Carranza.

Tiene que viajar al norte.