Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 49
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Damián Vera ha convertido la investigación en una partida de ajedrez donde nadie puede mover una pieza sin que otra la observe.

Arregi e Ibarra son uno de esos binomios improvisados e inseparables.

Su parcela de la investigación es José Becerra. El único de los tres que ha dejado un cadáver mutilado. Y también la vía más probable para llegar hasta los dos desaparecidos. Sus dos últimas balas: Álvaro Monreal y Rafael Cifuentes.

Y han decidido empezar por el testigo más cercano posible. Por la persona que encontró el cuerpo sin vida y dio el aviso. Por Ángela Barrios. Por la viuda de José Becerra.

La mujer no llora. Sentada en el sillón del salón de estar de la casa de sus padres, Ángela parece vacía.

Arregi se fija en ella en silencio antes de empezar. No identifica en su rostro el dolor habitual de alguien que ha perdido a un familiar de forma violenta. Y es una emoción que él conoce muy bien. No. En esa mujer hay algo más.

Ángela Barrios tiene miedo.

La viuda tarda varios segundos en contestar a la primera pregunta, lanzada por Arregi.

—A las ocho y diez. Me llamó desde la oficina. Esa fue la última vez que tuve contacto con él, sí —dice Ángela.

Arregi pregunta. Ángela contesta. En una sucesión seca y más rápida de lo habitual para casos así. Salvador Arregi ha metido la directa, no deja respirar a la mujer.

—¿Desde la oficina? ¿Por algún motivo desde allí?

—Siempre me llamaba desde ahí los últimos días.

—¿Por qué?

—No quería que tuviésemos contacto por el teléfono móvil.

—¿Por qué? No es algo para nada habitual.

—Usted ya sabe por qué. No me tome por idiota, solo pido eso.

Solo tras esa respuesta, Arregi baja el ritmo por un momento.

—No entiendo a qué se refiere, señora Barrios. Aquí necesitamos datos concretos, no insinuaciones.

—No voy a esconder nada. Estoy harta de este juego. Quiero protección para mí y los niños. Es lo único que quiero. Sé que saben que José estaba metido en líos con cierta gente. Y que esa gente está muerta. Muerta…

Ahora sí, Ángela cede. Le cuesta continuar hablando.

—Yo quiero que mis hijos estén a salvo. Es lo único que quiero.

—Nadie está a salvo —contesta Arregi.

Ibarra no puede evitar abrir los ojos y mirar a su compañero.

La viuda remueve algo dentro de los labios. Solo es una emoción intentando ser contenida a duras penas.

—Voy a decirles todo lo que sé. Que no es mucho. Pero por favor, quiero que mis hijos estén bien.

—José sabía que sus socios habían acabado mal, y que podía ser un objetivo. ¿Por eso les mando a usted y sus hijos aquí, a casa de sus padres?

—Eso fue cosa mía. José siempre pensaba que controlaba las cosas más de lo que lo hacía. Al final, como siempre, tenía razón yo.

Ángela esboza una media sonrisa mitad amargura mitad llanto que sube a la superficie.

—En las paredes de su casa encontramos tres millones de euros en metálico —Helena Ibarra habla por primera vez—.

Así como documentos que probaban la participación de su marido en una organización delictiva junto con varias piezas más.

Alejandro Rivas, asesinado. Claudia Ferrer, asesinada.

Dos de esas piezas, el abogado Álvaro Monreal y el juez Rafael Cifuentes, están desaparecidos.

—No sé los detalles. De verdad que no. Desconocía cuantías, o qué hacían exactamente.

No diré que no sospechaba que José estaba metido en asuntos turbios.

Sí conocía los nombres de Alejandro Rivas y Claudia Ferrer.

Sobre todo, ella. Era la asesora fiscal de José.

Siempre me cayó fatal la muy zo… —Ángela se contiene—.

Cuando me enteré de lo que les pasó… pueden imaginárselo…

estaba aterrada… pero José… no sé, debía pensar que controlaba el asunto…

Yo no quise saber nada. Cogí a los niños y me vine aquí hasta que se aclarara el asunto. Y bueno…

No hace falta ni que lo diga.

La cosa acabó como acabó.

—De todos modos, lo de José tenía mucho de pose. Si no, ¿por qué iba a decirme que mejor no tener contacto por los móviles?

—Entonces, la llamó desde la oficina a primera hora de la mañana. ¿Y ya no volvió a saber de él? —pregunta Arregi.

—No volví a saber de él. Por lo general, solía llamarme otra vez desde la oficina cuando iba a salir a la tarde. O me mandaba un correo electrónico a la noche, al llegar a casa. Un correo… es… Dios…

—Y entonces, ¿qué hizo usted?

—Estaba preocupada. Llegado a un punto incumplí las normas. Le llamé al móvil, y no contestó. Le escribí mensajes, y no contestó. Volví a llamar y nada. Llegó un momento en el que decidí ir a casa. Pensé en llamar a la policía, pero…

—Pero no lo hizo.

—No.

—Al llegar a casa me lo encontré…. Me lo encontré…

Ahora sí, las fotografías mentales de la masacre hacen caer a Ángela, que llora desconsolada.

—Cometió errores, pero… José no era un mal hombre, en realidad. No merecía acabar así.

Con ese alegato final, Ángela Barrios concluye el interrogativo después de varias preguntas más que no conducen a ningún sitio.

Arregi sabe que eso no es verdad.

Cualquiera que esté relacionado de algún modo con el triángulo azul, merece un mal final.

El portazo de Helena Ibarra para cerrar el coche es mucho más violento de lo normal.

—Esto no va a ningún puto lado, joder. No es por aquí. Estábamos cerca allí… Lasa y yo.

Arregi aguarda en silencio. Le interesa más eso que cualquier respuesta de la viuda de Becerra. Se queda mirando a Ibarra.

—Teníamos algo. Estoy convencida. En Iñigo Arrieta estaba la clave, sin estar en él.

—Explícate —dice Arregi.

—Pues… sabemos que Javier Elorza desapareció justo en las fechas en las que el nombre de Iñigo Arrieta apareció sobre el cadáver de 1980 en el sótano de Karrantza.

Elorza nunca volvió a aparecer. Lasa y yo hablamos con su mujer.

Nos dijo que todo fue muy raro. Que se perdió el interés de forma generalizada en seguir su pista.

Que simplemente la gente del partido, los medios, todos…

dejaron de ir a su casa. Dejaron de buscarle, dicho de otro modo.

También nos dijo que estaba segura de que, en realidad, Iñigo Arrieta no tuvo nada que ver.

Que confiaba en él. Aunque fuese el beneficiado de la desaparición de Elorza, porque obtuvo el poder en solitario.

Es… es raro… pero de algún modo, eso que dijo la viuda de Elorza…

me lo creo. Creo que su intuición estaba en lo cierto.

—¿Y por qué estás tan segura?

—Porque Lasa y yo pensábamos que tenía que haber alguien más.

Un tercer hombre. El tercer hombre, así lo llamábamos.

Arrieta y Elorza no eran nadie. Políticos de tercera fila.

Creemos que alguien los usó como bisagra para subir sin llamar mucho la atención.

Tras dos días intensivos, teníamos una lista de nombres.

No sé… No había ninguna prueba de nada. Pero creo que íbamos por el buen camino.

Aquí el que manda es el actor secundario que no llegamos a ver.

Arregi no contesta al momento.

El interior del coche se llena de pensamientos mudos.

—Y va Vera y nos saca de cuajo de esa línea. Justo cuando estábamos llegando a algo. Esto es más grande de lo que parece. Puede que hablemos de décadas de corrupción. Solo vemos la punta del iceberg.

—Cirujanos, banqueros, políticos, jueces. —Arregi mira al frente mientras habla—. ¿Policía?

Ibarra le mira.

No hace falta que él diga nada más. Arregi habla para gente inteligente. Está defendiendo la postura de Damian Vera después de todo.

—Sabes, Ibarra. Creo que tienes razón en tu planteamiento.

Arregi no lo verbaliza. Deja suspendido solo un pequeño porcentaje de su mapa mental. Calcula cada palabra que se dice y que se calla.

Pero todo lo que Ibarra le ha contado, cuadra con lo que él lleva pensando desde el principio del caso.

Es como si alguien estuviese eliminando y exponiendo al triángulo azul.

Como si alguien hubiese decidido que ya no le sirve.

Que son torpes. O que incluso, tal vez, alguien se ha acercado demasiado a ellos en los últimos tiempos.

Y desde luego, si hay una persona que se ha acercado al triangulo azul en los últimos tiempos, ese es Salvador Arregi.

El tercer hombre. A Arregi le gusta el concepto. La forma de llamarlo.

¿El tercer hombre es el que está eliminando al triángulo azul? Si es así, es que tiene mucho poder. Si es así, solo ven una parte ínfima del infierno en el que se adentran.

Si es así, las nubes negras se han cerrado con todo sobre ellos.

Si es así… Nadie sobrevivirá.