Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 48
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Lasa e Ibarra acaban de entrar en La Pecera.

A Ibarra le da la sensación de que nadie está sentado en el sitio de las otras veces. Todos están desperdigados, y con una silla vacía de distancia entre cada uno.

Lasa busca con la mirada a Arregi. Y le encuentra.

Salvador le mira. Pero Lasa no logra descifrar el mensaje de sus ojos esta vez.

El ambiente está demasiado enrarecido. En La Pecera se respira aire enfermo.

Solo hay algo peor para un policía que ir tan por detrás que el criminal que persigue: pensar que uno de ellos puede ser ese criminal.

Ese es el veneno que les ha inoculado Damián Vera.

Damián Vera, el único miembro de GCV y DIC que no está en esa sala de paredes de cristal.

Damián Vera, que acaba de irrumpir por la puerta.

Damián Vera, que, a diferencia de otras veces, no lleva nada en la mano. Nada de carpetas. Nada de informes. Nada de café.

Solo camina hasta estar junto a las pizarras. Y se ancla ahí. En silencio. Observando uno por uno a todos. Como si les analizase desde el minuto uno.

La derrota sigue pegada a todas las caras.

A unas, por la madrugada fatal.

Y a otras dos, por la impotencia de verse privadas de avanzar cuando tocaban una revelación con la yema de los dedos.

Vera da una pasada más por cada par de ojos.

Y solo entonces, habla.

—Nos han ganado.

Silencio.

—José Becerra, ejecutado en su propia casa.

Silencio.

—Álvaro Monreal, desaparecido.

Silencio.

—Rafael Cifuentes…

Silencio.

—Desaparecido.

Damián Vera se gira hacia la pizarra. Pero no coge el rotulador. Esta vez coge el borrador.

—Tres millones de euros escondidos en bolsas en la vivienda de Becerra. Documentación que demuestra una estructura criminal de brocha gorda. Y nosotros… Nos preguntábamos por qué… ¿Cómo es posible que hayan podido actuar con tal impunidad?

Vera estampa el borrador contra un lado de la pizarra.

—Un juez. Un puto juez en el ajo… ¡Por eso!

Silencio. Más largo. Más pesado.

—Y nosotros seguimos sin saber quién mueve los hilos. Sin saber quién ha decidido que se ha cansado y que iba a eliminar toda esta organización. Sin saber nada… Nada.

Damián Vera se gira a las pizarras. Y con gestos violentos borra todas las anotaciones del caso. Hasta que están limpias como espejos relucientes en los que cualquier imperfección del propio reflejo queda expuesta impúdicamente.

Vuelve a mirar al frente.

—Claro que… cuando alguien te está jodiendo, cuando alguien está jugando sucio, es mucho más difícil.

Entonces te preguntas hasta qué punto somos tan inútiles.

Hasta qué punto, llega tu responsabilidad…

Llegas incluso a pensar, que da la sensación de que alguien esperaba justo este resultado. Eso es curioso. Un hecho curioso…

Silencio.

Vera coge aire de forma prolongada por la nariz, va a volver a hablar. Pero no.

Más silencio.

—A partir de ahora nadie trabajará solo. En ningún momento.

Vera mira a Arregi.

—A partir de ahora, todo lo que se haga. Cada movimiento, cada nueva línea mínima de investigación, pasará por mis manos. A partir de ahora, nadie sale de esta unidad ni para mear sin consultar.

Silencio corto. Mínimo. Un cuchillo que se afila.

—Hasta que sepa quién es la rata.

Damián Vera se gira a las pizarras.

A su espalda, las miradas se cruzan. Los gestos. Y la ausencia de ellos.

Mientras, Damián Vera reescribe el caso tal como él lo ve en ese momento.

ÁLVARO MONREAL

RAFAEL CIFUENTES MONTALVO

DESAPARECIDOS

¿FUGADOS O HECHOS DESAPARECER?

—Esto es todo. Está claro que el juez era el último del escalafón. Al menos del visible. Ya no hay más investigación ahora mismo para nosotros. Si les encontramos vivos, tal vez les saquemos respuestas. Si están ya hechos croqueta, como el resto de sus compinches, se acabó. Es simple.

Vera cierra el rotulador. Lo deja con un gesto suave en la bandeja.

La silla de Helena Ibarra gruñe al arrastrarse. Ella empieza a hablar, pero Vera alza la mano.

—No. Lo vamos a hacer así. No hay lugar a objeciones —dice el inspector jefe de la GCV.

Ibarra mira a Espinosa. Pero este permanece sentado impasible. Su rostro es un poema demacrado de horas de sueño que no volverán.

Vera sigue hablando. Exhibe su condición de tiburón dominante en esas aguas.

—Equipos de dos de ahora en adelante. Así, uno siempre vigilará al otro. El primero que vea algo raro, que venga a tocar a mi puerta.

Vera da dos pasos en dirección a las sillas.

—Que nadie tenga la más mínima duda de que voy a coger a quien haya osado a informar de movimientos de mi unidad. Y ahora vamos a movernos. Esos dos nombres de la pizarra son nuestras dos únicas balas restantes para llegar a algún lado con toda esta mierda.

Vera busca contacto visual con quien no quiera rehuirlo.

—Más nos vale que no sea tan tarde como parece.

Nadie dice nada.

Nadie se levanta al momento.

Y durante un tiempo, solo hay una cuestión flotando en La Pecera.

¿Con quién me tocará trabajar?

Y lo que es peor.

¿Podré confiar en él?