Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 47
70%

47

Las pruebas son las piedras que levantan el castillo. Pero lo que realmente le da forma a una investigación son las ideas. Las intuiciones del investigador.

Helena Ibarra tiene la sensación de que la investigación sobre Iñigo Arrieta y Javier Elorza acaba de empezar justo ahora.

El coche atraviesa las primeras luces grises de la mañana vasca.

La lluvia de la noche ha lavado el asfalto y las montañas vuelven a cerrar el horizonte a ambos lados de la carretera.

Ibarra mira por la ventana. Aitor Lasa conduce en silencio.

Ninguno de los dos siente la necesidad de hablar.

Cuando una investigación empieza a encajar, el silencio también trabaja.

Ibarra se deja vencer por el impulso de revisar por enésima vez la libreta donde ha ido acumulando nombres durante las últimas horas.

Ninguno sobra.

Todos apuntan hacia un mismo sitio.

La búsqueda del tercer hombre.

El verdadero beneficiado de la desaparición de Elorza y el ascenso político de Arrieta.

Por primera vez desde que volvieron de Madrid, Ibarra siente que la respuesta no está lejos.

Entonces su teléfono empieza a vibrar.

Es Espinosa.

Su voz llega rota.

Helena Ibarra sabe casi antes de que empiece a decírselo, que las cosas van muy mal.

—El operativo de vigilancias ha sido un fracaso. Los hemos perdido a todos. Becerra, muerto. Monreal y el juez, desaparecidos. Lasa y tú tenéis que volver a Madrid.

—¿Qué? No. No podemos volver. —Ibarra alza la voz.

Lasa despega la mirada de la carretera al escuchar a su compañera.

—Volvéis, Ibarra.

—No, Espinosa, escucha. Tenemos algo. Estamos cerca de…

—Ibarra, escúchame —Espinosa la corta en seco—… Ha sido una noche de mierda hasta tal punto que no puedes ni imaginarlo. Y nos reunimos en dos horas en La Pecera. Te estoy llamando cuando debería estar intentando descansar algo. Volvéis.

Hay un silencio.

Ibarra se muerde el labio. Intenta contener algo que repta por su interior.

La respiración de Espinosa llega rasgada de puro agotamiento.

—No voy a entrar en muchos detalles ahora, Ibarra. Pero la cosa está muy jodida. Vera sospecha que ha habido filtraciones desde dentro. Ahora todos nosotros somos tan sospechosos como el asesino que buscamos.

Ibarra sigue en silencio. El móvil pegado al oído. Mira a Lasa, que devuelve la mirada sin comprender nada aún.

—Volvéis. Es una orden de Vera. Quiere cerrar filas.

Entonces Ibarra lo vomita por fin.

—¿Y qué pasa que ahora lo que dice Vera va a misa? ¿Tú no tienes nada que decir, Espinosa? Joder, te estoy diciendo que tenemos algo. Estamos en el coche yendo ahora mismo a…

No llega a decirlo.

Espinosa no responde con gritos a la provocación. Lo hace hablando aún más bajo.

—Perfecto. Ya que estáis en el coche, dais media vuelta y tiráis para Madrid ya mismo. A las 13:00 deberíais poder estar en La Pecera. Dile a Lasa que le pise. Os quiero aquí ya, ¿entendido?

No hay lugar a la contestación.

Un pitido al otro lado deja a Ibarra a la deriva en un mar de frustración.

Pega un golpe con el lateral de la mano en el interior de la puerta del copiloto.

Y mira a Lasa, que busca respuestas.

—Da la vuelta.

Ibarra vuelve a perderse en la ventanilla.

—Tenemos que volver a Madrid. Y por lo visto, rápido. Espinosa dice que le pises.