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Los coches de policía destrozan la noche de Madrid con una carrera ansiosa de luces azules y sirenas en todo lo alto.
Vera conduce con los ojos clavados en la carretera que devora. Pardo observa concentrado desde el asiento del copiloto.
Damián Vera descuelga la radio para comunicarse por enésima vez con su subinspectora, que permanece en la casa de Becerra junto con Maialen Mendia.
—Gálvez, ¿cómo va la cosa? ¿Tenemos ya a la patrulla yendo?
—Afirmativo. —La voz de Marta Gálvez resuena en ambos coches—. La patrulla de refuerzo está llegando al domicilio de Álvaro Monreal.
Vera cuelga la radio. Y la mano derecha vuelve al volante, que estrangula cada vez con más fuerza.
En el segundo coche, que los sigue a rebufo, son Espinosa y Arregi quienes vuelan. Espinosa conduce. A su lado, Arregi taconea incesante con el pie derecho.
— No llegamos. Ni de coña —masculla.
—Eso no lo sabemos, joder —contesta Espinosa.
—Yo sí lo sé… Se lo avisé… Pero tenía que verlo con sus propios ojos…
La frase de Arregi sobre Vera se queda flotando en el interior del coche.
Hasta que Arregi vuelve a hablar, y esta vez parece que lo hace para él mismo en realidad.
—Le cuesta creer que alguien ve algo antes que él…
03:18
El coche patrulla ya está pocos metros de la casa cuando llegan.
Vera frena en seco y baja del coche con un gesto eléctrico. Como si después de horas regaladas, unos pocos segundos fuesen a resultar decisivos.
Pardo le sigue.
Atrás, Espinosa y Arregi bajan de su coche y se unen a ellos.
—Llamamos. Y si no hay contestación, entramos con todo —dice Vera cuando los efectivos están ya reunidos—. Tenéis ariete, ¿verdad?
Uno de los agentes de la patrulla de refuerzo asiente.
—¿Entrar sin orden? —pregunta Pardo.
Vera le fulmina con la mirada.
—Entramos con todo, he dicho. De la burocracia ya me encargaré yo. Hasta donde sabemos, la vida de Monreal corre peligro.
Vera se detiene. Mira a su alrededor.
—Sus compinches han aparecido clavados a una puta mesa convertidos en una carnicería. ¿Estamos?
Pardo no dice nada.
Nadie lo hace.
3:21
Después de tres timbrazos, llegan los golpes a la puerta.
Y los gritos.
—¡Policía!
—¡¿Hay alguien ahí?!
—¡Abran la puerta!
Sin respuesta.
Más golpes.
Más gritos.
Más tensión.
Arregi se fija en Vera. Ahora parece un policía con un traje y no lo contrario.
Por primera vez, le ve con el fuego de la guerra en los ojos.
Entonces el comandante de esa batalla ordena abrir paso sin concesiones.
—¡Tiradla abajo!
3:24
La puerta cede.
Arregi se adelanta a Vera y entra primero. La Heckler en alto. Sujetada al mismo tiempo que la linterna. Recorre los primeros metros con movimientos cortos y secos.
Vera está justo detrás. Empuña su pistola reglamentaria con ambas manos. Sus ojos no buscan solo amenazas. Controlan también los movimientos de cada uno de sus hombres.
Escenifica su nuevo paradigma mental. Ahora tiene que mirar también hacia dentro. Alguien de su equipo o de la DIC, está manchado.
La casa de Álvaro Monreal no devuelve ningún disparo.
Tampoco ningún grito.
Solo oscuridad.
Un leve zumbido invade el silencio. Llega desde algún punto de la cocina.
Arregi avanza con la Heckler esgrimida como punta de lanza, barriendo el recibidor con el cañón. A cada paso, la madera del suelo responde con un crujido mínimo, demasiado vivo para una casa que parece haber dejado de respirar.
—¡Policía!
La voz de uno de los agentes de la Nacional rebota contra las paredes.
Nadie contesta.
El haz de las linternas atraviesa el salón. Sofás perfectos. Mesa baja despejada. Una manta doblada sobre el respaldo. Un vaso con dos dedos de agua junto a un libro abierto.
Nada fuera de sitio. Eso es lo preocupante.
Suben al segundo piso.
La quietud es absoluta. Se escuchan las respiraciones agitadas de policías que saben que ahí dentro, algo no va bien.
Dormitorio principal. Cama hecha. Armarios cerrados.
Baño despejado.
Despacho. Pantalla apagada. Silla ligeramente separada de la mesa.
Como si alguien hubiese estado allí no hace mucho.
Alguien que ya no está.
Un cuadro ligeramente torcido. Arregi lo endereza por inercia. Y se queda mirándolo, pensando en otra cosa. Preguntándose si El Arquitecto habrá estado recorriendo sigiloso esa casa antes.
—¡Limpio! —dice una voz desde la planta baja.
Otra desde arriba:
—Limpio.
No hay cadáver.
No hay Monreal.
No hay Arquitecto.
Solo una casa vacía en mitad de la madrugada.
Arregi baja la Heckler. Ni siquiera es un gesto de resignación. No puede serlo porque él ya lo sabía.
Mira a Vera y niega con la cabeza.
Han vuelto a llegar tarde.