Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 44
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José Becerra sigue posando sus ojos muertos abiertos hasta el infinito sobre dos hombres que guardan silencio frente a él.

Uno de esos hombres analiza el último golpe soltado por el otro. Y ese otro, analiza la reacción del primero ante sus palabras.

«Tenemos un topo dentro».

Salvador Arregi no enseña ninguna carta. Permanece quieto y frío como una estatua. Es consciente de que el grupo sospechoso hacia el que dirige el dedo acusador Damián Vera le incluye también a él.

Sabe que Vera está pasando el escáner sobre su reacción en ese mismo momento.

Y no piensa concederle ninguna información que interpretar, o que malinterpretar.

—Hay algo que no entiendo…

La voz grave de Iñaki Espinosa corta el silencio retador. El veterano inspector jefe de la DIC acaba de aparecer en el salón. Deja la frase suspendida y camina hasta estar frente a lo que queda de José Becerra.

—Joder… —Espinosa vuelve a hablar mirando el cadáver marcado en sangre con el triángulo—.

Digo que… hay algo que no entiendo… ¿Por qué dejar a este aquí, en su casa?

Con Ferrer… con Rivas… siempre los movían.

Siempre aparecían en lugares que tenían algún significado para ellos.

¿Y ahora esto? ¿Por qué dejarlo en su propia casa? Eso rompe el patrón…

No hay contestación inmediata.

Espinosa mira a Arregi, después a Vera, y de vuelta a Arregi. El hedor a chamusquina recién quemada es demasiado evidente para un perro viejo como Espinosa. Como también lo es, el saber que no debe verter más queroseno sobre las llamas en ese momento.

—¿No os parece raro de cojones?

Arregi le mira.

Y después camina en silencio hasta una de las paredes del salón. Acaricia la superficie, aunque ni siquiera llega a tocarla.

—Hay que mirar dentro de las paredes.

—Dios…

23:57

El silencio del salón se llena del sonido de los martillos percutiendo contra las paredes de la casa.

José Becerra sigue en su trono de sangre. Como un custodio de los secretos escondidos por años. Como si esperase lo inevitable. Que a él se unan más muertos que deben salir a la superficie.

Todos esperan eso: más cadáveres.

El aire se vuelve polvoriento. La nube blanquecina desciende desde el piso superior, donde están los dormitorios.

Es ahí donde los tabiques están siendo agujereados en ese momento.

—Aquí hay algo.

El grito de uno de los agentes llega desde arriba.

De pronto, los martillazos que llevan sonando sin parar casi una hora, se detienen.

Y vuelve el silencio. Ese silencio premonitorio. Viejo conocido de quienes gobiernan un caso que zozobra más a cada día que pasa.

Vera sube primero. A cada pisada, las suelas de sus zapatos italianos se dibujan sobre el parque recubierto de una capa de yeso seco.

Arregi sigue esa estela.

Y Espinosa le sigue a él.

En el piso superior, el polvo se ha convertido en una cortina que enturbia la visión.

Uno de los agentes tapados con mascarillas, hace un gesto con la mano. A Vera le ofrecen una al acceder al cuarto. La coge, pero no se la pone. Siempre va en traje, pero el barro nunca ha sido, en realidad, un problema para él. Pocos lo saben, pero proviene exactamente de ahí.

Arregi entra tras él como un cuchillo. No permite ni que le ofrezcan la protección.

Espinosa sí se coloca una de las mascarillas de tela.

Es la habitación de matrimonio.

Uno de los agentes señala, aún con el martillo en la mano, hacia un armario ropero. Su voz se filtra a través de la mascarilla, distorsionándola.

—Ahí dentro. Había un hueco en un lateral. Como para introducirse entre dos paredes. ¿Quién tiene algo así en casa?

Vera se mete en el armario.

Arregi lo sabe. Él tenía razón. El Arquitecto estaba dentro de esa casa mientras ellos la vigilaban desde fuera durante horas.

—Hemos abierto huecos en la pared que sigue esa línea que se abre en el armario. —Ahora el agente señala a otro lugar.

La polvareda es tal que hay que acercarse para poder verlo.

Esta vez Arregi avanza primero.

Vera se queda varios segundos mirando el hueco dentro del armario ropero. Cuando sale, Arregi y Espinosa ya están frente a la pared agujereada.

Salvador más cerca. Espinosa, un metro más atrás.

—No hemos querido abrirlas —dice el agente.

Arregi se ajusta los guantes de nitrilo.

Damián Vera se agacha junto a él.

Son tres bolsas de cuero. Con cierre de cremallera.

Arregi sujeta el tirador metálico de una de ellas. La mano no tiembla. No duda.

Pero, aun así, se queda ahí, agarrando el tirador sin moverlo.

Arregi mira a Vera. Y este asiente con un gesto.

La cremallera cruje al paso lento del tirador sobre sus dientes metálicos.

Espinosa y los dos agentes permanecen detrás, con sus mascarillas ejerciendo de protección inútil.

Entonces el interior queda expuesto.

—Joder —exhala con una mezcla entre estupefacción y alivio Espinosa.

Arregi mete la mano en la bolsa. Y saca uno de los fajos de billetes de cincuenta euros.

—Me cago en la puta —dice Vera mientras se incorpora.

—Hay que abrir todas las paredes. Y hasta el último recoveco de cada cajón de esta casa —Arregi lo dice en alto, para que lo escuchen tanto los agentes como Vera.

Pero Damián ha vuelto a meterse al armario ropero. Se ha incrustado en ese hueco que es el campo de juego donde ha sido derrotado.

2:34

Cerca de tres millones de euros.

El recuento es superficial aún, pero eso es lo que han encontrado en distintas bolsas ocultas entre las paredes de la casa.

Pero el mayor descubrimiento no es ese.

Son los papeles.

Documentos que prueban la relación entre Alejandro Rivas, Claudia Ferrer y el propio José Becerra. Un mapa perfecto de su organización criminal de empresas pantallas, pagos turbios y dinero centrifugado.

Hay listas.

Nombres dentro de algunas de las bolsas. Identificando a los dueños de cada paquete.

Y otros dos nombres, que figuran con vida propia, que son puñales directos a zona blanda.

Álvaro Monreal es uno.

Y el último en haber sido escrito en las pizarras de La Pecera por Maialen Mendia, es el otro: Rafael Cifuentes Montalvo.

El juez. El hombre que repitió visita a la casa de Álvaro Monreal durante las vigilancias.

Espinosa es azotado por la contradicción entre una pequeña victoria de su equipo de vigilancias y por la derrota de que lo tuvieron ahí, a pocos metros, ante ellos, y lo dejaron marchar.

Por no mencionar que, de hecho, de no ser por Maialen Mendia, tal vez él no se hubiese apuntado ese nombre nunca.

Damián Vera sujeta uno de los documentos en el que están ambos nombres.

Álvaro Monreal.

Rafael Cifuentes.

Y lo sabe. Otra vez van tarde.

Han pasado horas desde que Becerra fue ajusticiado. Durante todo ese tiempo, Monreal ha estado también sin vigilancia.

La derrota todavía puede ser más flagrante.

—Monreal. Hay que ir a su casa.

Las palabras de Vera llegan demasiado tenues para ser una orden tan crucial.

Vera consulta el reloj de muñeca.

Calcula las horas que ha dejado descubierto a Monreal.

Después baja lentamente el documento que tiene en la mano.

—Si sigue vivo…

Solo entonces alza la vista.

—¡Ya! —grita.