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La Moraleja
Pese a que son solo las nueve, la noche se ha cerrado hace tiempo.
Y al cobijo de su oscuridad, toda sospecha parece agigantar su sombra.
Hace una semana que Ángela no volvía a casa. Y cada nuevo día sin hacerlo, convierte el acto de volver en más extraño. Pero José lleva horas sin contestarle a los mensajes.
Ha dudado sobre qué hacer. Una y mil veces en el transcurso de solo unos cuantos minutos. Desde el momento que ha transgredido una de las normas que estipularon cuando se fue a casa de sus padres con los niños, y ha llamado a José, y este no ha contestado.
Ahí ha empezado a preocuparse de verdad.
Ha meditado la opción de llamar a la policía. Pero no había modo de justificar el motivo de esa llamada. No sin entrar en detalles que señalasen a José.
Todo eso es una mierda; de q sirve tanto dinero si hay que estar así, ha pensado una y mil veces. Y no ha servido de nada. José seguía sin contestar, y en breve iban a cambiar ese hecho los lamentos por decisiones ya tomadas hace demasiado.
Ha vencido al miedo. La policía no era la mejor opción.
Entonces ha dejado a los niños justo donde estaban: a salvo en casa de los abuelos. Y se ha subido al coche.
Y ahora conduce bajo el manto del cielo negro de las calles de La Moraleja, ese edén seguro de vidas acomodadas que asegura estar al otro lado de la parte fea de este mundo, que asegura, en definitiva, protección.
Y, sin embargo, Ángela tiembla al volante mientras recorre los últimos metros hasta su palacio de cristal.
Detiene el coche antes de dar el último giro. Antes de quedar expuesta ante la casa.
—Estás siendo una paranoica, Ángela —dice en voz alta intentando convencerse.
José siempre está muy liado. Además, si juega al pádel por la tarde, es todavía más difícil que atienda el teléfono.
Sí, eso debe ser.
Aun así, saca el móvil y comprueba que no le haya contestado durante el trayecto.
Nada.
Abre el chat conjunto. Y todo sigue igual.
¿José?
¿Estás bien?
Llámame cuando puedas.
Me estás preocupando. Llámame en cuanto leas, por favor.
Todo igual.
Los mensajes de Ángela colgando sin respuesta.
—Dios… El mal rato que me estás haciendo pasar, José. Me cago en todo…
Ángela vuelve a hablar en alto para nadie y arranca de nuevo el coche.
Entonces lo ve al girar.
La luz. Un faro de alivio que le alumbra el camino tenebroso.
La luz de la sala está encendida.
Del alivio pasa a la ira.
La manía que tiene ese hombre de ir a cenar en cuanto llega de jugar, como si el resto del mundo no existiese, llega a límites insospechados. Solo tenía que contestar un mensaje. Tres segundos de su valioso tiempo.
En realidad, ella nunca ha estado en las primeras posiciones de su lista de prioridades, ese es el problema. Siempre lo ha sido, aunque se hayan convertido en profesionales de fingir lo contrario.
Ángela abre la puerta principal convencida de los gritos que le va a pegar a su señor marido. Se lo merece. Y ella necesita descargar tensión.
Camina hasta el salón hinchándose en esa idea. Y cuando llega hasta él, se queda clavada.
Durante un segundo no entiende lo que está viendo.
Durante los siguientes desearía no haberlo entendido nunca.
Y entonces sí, llegan los gritos.
Pero son unos muy distintos a los que planeaba.
Ángela desgarra gritos guturales de terror puro.
Día 11
22:01
Aquel no es un lugar en el que parezca que vaya a desatarse la violencia. Los coches patrulla son elementos extraños entre sus avenidas silenciosas de lujo.
Las luces azules giran despacio proyectadas sobre las fachadas perfectas de La Moraleja. Damián Vera se queda observándolas tras apagar el motor del coche.
Hay escenas del crimen que empiezan antes de que aparezca ningún cadáver. Esta empezó ayer, a las nueve de la noche. Justo cuando él ordenó levantar las vigilancias.
Damián Vera se deja intoxicar por la idea mientras baja del coche.
Atraviesa el cordón policial y se incrusta en un enjambre de policías de la científica que van y vienen. Uno habla con el forense, que desvía la mirada cuando le ve llegar, queriendo dirigirse a él.
Pero Vera le hace un gesto de negación instantáneo.
No quiere hablar con nadie hasta verlo.
A su espalda, Salvador Arregi baja de un segundo coche junto con Iñaki Espinosa.
Vera no llega a verlos antes de entrar a la casa.
El interior no tiene signo alguno de caos. Todo parece estar donde debería. Incluso en el salón de estar, la escena es limpia.
Damián Vera ha visto demasiados cadáveres para impresionarse con facilidad. Hace tiempo que aprendió que el muerto no era lo verdaderamente horrible. Que lo jodido era el vivo que había sido capaz de dejarlo así.
José Becerra está sentado a la mesa. Igual que el resto.
Atado a la silla, y con dos enormes clavos anclando sus manos a la superficie de madera.
Tiene una copa de vino a medio terminar junto a una de las manos ensangrentadas.
Y un plato con un filete casi intacto al que solo le resta un pequeño trozo.
Los ojos abiertos a ninguna parte. La sangre, reseca.
Otra vez, Vera identifica el detalle. Diáfano. Hay poca sangre para tanto corte.
Estaba ya muerto.
Igual que Claudia Ferrer.
Y del mismo modo que en el de la mujer, en el cadáver hay grabado un triángulo.
Esta vez no es con pintura azul en la frente. Esta vez, es distinto. Un corte sanguinolento en el torso.
Vera identifica el otro detalle, uno incluso más perturbador. Un segundo plato en la mesa, frente a Becerra. Solo restos de grasa del filete y trozos diminutos de carne. Otra copa, vacía por completo, solo con restos mínimos de vino. Y otra silla, vacía.
Lo peor no es el muerto. Es el vivo.
Se siente burlado.
Humillado.
—Te dije que pasaría.
La voz de Arregi llega desde atrás como un puñal directo a la nuca.
Damián Vera no se gira. Sigue mirando la copa vacía frente a Becerra. Y de ese modo, habla.
—No lo entiendes, Salvador. Esto es mucho peor de lo que parece. No es casualidad. Piénsalo. Tenemos dos objetivos claros. Les blindamos con unas vigilancias que rozan lo excesivo. Y cuando doy orden de quitarlas, tan solo horas después…
Vera hace una pausa.
Parece buscar algo en el interior vacío de esa copa de la que no despega la mirada.
—El que ha hecho esto manejaba esa información. Lo sabía perfectamente. Ha esperado paciente a que retiremos el operativo.
Vera mira ahora la silla vacía.
Lo sabe. El hombre que se ha sentado en esa silla lleva horas fuera de escena. Sigue varios pasos por delante de ellos.
Entonces sí, Damian Vera se gira y mira a Arregi.
Se toma un tiempo, empotrado en esos ojos desgastados, como preparación antes de soltar la oscura conclusión a le ha llegado.
—Esto lo hemos hecho nosotros, Salvador. Nosotros…
Arregi no tiene tiempo de decir nada antes de que llegue el mazazo final de Vera.
—Tenemos un topo dentro.