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Obolus está tendido en el suelo del sótano. Su cuerpo sin vida yace sobre un charco de sangre que se extiende hasta entremezclarse en un mismo mar con la derramada por Javier Elorza.
Un mar rojo.
Rojo intenso. Rojo sangre.
Rojo infierno.
El rojo de la máscara de león. Los ojos negros del hombre miran a través de ella.
Eduardo Aristegui intenta no establecer contacto visual con esa máscara de cariz monstruoso.
Pero tampoco puede apartar o bajar la mirada.
Se mantiene en ese punto de indefinición.
El corazón rebota a tres mil por hora en su pecho, amenazando con colapsar.
Una gota de sudor frío se descuelga desde el interior de su máscara azul y repta por la piel hasta llegar al cuello.
El hombre de la máscara del león permanece un minuto más inmóvil, observando a todos los presentes.
Eduardo Aristegui siente que le está mirando a él.
Entonces el león se agacha. Con un gesto cuidadoso, retira la máscara blanca de la cara de Obolus. El rostro muerto queda descubierto, y parece incluso más blanco que la propia máscara que lo tapaba. No queda ni una gota de sangre en él.
El león avanza hacia los enmascarados, que asisten petrificados a sus movimientos. Lleva la máscara blanca de Obolus en la mano. Se detiene cuando está a penas a un metro de Eduardo Aristegui y el resto.
Nadie osa a moverse ni un solo centímetro.
El león alza la máscara blanca. Que ahora es blanca y granate. Repleta de salpicaduras de sangre que empiezan a secarse en la tela.
—Obolus ha muerto. Ahora, su puesto queda vacante.
El león calcula una pausa. Un silencio observador.
—Y uno de vosotros ocupará su lugar. Ya habéis visto cuál es la nueva dimensión del triángulo azul.
El león camina por la hilera de enmascarados. La máscara ensangrentada en alto. Como si efectuase un sorteo. Pasa despacio por delante de cada uno de los hombres. No detiene ni acelera el paso en ningún momento.
El león pasa ante Eduardo Aristegui, y de pronto, se detiene en seco.
Aristegui contiene la respiración. Su mundo acaba de congelarse o arder, no lo tiene claro.
Entonces el león vuelve a retomar su paso.
Y Aristegui vuelve a respirar.
Pero al llegar al final de la fila, la máscara blanca sigue sin elegir a su nuevo dueño.
El león gira y vuelve sobre sus pasos.
En realidad, el nuevo rey de esa cripta ya ha decidido hace mucho a quien pertenecerá el honor de la condena.
Las respiraciones densas se acompasan con cada paso lento sobre la piedra húmeda del sótano.
Hasta que ya no hay pasos. No hay respiraciones. Solo un suspenso inaguantable.
Porque el león ha vuelto a detenerse en un punto.
La máscara blanca, en lo alto, se para otra vez en el mismo lugar, ante Eduardo Aristegui.
El león le ha visto dudar en el rito de Javier Elorza. Le ha analizado. Y, por último, ha olido el miedo al pararse por primera vez frente a él. Entonces lo ha tenido claro: ese hombre no es un depredador.
Justo lo que necesita.
La máscara blanca ensangrentada desciende en picado hasta posarse sobre el hombro de Eduardo Aristegui.
—Tú —dice el león.
Entonces sí, los dos pares de ojos ocultos chocan. Colisionan. Es un encuentro violento.
Y Eduardo Aristegui lo siente, con total claridad: esa máscara oculta un animal mucho peor que un león salvaje.
—¿Aceptas el honor de ser el nuevo Obolus? —pregunta el león.
En la pregunta no cabe la posibilidad de negación, eso también lo sabe Eduardo y cualquiera de los presentes.
Aristegui asiente despacio en silencio. Dos veces.
El león le despoja de su máscara azul sin dudar. Y mira directamente al rostro de Eduardo Aristegui, estableciendo la nueva dinámica de su relación. Permanecen así unos segundos que son eternos.
Eduardo Aristegui está desnudo a todos los niveles. Se mantiene a flote haciendo un esfuerzo sobrenatural, solo comprendido desde el instinto puro de supervivencia. Ese que hace posible no temblar cuando estás observando de frente el mismo infierno.
Un infierno rojo.
El león le deja suspendido en ese limbo. Hasta que, con un movimiento reverencial, le coloca la máscara ensangrentada que acaba de quitar al cadáver de un hombre que ha matado con sus propias manos.
Y de pronto Eduardo Aristegui, el hombre aterrorizado, es Obolus.
Obolus es él.
—Plegaos todos ante el nuevo rey de este lugar —dice el león alzando el tono.
Y después se acerca un poco más al nuevo Obolus. Dejando claro que la frase que importa no es la anterior, sino la que va a continuación.
—Gobernarás este santuario. Pero responderás ante mí —susurra el león—. El triángulo azul ahora pertenece a El Club.