Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 41
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Damián Vera ya no mira la casa de Becerra. Solo comprueba de forma compulsiva su reloj.

Ya solo espera que den las nueve.

Ha tomado una decisión.

Dos minutos después lo anuncia de viva voz por la radio que coordina todos los coches de ambos equipos.

—Las nueve. Chapamos.

Hace una pausa.

—Definitivamente. Nada de relevos para la noche. Se acabó. Reunión en La Pecera en cuarenta minutos. Levantamos el operativo.

21:40

Ninguna investigación cambia de rumbo cuando encuentran las respuestas adecuadas.

Cambia cuando el líder acepta que estaban haciendo la pregunta equivocada.

Y el tiburón de La Pecera es Damián Vera.

Aunque todos pueden sentir que el liderazgo real no está tan claro.

Espinosa y Mendia observan a Arregi, sentado en silencio y con cara de pocos amigos en su silla.

Pero el que habla, de pie y junto a las pizarras, es Damián Vera.

—Una semana entera. Dos equipos y sus respectivos relevos. Ningún resultado operativo.

Vera mira a todos y, sin embargo, saben que habla a Arregi.

—Se acabó. Las vigilancias quedan canceladas. Ha sido un fracaso sin paliativos. Tenemos que cerrar esta vía de Becerra y Monreal.

Ahora sí, no es una sensación, Damián Vera clava sus ojos en Salvador Arregi.

—Esto ha sido un error.

Las patas de la silla resuenan al arrastrarse. El sonido estridente secuestra la atención que correspondía a la derrota notificada de Arregi. La que acaba de ponerse en pie es Maialen Mendia.

—No del todo —dice—. Tenemos un nombre más sobre la mesa.

Mendia hace literales las palabras, y lanza un puñado de fotografías sobre la mesa reluciente de La Pecera.

En las capturas se ve a un hombre trajeado y con un maletín en la mano. Accediendo a la casa de Álvaro Monreal hasta en tres ocasiones.

—Álvaro Monreal sí se ha comportado de forma extraña.

Apenas ha salido de su domicilio. Y curiosamente, sí que ha entrado en él muchísima gente.

Tanta gente distinta, que lo que más me sorprendió fue que una misma cara volviese a aparecer.

Dos veces ya fue raro, a la tercera ya ordenamos seguirle la pista.

Mendia coge una de las fotos que acaba de tirar sobre la mesa y la alza.

—Rafael Cifuentes Montalvo —dice alzando la voz—. Magistrado de la audiencia provincial de Madrid.

Hay un silencio enrarecido.

Damián Vera no esperaba esa nueva pieza.

—¿Un juez? —pregunta Marta Gálvez.

—No uno de los grandes. Pero sí… —contesta Espinosa, que permanece sentado en su silla—. Qué interesante… Un juez yendo a casa de un abogado al que estamos echando el ojo.

—Lo más curioso de todo esto —prosigue Mendia—, es que, por lo visto, no hay ninguna relación profesional pública entre ambos. No coinciden en ningún procedimiento judicial.

—Igual quedan para jugar al mus… —ironiza Espinosa.

Damián Vera hace un gesto con la mano señalando la pizarra. Inconfundible.

Mendia obedece y se lanza a tatuar en rotulador el nuevo nombre.

RAFAEL CIFUENTES MONTALVO / JUEZ

—¿Algo más que el nombre y una sospecha? —pregunta Vera.

No.

No tienen más que eso.

Mendia tarda en responder. Y lo hace solo negando con un gesto.

—Vale. Está bien. —Vera se acerca hasta ella y le pide el rotulador—. Algo es algo. Un pequeño hilo de esperanza dentro del enorme cubo de basura que ha sido este operativo.

Damián Vera hace sangre con Arregi. Sin piedad.

El nuevo nombre queda flotando en ese río rojo de la derrota de Salvador. Como un salvavidas demasiado pequeño al que aferrarse.

—Mañana a primera hora aquí —concluye Vera—. A ver cómo podemos darle la vuelta a esto.

La Pecera se vacía. Dentro queda un pez ahogándose en las aguas contaminadas que él mismo ha intoxicado.

Salvador Arregi no se mueve de su asiento.

Recoloca el puzle en su cabeza. Un juez.

Lo une a otra de las piezas que solo él tiene.

Lasa le ha dicho que están siguiendo la estela de un posible beneficiario político del sacrificio que dejó el nombre de Iñigo Arrieta sobre el cadáver de la década de los 80 del sótano de Karrantza.

Con esa nueva pieza empotrada a la fuerza, Arregi perfila un ecosistema que hace que su teoría sobre el triángulo azul cobre fuerza. Los están eliminando. Pero ¿quién? ¿Un ente superior?

Damián Vera está frente al pensativo Salvador Arregi. Le observa en silencio. Solo quedan ellos dos en ese habitáculo de paredes de cristal.

Solo ellos dos.

—¿En qué estás pensando, Salvador?

No va a decírselo.

Arregi solo estaba esperando a que estuviesen a solas. Nada más. Pero no, no va a decirle lo que piensa. Ya no.

—Vamos. Dilo. —Solo verbaliza Arregi—. Di: te lo dije.

—Has perdido, Salvador. Y querías que entrase por la fuerza en casa de Becerra.

Alguien estaba dentro, según tú. Becerra va a morir en su casa, repetías.

Después no digas que no te lo advertí, llegaste incluso a decir.

—Vera se acerca a Arregi, solo un poco más—.

¿Te das cuenta de hasta qué punto eres peligroso?

Has perdido el control. No te culpo. Se lo que le pasó a tu familia…

Salvador Arregi se levanta de la silla como una exhalación. Su rostro y el de Vera quedan separados solo por centímetros. Desde esa posición y con expresión de guerra cruenta, lanza varias exhalaciones prolongadas. Los ojos no parpadean.

Vera alza ambas manos con un gesto suave.

—Lo siento. No me malinterpretes. Igual no era el modo de decirlo.

Valoro tu entereza, Salvador. La de seguir aquí.

Pero los muertos piden justicia. Y para eso hay que trabajar bien.

Pensar y actuar con objetividad. Siento tener que ser yo el que coja el papel de malo.

Está claro que tus compañeros de la DIC no van a hacerlo…

Arregi permanece acuchillándole con los ojos.

Uno, dos, tres segundos más.

Y solo después, habla despacio.

—El otro día, al salir de Estremera, me fui a atender un asuntito que tenía pendiente hace tiempo. En Extremadura. Bastante lejos. Lo suficientemente lejos como para comprobar si alguien te sigue o no. Aunque abandone de forma torpe cuando las carreteras se vuelven demasiado indiscretas…

Arregi posa la mano derecha sobre el hombro de Vera.

—La próxima vez que pongas a alguien a seguirme, que sea mejor, Damián.

Arregi se da la vuelta y abandona La Pecera ante la mirada silenciosa de Vera.