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El sótano está inundado de sangre de Javier Elorza que se desparrama por el suelo de piedra junto con sus tripas.
Obolus retrocede un paso de forma instintiva.
El hombre de la máscara burdeos habla despacio. Y, sin embargo, transmite una firmeza absoluta.
Dos de los enmascarados salen del corro, y se ponen tras él. Le están escoltando.
—Hace tiempo que observo lo que hacéis —dice el hombre de la máscara burdeos—.
Veo mucho potencial. Yo también tengo un sitio, cerca de aquí.
También es una casa. Pero está más escondida.
Es más salvaje. Nuestros rituales son algo distintos.
Ese es el problema que veo en vuestra organización. Demasiados corsés.
Obolus está inmóvil. Que dos de los enmascarados viniesen con el hombre de la máscara burdeos, que estuviesen infiltrados, no sabe desde cuándo, le ha descolocado.
Alterna miradas entre los ojos que se esconden tras la tela burdeos, y el objeto que sostiene el hombre en su mano izquierda, mientras sigue su exposición.
—Todo eso de la vida solo pasa de una mano a otra.
Creo que es limitante. Y como ejemplo pongo a nuestro amigo.
—El hombre de la máscara burdeos señala el cuerpo inerte y blanco cerúleo de Javier Elorza—.
Nadie necesitaba sus órganos para vivir.
Pero sí su cargo político. Alguien lo necesita para prosperar del modo necesario.
¿Y cuál es el problema? Es el sacrificio de una vida, para que una idea pueda expandirse.
La vida de un hombre, por mejorar la de otro.
Obolus cada vez mira más al objeto en la mano derecha, y menos al hombre o a quienes le secundan.
—Creo en vuestra organización, Obolus —el hombre de la máscara burdeos remarca la última palabra—, pero hace falta pulir la idea.
Creo que vendría bien un cambio de liderazgo.
Mi idea es tomar todo lo bueno, el tema del entramado médico es muy interesante.
Los hombres más poderosos, lo único que no pueden comprar es la salud.
Es una forma muy hábil de tenerlos de nuestro lado.
Muy hábil. Pero no podemos quedarnos solo ahí.
Tenemos que dejar al triángulo azul volar libre y salvaje. ¿No crees?
Obolus observa el objeto de la mano. Ya de forma definitiva. Como si le hipnotizase. Como si le estuviese mirando a él, y no al contrario.
Tal vez por eso mismo no percibe que los dos enmascarados que escoltan al de la máscara burdeos, han avanzado con sigilo hacia adelante.
—Pero para que haya un cambio de jerarquía, tiene que haber demostración de fuerza. Es más… —El hombre de la máscara burdeos se acerca aún más a Obolus, hasta estar en el punto en el que puede susurrar la siguiente frase—. Debe haber violencia.
Obolus se tensa.
Pero es un reflejo de supervivencia. Sabe que ha estado a merced en todo momento.
El cuchillo empuñado por el hombre de la máscara burdeos entra en el cuello de Obolus en un gesto rápido.
La sangre salpica su máscara blanca, que, por primera vez, no luce impoluta.
El cuchillo sale tan rápido como ha entrado, y la sangre brota como de una manguera.
Chorros intermitentes, a la pulsión de la arteria.
Obolus permanece de pie. Son unos segundos eternos en los que contempla el sótano y los enmascarados. Un último pensamiento se apodera de su mente antes de desvanecerse. Se pregunta cuántos de esos enmascarados que le observan morir estaban en realidad conspirando contra él.
Y después mira al hombre que le ha cercenado la vida.
Un hombre con una máscara burdeos, que sujeta en la mano derecha el cuchillo impregnado de su propia sangre. Y en la izquierda, el objeto que le ha perturbado, y que es lo último que va a ver.
Obolus se lleva la mano a la yugular. Le entran dos dedos enteros en el agujero abierto. Las piernas le fallan. Ya no siente su cuerpo. Es como si su cabeza flotase en el aire denso de ese sótano.
La escena pasa como a cámara lenta.
El hombre de la máscara burdeos deja caer el cuchillo al suelo. Y con la misma mano, descubre su rostro. Solo Obolus puede verle, el resto queda tras ellos.
Son solo unos pocos segundos.
Los que transcurren hasta que el hombre de la cara descubierta alza el objeto que ha tenido sujeto en la mano izquierda en todo momento. Una nueva máscara. Muy distinta de todas las demás.
Y de pronto, el rostro descubierto ya no lo está.
Las piernas de Obolus se doblan como papel. El último suspiro de vida huye de su cuerpo con una visión final. Una imagen de pesadilla.
Los ojos de su asesino mirándole tras una máscara roja que representa un león.
Roja como la sangre.
Un león rojo.