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El mundo está lleno de lugares donde ocurrieron cosas terribles. Y lo curioso es que casi todos terminan pareciendo completamente normales.
Riomalo de Abajo es uno de ellos.
Salvador Arregi abandona la carretera principal y se adentra por las curvas estrechas de las vías secundarias.
Las montañas vuelven a cerrarse sobre él.
La piedra sobre piedra. El verde que parece tragarse cualquier ruido del mundo.
La garganta de agua que silba constante y parece omnipresente en todas Las Hurdes.
Ese corazón escondido de Extremadura no ha cambiado.
Arregi hace rato que ya no mira por los retrovisores. Ya solo está él y la carretera que va a convertirse pocos metros después en un camino de grava. El final de la civilización. El principio del sendero que conduce al escondrijo idílico donde se deforman los principios morales.
Salvador Arregi aparca su Passat lo suficientemente lejos. No quiere ser visto. Coge una bolsa que lleva sobre el asiento del copiloto y baja del coche.
Camina el resto a pie, con la grava crujiendo bajo sus botas.
El sol empieza a ceder a la noche invernal que llegará soltando su aliento helador.
Los dos árboles, separados por una veintena de metros entre sí, son como dos casillas de seguro antes de llegar hasta la casa. Arregi se refugia en el primero de ellos, igual que hizo meses atrás, pero esta vez sin su Heckler en la mano. En vez de eso, lleva una bolsa de plástico.
Nahia está allí. Jugando en el jardín, junto al viejo columpio rojo. Arañando los últimos coletazos del día, como haría cualquier niña feliz.
Pasan al menos diez minutos así. La niña jugando y Salvador observando.
Entonces sale ella. Paula dice algo desde la puerta principal de la casa de piedra. Y Nahia entra.
El sol cae a plomo, como si alguien hubiese apagado un interruptor. Y entonces la luz cálida de una de las ventanas es el síntoma de un hogar.
Arregi espera a que la oscuridad se asiente.
Y solo entonces recorre los metros que lo separan del segundo de los árboles. Después avanza, sin detenerse, hasta la casilla final: el murete de piedra que rodea el jardín de la casa.
La luz de la cocina sigue alumbrando como un faro naranja. Pero no puede verlas en el interior. Como tampoco ellas pueden verle a él.
Salvador Arregi saca la caja de la bolsa. Y la deja apoyada contra la parte interior del murete de piedra. De tal modo que queda dentro del jardín. Una caja de cereales con un tigre sonriente dibujado en el cartón.
Después se da la vuelta, y regresa hacia el coche sin mirar atrás.
Paula entenderá el mensaje cuando salga al jardín al amanecer.
Salvador Arregi vigila su pacto tácito de que Nahia tenga una vida junto a una nueva madre.