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Hay ausencias que ocupan más espacio que una persona.
La de Salvador Arregi es de esas.
Las nueve de la mañana son una hora excelente para convencerse de que todo va bien. En aquella vigilancia, precisamente, esa es la peor noticia posible.
Damián Vera ya no mira la casa. Mira los informes repletos de nada. Mira las horas invertidas. Los efectivos movilizados. Y la pregunta empieza a crecer demasiado.
¿Hasta cuándo puede mantener eso?
—Qué raro. Va con más de diez minutos de retraso. Tratándose de este, ya es noticia —dice Pardo desde el asiento del piloto.
Pero Vera no le está prestando toda la atención que debería. Está mirando el mensaje que acaba de entrar a su teléfono.
Acaba de entrar en la prisión de Estremera.
Vera cierra el mensaje y vuelve a mirar a la casa. Pero solo finge. Becerra cada vez le interesa menos. Sigue pensando en Estremera y Arregi.
—Si antes hablo… —dice Pardo.
José Becerra acaba de salir por la puerta.
12:38
Helena Ibarra se ha salido con la suya. En la reunión a primera hora, previa a las vigilancias, ha expuesto que creía que debían volver al País Vasco. Espinosa ha aceptado y Vera le ha dado luz verde.
Iñigo Arrieta y Javier Elorza eran de allí. Y esa es la pista que siguen ahora.
¿Por qué el nombre del primero apareció en el segundo cadáver del sótano de Karrantza?
Formular esa pregunta es adelantarse, ser un mal estudiante que confía en atajos y su intuición.
Pero todos sienten que ya están perdiendo demasiados días con las vigilancias en Madrid.
Es adelantarse, ya que no hay constancia de que ese Iñigo Arrieta sea el que estaba escrito sobre una momia de 1980.
Pero por una vez, Lasa e Ibarra están exactamente en la misma onda. Los dos creen estar mirando en el lugar adecuado.
Y ese lugar, está en un rincón del interior de Bizkaia. Uno donde el horizonte siempre termina chocando con una montaña.
Durango conserva esa extraña capacidad de hacer que el tiempo parezca caminar más despacio.
Aitor Lasa aparca frente a un bloque de ladrillo visto levantado a finales de los setenta. Balcones pequeños, macetas cuidadas y tenderos casi vacíos. Una estampa casi costumbrista. Ningún detalle llama la atención. Nada que haga presagiar que se está en un lugar que ha hervido tragedia.
Allí sigue viviendo Pilar Elorza. Cuarenta y seis años después de que su marido saliese de casa por la mañana y jamás regresara.
Lo obvio era buscar a partir del rastro del difunto Iñigo Arrieta. Pero Helena Ibarra tenía una obsesión cimentada durante horas de noche en vela en su habitación de hotel. Para encontrar a Arrieta, era mejor buscar a partir de Elorza.
—¿Cuánto tiempo siguieron buscándolo? —pregunta Aitor Lasa.
Pilar Elorza tarda unos segundos en contestar. Cada pregunta la enfrenta una batalla contra recuerdos que duelen demasiado.
—Una semana —responde al final.
Silencio.
Lasa no puede disimular un gesto de extrañeza. Por desgracia no posee la frialdad de Ibarra.
—¿Solo una semana? —Es precisamente Ibarra la que presiona sin piedad.
—La primera fue una locura. Policías. Periodistas. Compañeros de partido. Llamaban al telefonillo a todas horas. Parecía que todo el País Vasco estuviera buscando a Javier.
Pilar se detiene. Mira a algún lugar perdido más allá del balcón de su salón.
—Y después…
Lasa espera.
Ibarra afila la vista.
—Después dejaron de venir.
—¿Quién dejó de venir, señora Eloraza? —Es Ibarra otra vez.
—Todos.
Silencio.
—La Ertzaintza dejó de llamar. Los periodistas dejaron de escribir. Los compañeros de partido dejaron de preguntar. Incluso… —a Pilar Elorza se le quiebra la voz— algunos amigos dejaron de pasar por casa.
—¿Y por qué cree que pasó eso, señora Elorza? —vuelve a preguntar Ibarra.
La viuda sonríe con tristeza.
—Durante muchos años, y eso fue asumir la posturamás cruel, pensé que la gente simplemente siguió con su vida.
La mujer baja la mirada.
—Con el paso del tiempo… bueno… ya no estoy tan segura.
—¿Qué quiere decir? —Ibarra sigue aparentando.
Pilar tarda bastante en contestar esta vez.
Parece que le diese vergüenza decirlo.
—A veces tuve la sensación de que encontrar a Javier daba más miedo que no encontrarlo.
Ahora sí, hasta Ibarra para. La frase reposa primero y la idea coge cuerpo después
Lasa, que ha estado tomando notas, ya no escribe. Mira primero a Ibarra y después a Pilar Elorza.
—¿Y eso por qué iba a ser así? —pregunta Ibarra.
—No lo sé… no… yo… Después de tantos años he aprendido a no preguntármelo. La respuesta ya no lleva a ningún sitio.
—¿Considera que hubo personas que se beneficiaron de su desaparición?
Pilar Elorza aprieta los labios. Su piel se arruga más de lo normal. Ella entera lo hace. Los ojos se humedecen, pero aguantan. Son ojos duros, que han aprendido a contener.
—Javier era muchas cosas buenas. Pero, por encima de todo, era un hombre íntegro. Un buen hombre. ¿Quién podría beneficiarse de que alguien así desaparezca?
—Usted ha mencionado antes que sus compañeros de partido nunca volvieron. La política no suele ser el mejor lugar para hombres honrados —dice Ibarra.
Lasa la mira de reojo.
—¿Le suena el nombre de Iñigo Arrieta? —remata Ibarra.
Pilar Elorza vuelve a estar más allá de su balcón. Tarda más que ninguna otra vez en contestar.
—Claro. Iñigo Arrieta ganó la candidatura conjunta que tenían ambos.
Obviamente, lo hizo en solitario. Si me lo preguntan, Iñigo no tuvo nada que ver.
Sería fácil ver fantasmas. Pero era también un buen hombre.
Por eso Javier solo confiaba en él. Lo que me duele, y eso sí se lo reprocho, es que fue de los que también terminó por dejar de venir por casa. Su vida política le engulló.
Helena Ibarra y Aitor Lasa no esperaban esa respuesta. En absoluto.
Comparten una mirada y algún gesto mínimo que lleva implícita la pregunta de si ya dan por concluidas las preguntas.
Pero Pilar Elorza esta vez habla sin necesidad de que la interroguen.
—Hubo una persona que sí volvió. Un hombre.
Volver no es la palabra adecuada, porque no había estado nunca aquí.
Yo, al menos, no le conocía. Y él nunca dijo quién era después de esa vez, nunca volví a verle.
—Pilar habla directa al balcón o a las montañas que se pierden a lo lejos, quién sabe—. Solo hizo una pregunta.
Lasa ya está inclinado hacia delante.
—¿Qué pregunta, señora Elorza? —dice Ibarra.
—¿Su marido viajó alguna vez al Valle de Karrantza? —La viuda vuelve a su salón, mira directamente a los ojos de la policía mujer—. Eso preguntó.
Ahora sí, Lasa e Ibarra comparten una mirada sin disimulo. La conexión es clara.
Karrantza. Alguien desaparece y otra persona sale beneficiada.
Carmen y Gabriel Aristegui.
Javier Elorza e Iñigo Arrieta.
Muere Javier Elorza en 1980 en el sótano del caserío de Karrantza. Iñigo Arrieta gana el poder en solitario. Su nombre queda escrito en el cadáver.
Es una teoría. Pero las piezas encajan bastante bien.
Demasiadas coincidencias para seguir llamándolas así.
15:45
Vigilancias a Álvaro Monreal – Equipo 2
—¿Cuánto tiempo puede estar una persona como Monreal sin salir de casa?
Iñaki Espinosa se remueve en el asiento del conductor de un coche que no está pensado para alguien que roza los ciento diez kilos.
—Pues, como mínimo, cuatro días, por lo que se ve —contesta Mendia.
—Esto es desesperante. Tengo la espalda hecha un ocho. Debería haberme jubilado ya…
Mendia no contesta. No escucha el lamento de cada media hora de Espinosa. Traspasa el cristal de la luna delantera con la mirada.
—¿Ese no vino el primer día? —dice.
Espinosa acaba de ver lo que está mirando su compañera.
El hombre que camina con paso decidido atravesando el jardín de la casa de Álvaro Monreal.
—Sí. Creo que sí —dice Espinosa—. ¿Pero por qué has caído tan rápido? Con la de gente que está viniendo a esta casa…
—Por eso mismo —contesta Mendia—. Fíjate que ha pasado gente, pero todos eran distintos. Este es el único que ha repetido.
—Ya tenemos un cromo del álbum sobre el que poner la lupa un poco más.
16:01
Helena Ibarra da el último trago de café de La Caja.
—Es tan malo que casi lo he echado de menos —dice—. Aunque lo de la comida china esta… ya es otro nivel de horror.
Lasa sonríe. Mete las cajas de cartón vacías a una bolsa de plástico.
—Es un asco. Pero por algún motivo, Espinosa y Arregi tenían por costumbre pedir comida en ese restaurante siempre que estaban con un caso de los jodidos.
—¿Por qué lo mencionas en pasado? —pregunta ella.
—Porque esa es una de las muchas cosas que no volvieron a ser iguales.
—Quieres decir… ¿desde lo de Salvador?
Lasa da un trago de café de su taza. Y asiente.
Hay un paréntesis de silencio. De respeto.
Pero solo unos segundos. El mundo no se para jamás. Y menos aún su parte malvada.
Es Helena Ibarra quien vuelve al presente.
—¿Te crees eso que dijo la viuda de Javier Elorza?
Bueno, viuda… En realidad, su marido sigue técnicamente en paradero desconocido…
Creo que eso es aún peor que saber cómo y cuándo fue su final.
Me refiero, ¿crees lo que dijo sobre Iñigo Arrieta?
¿Que estaba segura de que no tenía nada que ver, por mucho que saliese beneficiado?
Lasa no contesta. En lugar de eso se levanta y se acerca a las pizarras.
Allí, escribe el nombre de Iñigo Arrieta con el rotulador negro.
Y desde ahí, saca una flecha a ninguna parte.
Y redondea un nombre que no existe.
Ibarra le mira expectante.
—He estado pensando en ello —dice Lasa—.
No creo que la cuestión sea tanto, si creemos o no que Arrieta tuvo algo que ver.
Si no, ¿quién se benefició realmente? Quiero decir, ir un poco más allá de lo obvio.
Iñigo Arrieta era un político de tercera.
Pero esos son justo los que más hay que observar.
Son las bisagras que mueven las puertas principales.
Sobre todo, si el que ambiciona escalar al poder es alguien nuevo.
Lasa señala el circulo vacío.
—¿Puede ser que la llegada en solitario al poder de Arrieta conviniese especialmente a alguna pieza superior?
Después podríamos entrar a valorar si Arrieta era o no un amigo tan leal de Elorza como dice su viuda.
Pero es casi secundario... No es tanto Arrieta, como la flecha que sale de él hacia un tercer actor que permanece oculto tras una sombra.
O al menos, yo lo veo así. ¿Cómo lo ves?
Helena Ibarra no lo reconocerá, pero por primera vez respeta al Lasa investigador. Hasta ahora le veía solo como un perrito faldero muy aplicado de Arregi.
Pero su lectura es interesante.
—Te lo compro. Vamos a intentar trazar esa flecha, a ver a donde nos lleva —dice Ibarra.
19:25
Vigilancias a José Becerra – Equipo 1
Nada.
José Becerra vuelve a estar en casa tras una jornada normal de día laboral.
Hoy no ha habido ni partido de pádel.
Damián Vera lleva esperando otro tipo de movimiento varias horas. Becerra no es el único hombre al que está vigilando hoy.
El teléfono móvil vibra por fin.
Y está vez, la sorpresa es aún mayor.
Le he seguido por carretera más de dos horas. Extremadura. He tenido que soltarle. Carreteras muy secundarias. Difícil que no me viese.
Extremadura… ¿Qué cojones estás haciendo, Salvador? , rumia Damian Vera desde el asiento del copiloto del coche Alfa 1.
Una hora y media después, su mente sigue exactamente en ese mismo punto. Damian Vera ordena el relevo a las 21:00 exactas.
Otro día más.
Nada.
Y, sin embargo, siente que algo se le está yendo de las manos.