Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 37
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El silencio cambia de forma.

Es difícil de explicar. Sencillamente ocurre. Los hombres enmascarados son estatuas de sal que observan a su rey prohibido. Las respiraciones se contienen. Incluso el olor a incienso parece quedarse suspendido en el aire viciado del sótano.

Todo rito tiene un momento en el que deja de ser preparación. Imaginación enfermiza de algo que en realidad no existe.

El instante exacto en el que ya no hay marcha atrás y todos los presentes saben que la sangre correrá.

Ese momento llega cuando Obolus empieza a bajar la escalera.

Las escaleras crujen. Obolus desciende primero, como siempre. Lo hace envuelto en la serenidad de quien lleva repitiendo la misma ceremonia durante demasiados años. La máscara blanca parece aún más bajo la luz temblorosa del sótano. Resplandece con un aura amplificada por la atmósfera del lugar.

Detrás de él baja el otro hombre.

Más alto.

Más joven.

Máscara burdeos.

Caminar firme y lento.

No mira a nadie. Pero todos le miran a él.

Se ha convertido en un nuevo eslabón de esa cadena irrompible que es el triángulo azul incompleto. Incompleto porque siempre falta una siguiente pieza que añadir a su estructura. Una que la afiance más.

Eduardo Aristegui fue una vez esa nueva pieza. Ahora observa como parte ya ensamblada desde hace diez años. Sin embargo, lo siente como si hubiese sido ayer mismo.

La repetición del rito.

Obolus inclina la mesa metálica en la que está el sacrificado. Un hombre llamado Javier Elorza.

Después da las indicaciones. Al igual que con Carmen. El rito se dividirá en dos. Solo en la segunda parte, cuando hayan intervenido para sacar de su cuerpo lo necesario para que otro viva, se podrá actuar con total libertad.

Cada enmascarado demostrará ahí con su participación, el grado de lealtad al triángulo azul, del que se vieron beneficiados en su día.

Obolus ya está a la espalda de Javier Elorza. El golpe seco de la vara contra el suelo se une al humo del incienso, que va en aumento. El ritmo se acelera progresivamente.

La percusión va aumentando la cadencia. Pasa de un ritmo casi hipnótico a tambores de guerra.

Es el momento en el que Javier Elorza comienza a despertar.

Los ojos entreabiertos se encuentran con una pesadilla irreal. Casi como contemplar el mismo averno oculto dentro de cada alma humana.

Esa primera parte del rito es, sin duda, más psicológica.

Las heridas brutales llegan siempre en la segunda mitad. Cuando el cuerpo ya no es necesario.

La mano derecha de Eduardo Aristegui está temblando.

Sabe que debe participar, y no solo eso, sino que debe hacerlo con firmeza.

Intenta bucear hasta algún lugar de su interior que le permita hallar la rabia suficiente como para descargar violencia contra ese hombre indefenso que no le ha hecho nada.

No lo comprende. No está en su naturaleza hacer algo así. Y está seguro de que algunos de los enmascarados que están justo a su lado, han pagado fortunas por poder participar.

Su estrategia será esperar a que otros actúen primero. Ver cómo proceden e imitar.

Pero cuando los primeros enmascarados proceden, una arcada repta por su esófago.

La mano le tiembla cada vez más.

Debe serenarse.

Debe encontrar ese lugar animal que todos debemos tener.

Que sin duda los otros enmascarados tienen y están sacando a relucir ahí mismo.

Aunque todos lleven el rostro cubierto, en ese sótano se ven las verdaderas caras.

Al menos, Aristegui ha entendido esa parte del rito de Obolus.

Pero eso no hace que le resulte más fácil actuar.

Ya han desfilado casi todos por el cuerpo de Javier Elorza.

Y aunque las heridas son controladas y mínimas en esa primera parte, el terror es incalculable. Los gritos. El forcejeo contra las correas y cadenas imposibles de vencer. La lucha contra el destino inevitable.

El corazón palpita enfebrecido. Ya le va a tocar. No queda nadie más. Eduardo Aristegui no es un hombre violento. Nunca lo ha sido. Apenas ha podido lidiar con haber engañado a Carmen para meterla en ese sótano. Se convence con toda la fuerza de la que es capaz: en realidad, no es un mal hombre.

Solo un padre que hace lo que debe. Piensa en su hijo. El recuerdo del Gabriel niño, y su sonrisa. Y el joven Gabriel ya sano que juega tan bien al ajedrez.

Y entonces el buen hombre agarra con fuerza el mango del cuchillo. Intentando que la mano no tiemble. Se acerca a la mesa metálica. Intenta no fijarse en los ojos de terror de Javier Elorza, que gritan pidiendo clemencia.

Uno de los enmascarados ha realizado un corte superficial desde la rodilla hasta el tobillo, recorriendo la tibia de la pierna derecha de Elorza. Eduardo ha decidido replicarlo en la otra pierna. Es brutal, pero no exige un gran esfuerzo. Solo un corte hacia abajo.

La mano le tiembla…

Teme que alguien lo note.

Debe hacerlo ya. Sin mostrar el mínimo ápice de duda.

Coloca la punta del cuchillo sobre la rodilla. No mira arriba en ningún momento, como sí han hecho otros, que buscaban los ojos de Elorza mientras hacían el tajo.

Eduardo Aristegui cierra los ojos cuando desliza el cuchillo con fuerza hacia abajo.

Espera el grito desgarrado de Elorza. Pero lo que llega es peor aún. Un silencio extraño. De sufrimiento en su máxima expresión.

Javier Elorza se ha desmayado.

Solo queda un único enmascarado por participar de esa primera parte del rito.

El de la máscara burdeos.

El nuevo. El beneficiario del sacrificio.

Pasa junto a Eduardo Aristegui cuando este ya vuelve a su lugar del círculo que forma cada uno de los enmascarados.

Se escuchan unas palmadas.

Cuando Eduardo Aristegui vuelve a mirar, ve que es el de la máscara burdeos abofeteando el rostro de Elorza.

—Vamos, despierta. Así no tiene ninguna gracia…

Las bofetadas cada vez son más amplias. Hasta que, en una de ellas, Elorza vuelve a abrir los ojos. En su expresión puede leerse a la perfección su sentimiento. Hubiese preferido no volver a abrirlos nunca más.

Pero no va a tener esa suerte.

El hombre de la máscara burdeos se gira, observa al resto, que están espectadores ante su actuación. Después vuelve sobre Elorza, y alza la mirada un poco más, para buscar a Obolus, que permanece como maestro de ceremonias tras la mesa metálica.

Acto seguido, el hombre de la máscara burdeos ejecuta un movimiento rápido que hiela la sangre de todos los presentes.

El cuchillo penetra con fuerza en el esternón de Elorza, y es deslizado hacia abajo, abriéndole en canal.

Parte de las tripas se descuelgan de su abdomen junto con una catarata de sangre.

Obolus se queda petrificado unos segundos. Y después corre hacia la mesa metálica.

—¡No! —grita—. ¿Qué no has entendido de las dos partes del rito? ¿Cómo quieres que hagamos así la extracción del órgano? ¡Hay que llamar al cirujano ya mismo!

Obolus se lanza a las escaleras para subir al interior de la casa, donde el cirujano espera en una habitación medicalizada.

Pero la voz le hace detenerse en el segundo escalón.

—Eso no hará falta. No hay intervención alguna que hacer —dice el hombre de la máscara burdeos—. Nadie espera ningún órgano.

Obolus vuelve sobre sus pasos. Hasta estar frente al nuevo benefactor.

Máscara blanca y máscara burdeos, separadas por centímetros.

—¿Cómo que no hay nadie esperando? Aquí hacemos eso. La vida no desaparece, solo cambia de manos. Un sacrificio para un beneficiario.

—Y eso es exactamente lo que ha pasado. Ha habido un sacrificio. Y un beneficiario. Político en este caso. Es importante que un hombre tenga cierto poder.

La tensión es incontrolable en el sótano. Nadie mueve un solo músculo. El incienso se mezcla con el olor a sangre que empapa el suelo como un mar rojo.

El calor húmedo es asfixiante.

—Esa no es la naturaleza del triángulo azul incompleto —dice Obolus—. Lo sabías cuando aceptaste el sacrificio. Las normas eran claras. Un sacrificado. Una vida salvada. Su nombre grabado en el cuerpo del sacrificado. Y todo ello sellado aquí mismo, entre estas paredes. Así funciona.

El hombre de la máscara burdeos mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Y saca una pequeña hoja de papel.

Ante la mirada atónita de Obolus, mete el papel en la boca de Javier Elorza.

—Ahí está el nombre del beneficiario —dice.

El papel está doblado de tal manera que no puede leerse. Pero en él, está escrito el nombre de Iñigo Arrieta.

El hombre de la máscara burdeos vuelve a buscar algo con la mano derecha. Pero esta vez la lleva a la espalda. Hacia algo que tiene guardado en la parte trasera del pantalón.

Y cuando vuelve a sacarla, algo cambia en Obolus.

Por primera vez desde que Eduardo Aristegui le conoce, da un paso atrás.