Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 36
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Centro Penitenciario Madrid VII – Estremera

Hay lugares a los que uno cree que no tendrá que regresar nunca.

Pero la cárcel de Estremera no es uno de esos lugares para Salvador Arregi.

Mientras entrega su documentación en el control de acceso, siente esa desagradable sensación de estar recorriendo un camino que conoce demasiado bien. Los mismos protocolos. Las mismas puertas. Las mismas esperas.

Y al final del recorrido…

Jos.

Su gran monstruo. Justo el que le hace mirarse al espejo.

Pero, aunque en sus entrañas sabía que tarde o temprano volvería a dejarse engullir por esos muros para compartir de nuevo una sala con él, esta vez no era esa vez.

Esta vez no viene a verle a él.

Aún no estaba preparado para eso. Por eso se hace más duro tener que estar allí, siendo consciente de que solo unos pocos metros y varios tabiques les separan de respirar el mismo aire.

—De todas las putas cárceles, Luján tenía que estar en esta… —dice Arregi para sí mismo mientras traspasa la enésima puerta metálica de seguridad.

Esta vez viene a ver a Gorehound.

El alter ego oscuro de un ser camuflado de hombre gris, llamado Sergio Luján.

—Puede pasar —dice el funcionario.

Salvador Arregi atraviesa la última puerta y entra.

La sala es exactamente como la recuerda: un agujero frío y aséptico. Una mesa, dos sillas, cuatro paredes y un cristal. Un lugar construido para impedir que dos personas olviden dónde están.

Pero esta vez no busca la habitación; busca al hombre.

Sergio Luján ya está sentado al otro lado de la mesa. No se levanta. Ni siquiera parece sorprendido de encontrar a Arregi allí.

Tiene las manos entrelazadas, demasiado tranquilas. Como las de alguien que nunca ha tenido prisa por llegar a ningún sitio.

Alza despacio la cabeza y sonríe. No es una sonrisa amplia, es apenas una grieta en su rostro blanquecino, la suficiente para que Arregi recuerde por qué aquel sujeto resultaba mucho más inquietante cuando parecía de buen humor.

Y ya se ha transmutado en Gorehound.

Pero hay algo distinto en él.

Ha engordado un par de kilos. El pelo está un poco más largo. La barba también, pero mejor cuidada. Las ojeras no son surcos negros infinitos, como la última vez que le vio.

Parece que incluso descansa mejor.

La cárcel le ha mejorado.

—Te veo bien —dice Arregi—. Me ha sorprendido, si te soy sincero.

—Bueno, agente. Ya sabes que no hay que fiarse demasiado de las apariencias.

—No estoy de acuerdo.

La frase tajante de Arregi deja un silencio tras ella.

Dos hombres se estudian con las miradas.

—No tengo ni idea de a qué has podido venir, agente. Si te soy sincero… —dice Sergio Luján.

—Sí que la tienes... Serás lo que seas, pero eres inteligente. Sabes que solo hay una cosa en el mundo que nos une.

Gorehound sonríe.

Y después acaba riendo con una carcajada plena.

—Ya veo que todavía no tienes ni puta idea de dónde está El Arquitecto —dice Luján.

Y después suelta una segunda carcajada.

—Ves como sí sabes por qué he venido…

Arregi respira hondo tres veces. Deja que Luján se asiente.

—Si yo no encuentro a El Arquitecto, tú no sales de aquí en tu puta vida. Soy el único que cree que estás pagando por unos asesinatos que cometió él. No te olvides.

—Para el resto del mundo es un fantasma, eh.

Solo tú y yo sabemos la verdad, agente. —Luján se recuesta en su silla—.

Sabes, tienes razón. Estoy mejor. Algo ha cambiado en mí.

Lo ha hecho desde que me he resignado. He asumido que no voy a salir.

Qué quieres que te cuente… ya te dije todo lo que sabía sobre El Arquitecto.

—Eso es verdad. Pero tal vez yo no supe preguntar bien.

La expresión de Gorehound va cambiando poco a poco, lo quiera o no.

Aunque disimule abulia, está cada vez más serio.

Pasa de reclinado a inclinado en su silla. Comiéndose la mesa con medio cuerpo.

No dice nada.

Invita a Arregi a que lo suelte de una vez, solo con silencio y miradas.

—Te pregunté mucho sobre El Arquitecto en su faceta profesional.

O delictiva. La mayoría de las veces lo uno y lo otro es lo mismo.

Me hablaste de los foros, del triángulo, de cómo se mostraba y del portal en la web profunda.

Seguí todas tus pistas y alguna más que logré por mi cuenta.

—Arregi es ahora quien sonríe—. Tienes que saber que le tuve muy cerca.

Estuve a punto de pillarle. Casi le rocé con la punta de los dedos.

—Pero se esfumó, ¿verdad?

—Se esfumó. Y con nuestro fantasma no hay segundas oportunidades.

—A dónde quieres llegar, agente. Estás muy misterioso.

—He estado pensando —Arregi también se inclina sobre la mesa, como si fuese a contar un secreto—… Te pregunté por el personaje y su ecosistema, pero no te pregunté por la persona. Por el hombre.

Gorehound entrecierra los ojos.

—Sí. Por el hombre. Tú eres de los pocos que le ha visto en persona. O al menos, el único que está en disposición de poder contárselo a alguien como yo. Porque ya no tienes nada que perder… y todo que ganar. Quiero que me hagas una descripción física de El Arquitecto.

—¿Y eso para qué te serviría, agente?

—Para reconocerle si se me pone delante.

—¿Y por qué cojones iba a ponerse delante de ti? El Arquitecto no sabe ni que existes. Y si lo sabe, más motivo aún para que se aleje.

—Las cosas a veces no son tan sencillas.

—Pues explícate. Joder, agente, sabes lo que me aburro aquí… Esto es lo más entretenido que me ha pasado en ocho meses. No te cortes, cuéntame…

—¿Qué es lo más peligroso para un depredador? —pregunta Arregi.

—No sé… ¿un depredador más grande?

Arregi chasquea los dedos.

—Yo estoy vigilando las presas de un depredador.

Protegiéndolas. Esperando a que se lance a por ellas, para cazarle yo a él.

Yo soy el depredador más grande. Pero tengo un problema gordo.

Aún no he visto al depredador pequeño. Así que, si se me pone en la puta cara, no puedo saber qué es él.

Y eso es peligroso para mí. De pronto, ya no sé si soy el depredador grande o el pequeño. Y eso es una putada.

Sergio Luján está a mil kilómetros de distancia de allí. Esa conversación es entera para Gorehound.

—Creo que ya entiendo por dónde vas, Salvador. ¿Puedo llamarte así?

—No. Para ti soy el agente Arregi.

—Joder, agente, vale…

Gorehound levanta ambas manos, haciendo sonar los grilletes de las esposas.

—El caso es que hay un problema con nuestro amigo El Arquitecto, agente Arregi. Es un tipo asquerosamente normal. El estándar en persona. Ni demasiado llamativo, ni demasiado soso. Es difícil sacarle un rasgo diferencial.

—Inténtalo.

—Además, ya sabes que los recuerdos a veces son engañosos. Y ha pasado tiempo…

—Estoy casi seguro de que puedo fiarme de tus recuerdos sobre él. La cara del que te ha jodido la vida no se olvida tan fácil. Ni aunque lo intentes…

Gorehound vuelve a sonreír.

—Eso es muy cierto, agente, muy cierto.

Y después se inclina incluso un poco más hacia Arregi.

—El hijo de puta está presente en cada una de mis pesadillas.

—Lo sé —contesta Arregi—. A mí me pasa lo mismo. Tengo mi propio monstruo. Y está muy cerca de aquí, además.

—Algo he oído… Ya sabes que aquí las paredes saben demasiado. ¿Has traído papel y boli, agente? ¿No debería haber un dibujante que haga un retrato? En las películas es así…

—No hay nadie. Digamos que estoy haciendo esto por mi cuenta. Ya te lo he dicho, al Arquitecto solo le buscamos tú y yo.

Gorehound niega tres veces. Mira al metal de la mesa. Y habla anclado ahí.

—Metro ochenta, más o menos. Ni muy alto ni muy bajo.

Complexión atlética. Ni muy delgado ni lo contrario.

Pelo corto negro. —Gorehound alza la mirada y el tono—.

Los putos rasgos, normales. No sé cómo describirte su cara.

La del tío que te atiende en la ventanilla del banco.

Nariz estándar, mandíbula estándar, ojos oscuros, marrones creo. No sé…

—¡Pues inténtalo!

—¡El puto tío más normal que te imagines, joder! No te llamaría la atención ni en un millón de vidas. Aunque tampoco es mediocre. Tiene algo... es difícil de explicar…

—Explícalo con tus palabras.

—Creo que es la mirada. Cambia. Es el tío de la ventanilla del banco y de pronto, pum, te mira como un asesino. Es un camaleón oculto bajo una piel común.

Arregi aprieta los dientes. El talón taconea bajo la mesa.

—Lo siento. No hay mucho más…

—Metro ochenta. Pelo oscuro. Ojos marrones oscuros. Complexión atlética. Rostro sin facciones marcadas en exceso. ¿Dirías que facciones blandas? —pregunta Arregi.

—No. Masculinas, pero armónicas. No sé… De lo que mejor me acuerdo es de esa mirada… Pero eso no puedo describirlo. Hay que sentirlo…

Se escuchan los pasos del funcionario.

Se acabó el tiempo.

Arregi escucha la voz de Gorehound justo antes de salir por la puerta.

—Agente, no busques una cara. Busca a alguien capaz de ponerse cualquier cara sin llamar demasiado la atención.