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En El Andén, los jueves no son de pintxopote.
A fin de cuentas, sigue siendo un bar de policías junto a las dependencias de la Nacional en pleno Madrid. Allí todos los días son iguales.
—No daba un duro porque continuásemos con nuestra tradición de los jueves aquí. Bueno, no daba un duro porque la continuásemos en general —dice Arregi justo antes de dar un trago a su caña.
—Solo ha sido porque me han dado plantón —contesta Maialen Mendia.
—¿En serio? ¿Tu Diego? No…
Arregi ironiza, pero no se ríe.
Sigue rumiando su encuentro de hace apenas unos minutos con Vera.
—Así que hoy tampoco, nada, ¿eh? —pregunta ella.
—Nada de nada. Vera se está poniendo nervioso.
—El nuestro no sale de casa ni para atrás. Empiezo a pensar que justo ese es el problema. —Mendia da un trago largo a su cerveza.
—Sí. Ese es justo el problema. He intentado convencer de ello a Vera. Pero digamos que no se lo ha tomado muy bien.
—¿Convencerle de qué?
—De que había que entrar en casa de Becerra. Bueno, y en la de Monreal. En cualquiera. Aunque Becerra me da mala espina. Algo me dice que va a ser el siguiente en ser destripado.
—Es imposible que Vera autorice entrar ahí. Ya lo sabes…
—Sí… ya lo sé.
Arregi para en seco. Alza el vaso, pero no llega a beber. En vez de ello, mira a los ojos de Mendia.
—Por eso le he dicho que me deje suelto.
No hace falta que ella pregunte. Su expresión ya dice todo.
—No voy a seguir parado dentro de un coche esperando a lo que ya sé qué va a pasar.
—¿De verdad crees que es posible que esté dentro de la casa?
—Sí es El Arquitecto sí. No es que sea posible, es que es la única opción que tiene sentido.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si no son ellos los siguientes? Y si… simplemente no hay siguientes…
—Entonces será otra cagada mía. La lista es más grande de lo que parece, ¿no?
—¿Por qué me preguntas eso? —Mendia da otro trago, muy corto esta vez.
—Tal vez vosotros no seáis objetivos conmigo.
—Vosotros, ¿quién? Joder, Salva, estás muy críptico últimamente. Por primera vez, creo que no te descifro.
Arregi sonríe.
Mira el reloj.
—¿Hasta qué hora tienes que hacer tiempo para ir con Diego?
—¿En serio vas a salir por esa tangente?
Arregi se levanta.
—Da igual… en cualquier caso yo tengo que irme ya. Mañana madrugo de cojones. Tengo que comprobar una cosa antes de la reunión de primera hora.
—¿Me puedes decir qué hostias estás pensando hacer?
Salvador Arregi mira desde lo alto a Mendia, que permanece sentada en su silla.
—Voy a ir a ver a Gorehound, ¿te acuerdas de él?
—¿Y eso para qué?
Arregi deja un billete de diez sobre la mesa.
—Te puedes creer que después del tugurio de las primeras noches, ahora nos han buscado un hotel.
Cuatro estrellas creo. Un NH. La misma planta para toda la DIC.
Qué lujo. Tan cerca como para poder oír los ronquidos de búfalo de Espinosa…
Tú te has librado del espectáculo. ¿En qué hotel estabas con tu novio?
Maialen Mendia tuerce el gesto.
—Que descanses, Mendia. Mañana más.
Salvador Arregi abandona El Andén. Ella se queda. Justo al revés de la última vez.
21:31
Hotel NH Las Tablas
Planta 5
Iñaki Espinosa está sentado en la cama de la habitación 517. La última de la hilera del pasillo de la planta 5, ocupada al completo por la DIC.
Piensa si llamar a Marije. O tal vez bajar al restaurante a cenar.
No se siente con fuerzas para ninguna de las dos cosas.
Los días de vigilancias están siendo duros. Por las horas acumuladas de nada. Pero, sobre todo, porque cuanto más tiempo pasan así, más va perdiendo la partida Arregi. Y, por ende, él y su equipo.
El hombre cansado opta por la opción C. Espinosa enciende un cigarrillo y se concede tres minutos más para pensar en el caso.
Después llamará a Marije.
De todos modos, si no lo hace, la llamada la hará ella y será peor.
21:31
En la habitación 515, Helena Ibarra deja el agua caliente correr sobre su piel.
La ducha ha sido lo primero que ha hecho en cuanto ha llegado.
Dos nombres resuenan en su cabeza: Iñigo Arrieta y Javier Elorza.
Una vieja historia con tintes a traiciones ocultas.
Todavía, solo una teoría que se dibuja como una nube de humo.
Al día siguiente, a primera hora, presionará en la reunión conjunta de ambos equipos, para pedir que Lasa y ella puedan volver al País Vasco.
Espera que Espinosa aún tenga algo de ascendencia sobre Damián Vera, lo que no es sencillo.
21:32
Aitor Lasa está de pie en medio de la habitación 513.
Leyendo el mensaje que acaba de llegarle al móvil.
Leyéndolo otra vez.
Pero no tiene tiempo para valoraciones. Tiene que moverse.
Se pone la chaqueta y sale al pasillo. Camina hacia las escaleras pasando junto a la puerta de la habitación 511. La de Salvador Arregi.
El frío le golpea en la cara cuando el vestíbulo principal del hotel le vomita al exterior de un Madrid que le parece más salvaje cada vez.
Tal vez por eso, observa a ambos lados, a cada esquina, antes de empezar a caminar por sus calles.
21:35
La habitación 511 está vacía.
22:35
Maialen Mendia pasa las noches en un lugar distinto a petición propia.
El apartahotel de Hurtado de Mendoza está lo suficientemente cerca de las dependencias como para que sea operativo; lo que no compromete el encaje entre lo profesional y lo personal.
De ese modo, puede estar entre los brazos de Diego. Y eso hace que pueda desconectarse del caso, aunque sea unas pocas horas. Algo que antes no pasaba. Y que, si lo mira desde cierto prisma, la convertía en peor policía.
—¿Hasta cuándo te quedas en Madrid? —pregunta.
—Depende —contesta Diego que la abraza desde atrás, tumbados ambos en la cama.
—¿De qué?
—De hasta cuándo te quedes tú…
Mendia sonríe.
—Pues entonces no tienes ni idea de hasta cuándo…
—¿Tan mal va la cosa? —pregunta él.
—Peor. Las vigilancias no nos están dando nada más que horas acumuladas de frustración. La gente se está poniendo nerviosa. Normal… Todos sabemos que los que nos la jugamos somos nosotros.
—A veces me pierdo un poco, Maialen.
—Todo esto es en realidad el operativo de Arregi. Y encima ahora…
Mendia deja la frase colgada. Se gira y se acerca a los labios de Diego hasta estar en una distancia que, si no hay contacto, provoca un incendio.
—Nada… Da igual. Te estoy aburriendo con mis cosas.
Entonces le besa.
—Mejor no te cuento cómo son las reuniones con directivos de empresas varias —contesta él a trompicones entre un beso alargado aún y risas cómplices—. Eso sí que es el infierno.
Mendia le compra la broma.
Pero no, eso no es el infierno. El infierno es muy distinto, y ella lo sabe.
En el infierno hay sótanos llenos de cadáveres y familias ancladas a mesas siendo narcotizados hasta morir lentamente mirándose los unos a los otros.
Y el diablo es un ser humano capaz de ejecutar eso.
De pronto Mendia ya no se ríe. No besa. Es solo un rictus serio y grave.
—Ey, ¿qué te pasa? —pregunta Diego.
Ella niega. Ahora sí sonríe.
Pero no cuela.
—Ey, vamos. Ya sabes que a mí puedes contármelo —insiste él.
—No… es una tontería. Solo sensaciones mías. Es normal cuando estás tanto tiempo con casos como este. A veces sobre piensas. Y la mente te juega malas pasadas. Cualquier policía bueno lo sabe. Pero…
Él se acerca más. Pega su frente contra la de ella. Y después se aleja.
—Puedes contármelo. Suelta lastre conmigo.
Ella suspira. Aprieta los labios.
—Sé que seguramente es una tontería. Pero hace tiempo que siento como si alguien estuviese siguiéndome.
22:59
Arregi está sentado en una silla de la habitación 511.
Debería aprovechar para dormir todas las horas que el caso le permitiera. Recuperar, aunque fuera mínimamente, parte de una hemorragia de sueño ya imposible de detener.
Pero no puede.
Con el tiempo, se ha ido convirtiendo cada vez más en un animal nocturno.
De estar en su piso de Bilbao, estaría escribiendo con un rotulador las paredes. Trazando su mapa mental en el yeso. Eso le ayudaría a pensar mejor.
El día siguiente volverá a sentarse a la mesa con un monstruo.