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La oscuridad también tiene memoria.
Después de varias horas, los ojos dejan de buscar luz. El cuerpo aprende a ocupar menos espacio. A respirar menos. A existir menos.
El cerebro en cambio se agudiza. Se afila.
Él lleva demasiado tiempo allí como para sentir incomodidad física.
Solo escucha.
Al otro lado de la pared, se escucha el chasquido de una lata de cerveza abriéndose.
El himno de la Champions League, inconfundible, retumba a todo volumen de golpe.
Nuestro amigo Becerra es aficionado al fútbol , piensa El Arquitecto.
Los cánticos llegan deformados. Voces y hombros. El rugido del Bernabéu. Pero convertido en un murmullo lejano llegado a través de una caja de resonancia en la que él está incrustado, esperando. Agazapado.
Todo depredador conoce una regla sencilla: nunca ataques mientras otra especie te está observando.
La paciencia siempre ha matado más que la violencia.
Por eso, El Arquitecto permanece inmóvil desde hace tres días.
Escuchando. Esperando el momento oportuno, que todavía no ha llegado, pese a que Becerra está por fin, solo en la casa. La mujer y los hijos llevan fuera desde que los ojos de Claudia Ferrer aparecieron fuera de sus órbitas.
Es lógico que eso asuste a la mayoría. Aunque Becerra no es de esos. Es un tipo duro. Eso se cree… Habrá que comprobarlo cuando el filo del cuchillo le acaricie la piel de lagarto de los negocios turbios.
El Arquitecto habla consigo mismo en pensamientos.
A decir verdad, no contaba con el partido. Va a tener que pasar un buen rato más de lo previsto en su agujero.
Por lo general Becerra suele acostarse pronto.
Aunque es el rey de los chanchullos financieros, lleva una vida de monje. Acostarse pronto, despertarse temprano para ejercitarse. Y luego ya sí, fresco y en plena forma para mover dinero recién limpio.
—Lo del partido es una putada —maldice entre susurros El Arquitecto.
Un descuido, tal vez. El mero hecho de no valorar, aunque fuese la opción. No se imaginaba a Becerra en ese perfil. Pero las personas a menudo engañan.
Se conoce a las personas por el modo en el que emplean su tiempo libre, más que por ninguna otra cosa.
El Arquitecto saca el teléfono móvil. Comprueba que, en efecto, está en silencio.
En eso no hay fallo posible. Es más probable que caiga un meteorito y extinga el planeta en ese mismo momento, a que él esté trabajando y le suene el móvil. Pero no por ello hay que dejar de comprobarlo una vez más.
Tiene que escribir un mensaje.
Es lo que tienen los imprevistos.
Odia los imprevistos. Sobre todo, cuando son por malas lecturas propias de una situación. Siempre, siempre hay que valorar cada escenario posible.
Mensaje enviado.
El Arquitecto va a tener una hora larga para lamentarse por ello, hasta que la televisión deja de sonar.
Becerra ni ha terminado de ver el partido entero. Eso si le encaja más con lo que esperaba de él.
Está en el cuarto de baño. Suena el grifo. Siempre se lava los dientes, sin fallo. Después la cisterna. Y llega el silencio.
Va con casi una hora de retraso respecto a lo habitual, pero Becerra ya está dormido. El silencio absoluto se fusiona con la oscuridad.
El Arquitecto sale de su escondrijo con menos finura de la que está en sus estándares. Pero esa prórroga inesperada tras la falsa pared ha hecho mella. El día ha sido largo.
Ha entrado en la casa cuando las vigilancias de la policía estaban pendientes de seguir a Becerra en el exterior.
Aprovecha que todos están atentos a él y nadie de la casa.
Y que la casa está vacía. Tan fácil que le deprime.
Hoy ha colocado los documentos en lugares lo suficientemente escondidos para que Becerra no los vea de primeras, pero al fácil alcance de un registro policial del inmueble.
Cuando ha caído la noche, y Becerra estaba por llegar, se ha metido en el hueco del armario. Se suponía que sería esperar a una cena rápida y cama, como siempre. Entonces el himno de las noches europeas…
El Arquitecto ya camina suelto por la oscuridad del pasillo. La mano izquierda a tiro de una jeringuilla que te transporta al feliz mundo de los sueños por la vía rápida. La derecha, a un gesto de milésimas de segundo del cuchillo de caza.
Adora ese cuchillo. Es la eficiencia en su máximo esplendor.
Está a solo unos pocos metros de distancia de entrar al cuarto de José Becerra y tenerle a merced para pintar un cuadro abstracto con el filo de quince centímetros sobre él.
Así de sencillo.
Casi puede oírle roncar. No hay noche que no lo haga. Para alguien como él, eso es una maravilla. Una guía GPS de la inconsciencia de su objetivo.
Es una pena, porque todo iba sobre raíles con su familia exiliada del caserón de ricos, pero no puede ser aún.
Está jugando una partida de ajedrez contra las vigilancias de la policía.
No es el momento.
El Arquitecto pasa de largo y se dirige a la parte posterior de la casa.
Al lugar desde el que es fácil salir por la noche sin ser visto.
Se escabulle de forma limpia, mientras en el lado principal de la casa, una patrulla vigila creyéndose que están de incógnito.
Manejar la información lo es todo en este mundo.
Y más aún en el mundo de El Arquitecto, quien ya está fuera, caminando por las calles como un hombre bienintencionado cualquiera.