Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 33
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Ha sido un día largo como otro cualquiera entre semana. Correr a primera hora. Reuniones el resto de la mañana. Llamadas a la tarde.

Dos partidos de pádel al salir de la oficina. Da igual que les hayan ofrecido revancha. Han perdido los dos. Rodríguez es un paquete. Pero eso nunca se diría. No. José Becerra ha puesto cara de buen perdedor y ha alabado el revés de su compañero y futuro socio.

Es lo que tienen los negocios.

Ahora le queda la mejor parte de la rutina. Una cena ligera pendiente, que hoy se va a saltar casi seguro. Es noche de Champions. Y se ha ganado un pequeño homenaje.

La puerta principal se cierra a su espalda.

La alarma emite el pitido habitual.

Y la casa vuelve a tragárselo. Su lugar seguro.

Arriba, una ducha rápida. Después una camiseta cómoda y amplia. Ese detalle es importante.

Y finalmente el salón. El sofá. Un bol lleno de patatas fritas. Un plato de jamón ibérico. Y un botellín de cerveza que se va a convertir en mínimo dos o tres.

Hoy está solo. Ángela está con los niños en casa de sus padres.

Se puso nerviosa cuando se enteró de lo de Claudia Ferrer y Alejandro Rivas.

No la culpa por ello. No sirve de nada presionarla.

Pero él sabe que tiene todo bien atado. Si tuviese que preocuparse cada vez que uno de sus socios acaba mal… se hubiese dedicado a otra cosa.

José Becerra es uno de esos hombres que se saben intocables.

Bebe un trago de cerveza helada mientras el himno de la Champions League retumba a todo volumen a través del televisor de sesenta pulgadas.

Santiago Bernabéu. Real Madrid contra el Liverpool. Noche europea de las gordas.

Becerra sonríe, evacua cortisol sobrante por cada poro. Por fin algo que no requiere tomar decisiones.

Se deja caer en el sofá.

Durante unos segundos observa el estadio iluminado. Miles de personas. Cánticos y banderas.

Ruido.

Justo lo necesario para apagar durante un rato el cerebro.

La clase de espectáculo capaz de hacer olvidar cualquier otra cosa.

Fuera, la noche ya ha terminado de caer sobre La Moraleja.

Día 7

21:00

La Moraleja

Vigilancias a José Becerra – Equipo 1

La noche ha caído hace rato.

Otra jornada idéntica a las dos anteriores. Tres días sin un solo avance son demasiados, sobre todo cuando has destinado tantos efectivos a un caso que desentierra una muerte ocurrida décadas atrás.

Salvador Arregi observa de forma casi enfermiza la fachada de la casa. Una de las ventanas deja escapar luz azul cambiante. Becerra está viendo el partido , piensa.

—Esto está siendo un desastre. Y va a empezar a traerme problemas —dice Vera.

Sergio Pardo no se atreve a decir nada. No cuando Vera habla de ese modo. Sabe que está encabronado. Pero el reloj ya ha marcado las nueve.

Un minuto más tarde, Vera lo dice.

—Chapamos. Las putas nueve otra vez.

Es en ese momento cuando la bomba va a empezar a estallar, aunque lo va a hacer muy poco a poco.

—Lo estamos haciendo mal —dice Arregi.

Pardo abre los ojos sin moverse de su posición al volante y mira de reojo a Vera.

Damián Vera se gira lentamente hacia el asiento trasero.

—Sí, no me pongas esa cara. —Arregi va de frente y sin titubeo alguno—. Creo que estamos enfocando esto al revés. Llevamos días pendientes de que nadie se acerque a Becerra o, si lo hace, poder atraparlo. Pero…

—Sí, agente Arregi. Esa fue su estrategia maestra —Damian Vera recalca el hecho de volver a hablarle de usted—. Y ahora resulta que lo estamos haciendo mal, después de tres días. Ahora mismo debo estar poniéndote un careto de cojones.

—No es eso. —Arregi es permeable a todo, no absorbe ningún tipo de confrontación, y vuelve a mirar a la ventana iluminada de la casa—. Becerra está solo en esa casa. Es el sitio perfecto para ajusticiarle.

—La familia está donde los suegros. ¿Qué crees, que no lo tengo controlado?

—dice Vera—. Les tengo una patrulla desde el primer momento…

Aunque te reconozco que eso sí que es raro…

Es del manual del que se siente amenazado.

En parte, por eso mantengo todo este tinglado.

No creas que valoro hasta tal punto tus intuiciones.

Arregi salta de la ventana de Becerra al interior del coche. Al rostro de Vera, que le mira fijamente. Y le habla despacio, sin entrar en ningún momento a sus provocaciones.

—No. No lo entiendes. No me refiero a eso… Creo que sé quién puede ser el verdugo. Ya fui tras él hace un año. En un caso anterior. Era el recadero estrella de la Fundación Sísifo. Del triángulo azul. Se hace llamar El Arquitecto.

Vera sonríe.

—¿El Arquitecto? ¿Qué mierda de nombre es ese para un asesino profesional?

—Es porque diseña entradas a casas. Entradas perfectas para ser indetectable y entrar y salir cuando quiere.

Vera ya no se ríe.

—Vamos, Arregi, suéltalo ya. ¿Qué cojones te ronda por la cabeza?

Arregi vuelve a la ventana iluminada.

—Que igual estamos volviéndonos locos intentando encontrar fuera lo que ya está dentro. Además, Becerra está solo. Es un blanco perfecto ahora. Lo que me ronda por la cabeza es que tenemos que entrar en la casa.

Damián Vera suelta una carcajada socarrona y larga.

Pardo agarra el volante con más fuerza.

—¿A ti se te va la puta olla o qué? —Vera habla casi en un susurro, un susurro violento—. Estoy pensando en retirar las vigilancias, y me saltas con entrar. ¿Entrar adónde? ¿A casa de un tío rico y con contactos, sin nada que justifique una orden?

—Tenemos que entrar. Si es El Arquitecto, puede estar dentro.

Puede que lo esté ahora mismo. Hemos tenido suerte de que no haya creído oportuno matar a Becerra hasta ahora.

Pero eso puede cambiar en cualquier momento.

Dentro de una hora, puede ser tarde. Becerra no aparecerá en el trabajo mañana.

Alguien empezará a inquietarse. Nos acabarán dando aviso, y te miraré a la cara cuando estemos viendo su cadáver degollado en algún sitio.

Arregi ha hablado mirando a través del cristal del coche.

Eso ha enfurecido aún más a Vera.

—Realizamos relevo. Prevenidos —dice alzando el tono a la radio.

Después da la orden de arrancar a Pardo.

El coche Alfa 1 ya está llegando a las dependencias de la Nacional tras un trayecto de silencio absoluto y denso.

—Para aquí, Pardo —dice Vera cuando están frente a la entrada principal—. Ya meto yo el coche dentro.

Pardo entiende la orden.

Arregi también, por ello ni hace ademán de moverse.

Vera se sienta al volante. Mete el coche en el aparcamiento subterráneo. Solo cuando está ya aparcado se gira hacia el asiento trasero.

—¿Sabes cuál es tu problema, Salvador?

Arregi mantiene la mirada y el silencio.

—Que sabes que eres bueno. Es lo que tiene ser bueno, que el que lo es detecta serlo, y detecta a quien no lo es. Yo sé que eres bueno. Pero tu problema es que nadie te dice la verdad a la puta cara. Tus compañeros te tienen demasiado respeto.

—¿Y cuál es esa verdad?

—Te voy a decir lo que yo veo cuando te miro. Cuando te miro, veo un inspector cojonudo. Pero también veo uno obsesivo. Traumatizado.

Vera hace una pausa. Calculada, dañina.

Arregi ahora sí absorbe dolor.

—Veo un inspector capaz de saltarse procedimientos. Capaz de seguir corazonadas. Y lo que es peor, capaz de construir teorías enormes con muy pocas pruebas. Veo un animal herido y rabioso. Y eso es lo más peligroso que puede ser un policía. Eso veo, Salvador.

—Si seguimos ejerciendo la presión de la vigilancia del mismo modo que hasta ahora, Becerra va a aparecer muerto en su casa. Más pronto que tarde. Y después no podrás decir que no te he avisado, Damián.

Damián Vera resopla por la nariz. Mueve el cuello, derecha e izquierda. Y repite.

Después quita el contacto y sale del coche.

—Mañana a primera hora en La Pecera, agente Arregi. Tenemos que reunirnos como cada mañana antes de las vigilancias —dice Vera cuando ambos están ya fuera del coche.

—Quiero quedar fuera.

La frase de Arregi llega seca.

Vera no reacciona a ella.

—No me necesitas para vigilar así. Quiero hacer algo de investigación de campo por mi cuenta. Un día. Con eso me vale.

—Lo dices como si no tuvieses ni que consultar a tu inspector jefe, Salvador. Está claro quién manda ahí…

—Un día.

—Hecho.

Damian Vera se gira y camina hacia la salida.

—¿No me vas a preguntar? —dice Arregi.

Vera niega con un gesto con la cabeza.

—Tu gente no es objetiva contigo, Salvador. Tenlo en cuenta —grita Vera antes de desaparecer por la puerta.