Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 32
48%

32

Valle de Karrantza

El Mercedes avanza despacio bajo una lluvia fina que parece no terminar nunca en aquel rincón del mundo.

Eduardo Aristegui recuerda perfectamente el camino. Eso es lo peor. Diez años después sigue recordando cada curva. Cada desvío. Cada tramo de carretera perdido entre montañas.

Hay lugares que son cicatrices permanentes. Da igual la distancia, ya sea de kilómetros o de tiempo, nunca te desharás de ellos.

Ese pedazo de tierra en el corazón del País Vasco es una de esas cicatrices para Eduardo Aristegui. Justo ese, sobre el que se erige el viejo caserío, que ya le mira de frente.

Eduardo apaga el motor. Permanece sentado dentro del coche. Hace diez años estuvo en ese mismo punto, pero acompañado de una mujer a la que engañó de la peor forma posible. Y con un hijo moribundo llegando en un furgón medicalizado.

Podría haberse negado. Lo piensa en ese momento, igual que en cada noche mala. Podría haberse negado a descender a ese infierno moral. Podría haber sido un hombre honrado.

Pero la cuestión es que Gabriel sigue vivo.

Y los hombres honrados entierran hijos.

Eduardo Aristegui apaga el motor. La lluvia se concentra en la luna delantera ante la inacción de los limpiaparabrisas.

El caserío le espera. Igual que diez años atrás. Igual que una deuda que nunca termina de pagarse.

No necesita mirar la carta otra vez. Tampoco necesita leer el símbolo dibujado al pie de la hoja.

Sabe por qué está allí.

Lo que no sabe es quién va a morir esta vez.

El portón está abierto. Cuando llegó diez años atrás, estaba ya sellado. Un encapuchado con un farol que alumbraba la noche salió a abrirle el paso.

Sabe lo que significa. Esta vez no es el invitado principal. Ese llegará más tarde.

Eduardo penetra en la fortaleza abierta.

No necesita recibir órdenes. Todo es mucho más primario y sofisticado al mismo tiempo.

Si no es el invitado especial, entonces es de los que estaban ya en el sótano.

Eduardo Aristegui se pone su máscara verde y avanza por el jardín rodeando la fachada de piedra. Hasta llegar a la pequeña puerta en la parte trasera. El acceso al sótano.

Allí sí, hay otro hombre enmascarado flanqueando la entrada. Máscara negra.

No es Obolus. No.

Obolus recibirá al invitado especial en el interior de la casa. Puede que beban una copa de vino. Tal vez algo más. Y después bajarán al sótano. Así es el rito.

El hombre de la máscara negra abre la puerta metálica y le cede el paso.

Eduardo Aristegui está dentro de las tripas del caserío. Las escaleras le parecen más empinadas que la última vez. Una caída vertiginosa al abismo de la condición humana.

Comienza a descenderlas despacio.

El conjunto sensorial de cada elemento le golpea de inmediato.

El silencio pesado. La madera de las escaleras emitiendo crujidos ínfimos, como si tuviese miedo de hacer demasiado ruido.

Las paredes de piedra. Piedra húmeda. El mismo frío.

El mismo olor extraño, pero ya identificado desde el principio.

Incienso recién quemado. Todavía leve. Después será más intenso.

Es el sitio en el que su hijo volvió a nacer.

Y en el que otra persona dejó de existir.

La frase dicha por Obolus diez años atrás vuelve a él como si la escuchase en ese mismo momento.

«La vida no desaparece. Solo cambia de manos».

Las escaleras ya han terminado. Aristegui lo sabe. No es ni el primero ni el último en llegar. Hay un puñado largo de hombres enmascarados en el sótano. No tiene la sangre fría de contar el número exacto.

Máscara granate. Máscara negra. Esmeralda. Azul marino. Otro azul distinto, más claro, negro, gris.

Se fija en los colores, que son el rostro de cada uno allí.

Abajo se acaba el frío. Hay un calor malsano. De respiraciones agitadas de animales enfebrecidos.

La presa está expuesta. Desnuda. Indefensa.

Solo hay un hombre que no lleva máscara allí dentro. Y es el que está sobre la mesa metálica, maniatado por correas en manos, pies y cabeza. Ocupando exactamente el mismo lugar que ocupó Carmen.

Eduardo Aristegui siente una punzada al verle. No comprende por qué al principio. El éxtasis miedoso del momento no le deja pensar con claridad. Sus conexiones neuronales están en carne viva, pero en modo supervivencia. El recuerdo tarda más de lo normal en llegar.

Pero llega.

La cara de ese hombre le suena.

No es alguien escogido al azar.

Le ha visto antes.

¿Pero dónde?

Se pregunta si el resto de los enmascarados le conocerán también.

Entonces la relación llega como un disparo seco.

Es el político.

Lo vio en las noticias. Un político desaparece en el País Vasco.

Pero fue hace días. Y no volvió a salir nada más en los medios nacionales.

Daba por hecho que se habría solucionado. Que sería una falsa alarma.

Eduardo Aristegui se calienta como una caldera. Un ardor repentino que nace en algún punto de su torso y se extiende hasta la cabeza.

Javier Elorza.

El nombre aparece de golpe.

Como una bofetada.

Como una condena.

Es él. O se le parece mucho. No. Es él. Tiene que serlo.

Es una locura. La línea que se va a traspasar en el rito de ese subsuelo.

El político desaparecido es el hombre que está en esa mesa metálica frente a ellos.

La puerta cruje arriba.

El silencio pasa de denso a enfermizo.

Las máscaras miran arriba.

Eduardo Aristegui también.

La máscara blanca aparece.

Obolus ya desciende por las escaleras junto con el beneficiario del sacrificio.