Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 31
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Iñigo Arrieta.

Aitor Lasa y Helena Ibarra llevan horas diseccionando ese nombre. El segundo del tablero funesto del sótano de Karrantza. El correspondiente al cadáver de la década de los ochenta.

Los ochenta. El origen del miedo de Eduardo Aristegui tras un viaje del que no volvió siendo el mismo, según el testimonio de su hijo.

Lasa e Ibarra vuelven a sumergirse en el sótano de Karrantza, pero de forma espiritual más que física.

Aitor Lasa es de esas personas que solo necesitan una conexión decente a internet para poder trabajar.

Por ello, él e Ibarra llevan cinco horas y cuatro cafés...

en un pequeño despacho habilitado por Vera en sus dependencias.

El objetivo es permanecer cerca de Puerta del Hierro. Cerca de la puerta de Gabriel Aristegui. Porque, aunque el nombre sobre el que trabajan es Iñigo Arrieta, en realidad lo que buscan es el origen del mal que corrompió a Eduardo Aritegui.

Lasa ha propuesto seguir el mismo cuello de botella que utilizaron al buscar el primer nombre.

Primero, filtrar los resultados solo en el País Vasco.

Y si no hay suerte, después ampliar. Con Gabriel Aristegui la cosa no funcionó.

Y de no ser porque el apellido del Aristegui padre estaba sobre otro cadáver en otro sótano del infierno en Madrid, tal vez no le hubiesen encontrado en meses.

Pero con Iñigo Arrieta es distinto.

El filtro inicial del País Vasco parece prometedor.

Tienen un listado inicial de diez coincidencias.

IÑIGO ARRIETA AGUIRRE

IÑIGO ARRIETA EXTEBARRIA

IÑIGO ARRIETA URANGA

IÑIGO ARRIETA GOMÉZ

IÑIGO ARRIETA MENDIZABAL

IÑIGO ARRIETA CALVO

IÑIGO ARRIETA ELORRIAGA

IÑIGO ARRIETA MACÍAS

IÑIGO ARRIETA ARANBURU

IÑIGO ARRIETA LARA

—Ni tan mal. Imagina que el nombre era José García. Nos habrían jubilado directamente —había dicho Lasa al empezar la búsqueda.

Helena Ibarra ha comprado la broma. Ni media sonrisa.

Cuatro horas después de eso, del listado en crudo de diez Iñigo Arrieta, hay uno que está subrayado sobre el resto.

Iñigo Arrieta Etxebarria.

Ese Iñigo Arrieta.

Es el Iñigo Arrieta con el que está trabajando Aitor Lasa en ese momento.

Hay algo en él que le ha llamado la atención desde el principio. Aunque aún no pasa de una sensación sin trazos claros. Una fundamentada en una intuición regada por el perfil profesional de ese Iñigo en concreto.

—Este era político —dice Lasa.

Helena Ibarra abandona la pantalla de su portátil. Da dos tragos de café. Y se sienta al lado de su compañero.

—¿Qué tenemos? —pregunta Ibarra.

Lasa gira la pantalla hacia ella.

—Iñigo Arrieta Etxebarria. Nacido en Gernika en 1943.

—Sesenta y tantos cuando murió.

—Si es que murió…

Ibarra se aprieta el moño del pelo. Es casi un ritual de guerra para ella.

Lasa sigue leyendo.

—Licenciado en Derecho. Concejal. Diputado foral. Parlamentario autonómico durante los primeros años de la transición. Después consultor. Consejero de varias empresas. Fallecido en 2008.

—Aburrido.

—Mucho.

—¿Delitos?

—Nada.

—¿Investigaciones?

—Nada.

—¿Corrupción?

—Nada que se sepa.

—¿Amantes?

Lasa mira a Ibarra. Sorprendido de que haya soltado una broma ácida.

Pero Ibarra no sonríe.

—Eso no lo he buscado todavía —dice Lasa.

—Creo que vamos a necesitar más café… —comenta ella.

Aitor Lasa no descifra a esa mujer de ningún modo. Se limita a asentir y volver a refugiarse en su portátil.

Empieza a profundizar en los entresijos de Iñigo Arrieta el político.

—Casado. Dos hijos —dice en voz alta Lasa, intentando imponerse al sonido de la cafetera.

—¿Patrimonio? —Ibarra ya está de vuelta junto a otros dos vasos de plástico llenos.

El café caliente huele bien. Pero es una trampa vil.

Lasa se deja engañar una vez más y da un trago largo.

—Importante. Ya sabes… consultor y consejero de varias empresas de las gordas. El recorrido clásico de este tipo de perfil. Y eso que este no era ningún destacado…

—Esos a veces son los más peligrosos —contesta Ibarra.

Lasa la mira de reojo.

Eso es cierto.

—En cualquier caso, todo bastante limpio. Demasiado limpio, diría.

—Sí…

—¿Nos dividimos, mejor? —propone Ibarra.

Lasa asiente.

Cada uno busca en su propio ordenador. La mañana todavía se va a alargar hasta dejarles sin comer. Incluso hasta dejarles sin pensar siquiera en ir a comer.

Porque empiezan a aparecer los primeros detalles extraños.

—Mira esto —dice Lasa a las 15:58.

Y la hora del reloj de aquí es exacta. No están en La Caja.

Ibarra se acerca.

—¿Qué?

—Elecciones autonómicas de 1980. Iñigo Arrieta era el favorito para presidir su grupo parlamentario.

—¿Y?

—Que no era el candidato principal.

Lasa amplía un recorte digitalizado. Un periódico viejo. Una fotografía en blanco y negro. En ella, dos hombres estrechándose la mano y sonriendo como si todo fuesen buenas intenciones. La sonrisa de la política.

JAVIER ELORZA E IÑIGO ARRIETA PRESENTAN SU PROYECTO CONJUNTO

Ese es el rezo del titular bajo la fotografía.

—¿Javier Elorza? ¿Quién es ese? —pregunta Ibarra—. ¿Más peso político?

—Bastante más, diría —contesta Lasa, que sigue clicando enlaces.

Lasa abre otro artículo. Luego otro. Y otro más. Antiguos. De los que solo un buscador de la policía encuentra tan rápido.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Mira las fechas.

Ibarra se inclina.

Mayo de 1980.

Junio de 1980.

Julio de 1980.

El nombre de Javier Elorza aparece constantemente.

Titulares, entrevistas, actos públicos y declaraciones. Los focos apuntan a él. Es la cabeza visible de la candidatura.

Todo apunta a él.

Y después…

Nada.

—¿Dónde están los reportes de agosto y septiembre?

—Eso mismo estoy buscando.

Lasa abre otro archivo.

Un periódico local.

Pequeño. Muy pequeño.

Perdido entre miles.

DESAPARECE EL POLÍTICO JAVIER ELORZA

En paradero desconocido, el corazón de la noticia que se extiende a solo unos pocos párrafos.

Tres columnas.

Ni una más.

—Esto es raro de cojones, ¿no? —comenta Lasa.

—¿Qué exactamente?

—Que desaparezca un político de ese nivel y esto sea todo.

Lasa sigue leyendo.

Denuncia presentada por la familia. Búsqueda inicial. Sin resultados. Sin indicios de delito. Sin testigos. Sin cuerpo.

Ibarra cruza los brazos primero. Vuelve a apretarse el moño después.

—¿Y después? Cuál fue la resolución. ¿Por qué desapareció Elorza? —pregunta Ibarra mientras sigue tocándose el pelo, que no puede estar mejor sujeto ya.

—Después nada…

—¿Cómo que nada?

—Nada.

Lasa pasa páginas de copias registradas de diarios de esas fechas. No es fácil siendo esos años. Lo digital se nutre de copias de lo físico. Todo se pierde en un mar difuso. Recuerdos fragmentados, como en la mente de Gabriel Aristegui.

—Por mucho que fuesen políticos de tercera o cuarta división, no es normal tanto silencio mediático —dice Ibarra.

—Es como si alguien hubiese desenchufado parte de la historia…

—¿Y qué pasó con la candidatura conjunta?

Lasa no contesta. Busca.

Y la respuesta no tarda en llegar a modo de bomba en la pantalla frente a ellos.

Lasa e Ibarra cruzan una mirada.

Iñigo Arrieta ganó y obtuvo el cargo.

Ahora sí.

Ahora la alarma empieza a sonar.

Porque no están mirando a Javier Elorza.

Ni siquiera a Iñigo Arrieta.

Están mirando el año.

1980.

El mismo año que Eduardo Aristegui volvió aterrado de un viaje al norte.

El mismo año en el que en uno de los cadáveres del sótano de Karrantza fue emparedado con el nombre de Iñigo Arrieta escrito en él.

Dos líneas separadas por cuarenta años parecen acabar de tocarse.