Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 30
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La Moraleja

El pasado se entremezcla con el presente, intoxicándolo más aún.

Carmen. El nombre sigue resonando en la cabeza de Arregi.

Los muertos se mezclan con los vivos. Con los que están en el corredor de la muerte.

Está seguro de que José Becerra o Álvaro Monreal son miembros honoríficos de ese grupo de los que ya han perecido, pero aún no lo saben.

Aunque es posible que sea el único que piensa así.

El segundo día siempre es peor que el primero. El primero existe la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir.

El segundo día de una vigilancia en la que no termina de pasar nada, empieza a parecerse demasiado a un trabajo de rutina. Uno de esos que casi nunca llevan a nada interesante.

Salvador Arregi observa la fachada de la vivienda de José Becerra desde el interior del vehículo Alfa 1.

La casa permanece exactamente igual que la dejó la noche anterior.

Mismos muros. Mismas alarmas. Mismo jardín perfectamente cuidado. Misma sensación de que nada va a ocurrir.

—¿Cuánto falta para que salga a correr? —pregunta Damián Vera desde el asiento del copiloto.

Sergio Pardo consulta el reloj.

—Tres minutos.

—El cabrón es puntual como un inglés de los de antes.

—¿Y si hoy decide no salir?

—Entonces empezaré a preocuparme.

Arregi no participa en la conversación.

Está mirando una ventana de la planta superior.

La misma que lleva observando desde que llegaron. Hay algo que empieza a barruntarse en su mente, que siempre encuentra la excusa para pensar en las peores alternativas.

Becerra acaba de salir por la puerta, vestido con ropa de deporte y marcando ese ritmo trotón que tiene pinta de ser control de crucero durante todas sus sesiones.

—Las siete en punto. Ni un segundo más, el cabronazo —dice Vera.

Pardo sonríe desde el asiento del conductor.

Vera se gira hacia atrás, donde está Arregi.

—Para tener cincuenta y tantos tampoco lleva tan mal ritmo, ¿o qué? —dice—. Yo no creo que le pillase.

—Es difícil correr con zapatos italianos, inspector Vera.

Damián Vera suelta una media carcajada.

Arregi no.

Él sigue mirando a la ventana.

—¿Usted corre, agente Arregi?

—Yo creo que ya podemos tutearnos, Damián. Hace tiempo que paso bastante de los formalismos. Son una puta mentira. Este mundo es una guerra cruel en el barro, por más que finjamos que se trata de otra cosa.

—Te lo compro, Salvador. Qué me dices, eh, Salva, ¿tú sueles salir a correr?

—Más de lo que me gustaría.

10:04

Conde de Orgaz

Vigilancia a Álvaro Monreal – Equipo 2

Álvaro Monreal tampoco decepciona aquella mañana.

Sigue sin salir de casa.

La vivienda permanece inmóvil detrás de sus muros de piedra clara y sus setos perfectamente recortados.

A Iñaki Espinosa empieza a parecerle que están vigilando una fotografía.

—¿Algún movimiento? —pregunta por radio.

—Negativo.

—¿Personas entrando?

—Negativo.

—¿Personas saliendo?

—Negativo.

Monreal no sale. Pero, lo que es peor, tampoco entra nadie esta vez.

Espinosa deja la radio sobre el salpicadero.

—Empiezo a pensar que la estamos cagando, pero bien. Esto es una pérdida de tiempo. Y los muertos se nos amontonan en la mesa. Los de hace décadas, y los frescos.

Mendia no dice nada.

Tiene la mirada fija en algún punto indeterminado de la casa de Monreal.

—¿Qué? —pregunta Espinosa.

—Nada.

—Cuando dices «nada» suele significar más que ninguna otra vez.

—Estoy pensando…

Mendia se gira para mirar a Espinosa.

—Que tanta quietud, en realidad, es aviso de tormenta. Monreal se comporta como alguien que tiene miedo. Piénsalo.

Espinosa resopla.

—Por eso no sale. —Mendia vuelve a mirar a la fachada otra vez—. Está atrincherado en su casa. Les dice a los clientes que vengan ellos, en vez de al contrario. A lo mejor Arregi no está tan loco…

20:58

La Moraleja

Vigilancia a José Becerra – Equipo 1

Vuelven a estar en el mismo sitio. En la casilla de salida, pero tras haberse corrido toda la carrera.

José Becerra ha vuelto de correr hace trece horas.

Ha desayunado en casa. Se ha ido a su oficina en el centro de Madrid.

Esta vez no ha comido con ningún socio. Ha salido a media tarde.

Parada de dos horas en un club de pádel.

Y vuelta a casa. Sin sobresaltos. Sin actitudes extrañas.

Sin ningún lobo acechándole en un recoveco del camino.

Al menos, no uno que ellos hayan podido ver.

Hay un cansancio que nada tiene que ver con dormir más o menos. A dormir poco, cualquiera que se dedique a estar en grupos como la DIC o la GCV, está más que acostumbrado. Pero es otro tipo de cansancio…

El cansancio que producen las horas observando cómo no ocurre nada, cuando estás preparado para que estalle algo terrible. Ese cansancio es demoledor para policías como los que se asfixian en el interior de ese vehículo de vigilancias.

—Venga. Chapamos por hoy —Damián Vera lo dice cuando el reloj del salpicadero marca las 21:00 exactas—. Que la patrulla nocturna haga el relevo.

En la voz del inspector jefe de la GCV puede percibirse un ligero desgarro de descontento. De irritación cocinándose muy a fuego lento. Pero que va a saltar a la yugular de alguien de sopetón y en cualquier momento.

La yugular de Salvador Arregi palpita esplendorosa y expuesta. Lleva dos jornadas de doce horas cada una observando a José Becerra. Y cuanto más tiempo pasa, menos le interesa el susodicho.

La casa es otra historia.

La desgasta de tanto mirar sus fachadas, ventanas y puertas.

La casa le quiere decir algo.

No hay tiempo.

Pardo ya acelera alejándoles.

El relevo de la patrulla nocturna ya está situado con disimulo en otro lugar con visión estratégica.

El vehículo Alfa 1 del equipo 1, se marcha otra vez más de vacío.

No tienen nada.

Arregi recibe en su teléfono otro mensaje que proviene del equipo 2. Es Mendia.

Nada. Aquí no pasa nada. Este tío no se mueve de su casa. Igual justo ese es el tema. No sale de su madriguera porque está acojonado. Creo que al que debemos tener especial atención es a este.

Arregi sabe que Mendia siempre ha sido la mejor observando a las personas y cómo se comportan. Lo que dice es cierto. Puede que sea lógico pensar que la diana está primero sobre Álvaro Monreal.

Sin embargo, la casa de José Becerra sigue incrustándosele en la mente.

Arregi ve desde el asiento trasero el gesto de resignación de Damián Vera.

Niega con la cabeza. Una, dos, tres veces.

Sabe que está exagerando el gesto. Que lo remarca.

Arregi sabe que lo hace para que él le vea.