29
Puerta de Hierro
Gabriel Aristegui estudia el tablero de ajedrez con detenimiento. Con la gravedad de que la partida suponga cuestión de vida o muerte. Así es como se debe jugar. Como se debe afrontar todo.
Hubo un tiempo en el que cada día del calendario era para él, justo eso: vida o muerte.
Ahora ya no. Han pasado diez años desde la operación. Y resplandece de salud. Pese a ello, sigue teniendo como opción preferente pasar los días entre partidas interminables de ajedrez o libros. Dejándose envolver por la paz de la soledad encerrado en su fortaleza.
La luz de la mañana penetra por los ventanales del salón principal de la casa. Las piezas proyectan sombras largas sobre la madera pulida. Gabriel mueve el caballo blanco. Y sonríe.
No hay nadie al otro lado del tablero.
Nunca lo hay.
Sin embargo, espera unos segundos antes de responder con las negras. Carmen siempre tardaba en mover. Ese es uno de los pocos detalles de aquella época que recuerda con nitidez.
Gabriel acaricia una de las cicatrices que decoran su torso. Lo hace sin meditarlo la mayoría de las veces, casi como un acto reflejo; y siendo muy consciente de ello, otras pocas. Esas son las malas.
Esta es una de las malas.
La otra voz suena desde la puerta y le arranca por la fuerza de su pesar.
—¿Puedo jugar?
—¿Cuánto tiempo llevas ahí mirándome? —pregunta Gabriel, sin alzar la vista del tablero.
Eduardo Aristegui sonríe.
—Soy tu padre. Observarte vivir es mi mejor pasatiempo.
—Entonces podrías relajarte y dejarme ganar alguna vez.
—Eso nunca, chaval. —Eduardo se sienta frente a Gabriel.
Padre e hijo enfrentados. Blancas contra negras.
—¿Seguimos desde este mismo punto o empezamos de cero? —pregunta el padre.
—Desde aquí. Así te será más difícil —contesta Gabriel—. Mueves tú.
Eduardo Aristegui analiza el tablero. La construcción de la jugada de las piezas negras es mejor que la de las blancas. Es raro, teniendo en cuenta que, aunque Gabriel juegue ambas piezas en simultáneo, a fin de cuentas, está sentado en el sitio de las blancas. Siempre es así.
—¿Por qué dejas ganar a negras? —pregunta Eduardo mientras mueve uno de los peones.
—¿Y eso quién lo dice?
Gabriel vuelve a mover el mismo caballo que antes.
—Eso es un error —dice Eduardo, que ya está echando mano a uno de los alfiles.
—Llevas diciéndome lo mismo desde que tenía diez años…
—Porque siempre cometes el mismo error.
Eduardo Aristegui sonríe. Cada vez siente que los momentos de conexión con su hijo son más escasos. Y casi siempre son en torno a ese viejo tablero de madera.
—Y tú siempre crees que la partida se trata de ver quién gana —dice Gabriel.
La respuesta ha descolocado a Eduardo, que se queda pensando la réplica más de lo normal.
—¿Y no es así? La vida trata de pelear por ganar. En todo momento. Y de hacer lo necesario para salvaguardar lo que ya has conseguido. Salvaguardar a tu familia, eso es lo único importante. Ya lo entenderás cuando seas padre.
—Sin embargo, yo acepto perder con este movimiento. Te analizo con ello. Analizo cómo te mueves. Cómo respiras. Cada gesto. Hasta que te conozca tan bien que no vuelvas a ganarme una partida nunca más. A veces vale más observar con detenimiento que ganar hoy. Yo observo.
Eduardo Aristegui deja el tablero y alza la mirada a su hijo. No tiene muy claro en qué momento han dejado de hablar de ajedrez. Ese chico es tan inteligente que, a veces, le asusta. Teme cada centímetro de entendimiento que pueda llevar a su hijo a conocer tan bien sus movimientos como predica.
Es lo que más teme en el mundo.
Eduardo Aristegui solo necesita dos movimientos más.
—Jaque mate, caballero. Y creo que usted debería ponerse a repasar. El examen es mañana, ¿no?
—Sí. Mañana. Pero ya está dominado.
El padre sabe que el hijo tiene razón. Gabriel siempre ha tenido facilidad para el estudio.
—¿Y tú no tenías una reunión esta mañana?
Eduardo Aristegui sonríe.
—Cierto. Hoy tengo una reunión. ¿También controlas mi agenda?
Gabriel ya está recolocando las piezas para empezar una nueva partida en solitario.
—Pero todavía me sobra algo de tiempo. ¿Quieres revancha? —pregunta Eduardo.
Gabriel niega con la cabeza.
—Otro día mejor.
A Eduardo Aristegui no le va a dar tiempo a insistir.
—Señor Aristegui.
Matilde está en la puerta de la habitación.
Matilde no es Carmen. Y por ello, su presencia siempre incrementa los recuerdos borrosos que hacen sentir un vacío extraño a Gabriel. La sombra de la duda.
—¿Sí, Matilde?
Eduardo Aristegui ya se está levantando.
—Han entregado una carta sellada a su nombre. Pero la han dejado aquí personalmente. Y no tiene remitente.
Gabriel ve por el ventanal de su habitación a su padre. Han pasado diez minutos desde que le diesen la carta. Y ahora camina directo por el jardín hasta la salida. Hasta meterse en su coche. Y allí, no arranca al momento. Tarda al menos cinco minutos en hacerlo.
Gabriel observa cada segundo de ellos el Mercedes gris.
Eduardo Aristegui se refugia en su coche para leer con más calma el contenido de la carta. El hecho de que no llevase remitente y que haya sido entregada allí en persona, en su casa, ya es un mensaje en sí mismo.
Y por si quedaba alguna duda, el símbolo pintado en la parte de abajo del folio con instrucciones escritas, es un mazazo rápido al que la vista no escapa.
Un triángulo azul con uno de los vértices incompletos.
Eduardo Aristegui se queda congelado en el asiento de cuero durante cinco minutos. Solo después, arranca y abandona la finca.
Obolus le reclama.