Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 27
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El Mercedes negro avanza por el Paseo de la Castellana mezclándose con el tráfico del mediodía. Dos vehículos le siguen por detrás, ni demasiado cerca, ni demasiado lejos, como marca la ley del acechador profesional.

Damián Vera, a su lado, observa el coche objetivo a través del parabrisas.

Vera coge la radio.

—Adelante.

—Tenemos modelo de coche e identificación del conductor.

Hay una breve pausa.

—Mercedes clase S 580 4MATIC. Su propietario es Ignacio Vela. Cincuenta y cuatro años. Consejero financiero. Dos consejos de administración compartidos con José Becerra. Relación profesional acreditada desde hace más de quince años.

—Recibido —corta Vera antes de cerrar la conexión.

Después lanza una mirada de reojo al asiento trasero, donde Arregi permanece enjaulado.

—Van a una comida de trabajo.

—Sí. Sentía ser yo quien pinchase el globo —dice Vera—. Pero es justo eso lo que parece.

Arregi pierde la mirada a través de la luna delantera.

Sabe lo que eso significa. Su operativo de seguimiento por el momento está siendo un fiasco.

Y aunque aún es muy pronto para hacer valoraciones, Becerra no se comporta como alguien que ha visto a sus compañeros de fechorías ejecutados uno detrás de otro.

Aunque, por otra parte, nadie se comporta como si fuese la siguiente presa de una ejecución en cadena de una organización criminal.

Disimular normalidad, camuflar el dolor o el miedo, es el primer mecanismo de supervivencia de los animales.

El Mercedes continúa unos cientos de metros más. Después abandona la Castellana con un giro suave hacia una calle secundaria.

—Atentos. Parece que tenemos destino —dice Vera por radio.

Pardo reduce ligeramente la velocidad.

El Clase S vuelve a girar.

Y finalmente se detiene frente a un restaurante llamado La Galería.

Desde fuera no parece nada especial. Esa es precisamente la idea. Fachada sobria, de cristales tintados y madera oscura. Ningún cartel llamativo. Ninguna ostentación innecesaria.

Sin embargo, hay un hombre trajeado que espera junto a la entrada.

Un hombre que, cuando José Becerra baja del coche, le recibe al momento y le saluda. Desde la posición del vehículo de seguimiento no puede apreciarse, pero Arregi diría que parece llamarle por su nombre.

Después, el empleado trajeado hace lo mismo con Ignacio Vela, que le da las llaves del coche.

El vehículo Alfa 1, conducido por Pardo, pasa de largo de la escena.

—Mantened visual, 2 y 3, pasamos de largo —dice Vera por radio—. Los objetivos están entrando en el restaurante Galería.

—Confirmado, Alfa 1. Los objetivos han entrado en el restaurante.

—Genial. Aprovechad para hacer algún relevo y el que quiera ir a mear, que vaya.

Y ya de paso que traiga unos cafés. —Vera habla por radio, pero se gira a mirar a Arregi—.

Aquí no pasa gran cosa… Estos tíos van a comer y a hablar de cómo robar un poco más de dinero.

Mínimo tenemos hora y media parados hasta que salgan.

Una hora y cuarenta y ocho minutos después, los vehículos de vigilancia vuelven a ponerse en marcha.

José Becerra vuelve a la torre de oficinas donde trabaja.

Ignacio Vela le deja allí, y se marcha con su Mercedes por donde ha venido.

15:09

Conde de Orgaz

Vigilancia a Álvaro Monreal – Equipo 2

Álvaro Monreal sigue sin salir de casa.

No lo ha hecho en toda la mañana, y tampoco parece tener intención de hacerlo pasadas las tres de la tarde.

En cambio, otras personas sí entran y salen.

Un hombre con pinta de empresario.

Una pareja de unos sesenta años.

Un joven aspirante con aspecto de ejecutivo hambriento.

Todos permanecen dentro entre treinta minutos y una hora antes de volver a marcharse.

—No parece un despacho de abogados —dice Mendia observando la puerta principal.

Espinosa aparta la vista de la fachada.

—¿Y qué parece entonces?

—Un confesionario para ricos.

Espinosa resopla.

—¿Y no es acaso lo mismo?

—Visto así, tienes razón —Mendia sonríe.

El silencio vuelve a instalarse dentro del vehículo.

Espinosa echa mano a la radio.

—Aquí Alfa 2. Espero que estéis sacando fotos a todo Dios que está entrando en esa casa —comunica a los dos vehículos adicionales que conforman el equipo.

—A todos y cada uno de ellos —confirma uno de los agentes.

Espinosa vuelve a dejar la radio. Se cerciora hasta dos veces de que no está emitiendo a los otros dos vehículos.

—Mendia, ¿me vas a decir a qué te referías antes con lo de Arregi y sus meses raros? ¿En qué crees que le ayudó Lasa?

Mendia tarda en contestar.

—No lo sé… —parece dudar—. Ya sabes que Arregi cree que cerraste en falso el caso de Sergio Luján, alias Gorehound.

Porque lo sabes, ¿verdad? Arregi creía que había mucho más detrás.

El triángulo azul. Su gran y eterna cruzada.

A veces pienso si se puede ser objetivo tras lo que le pasó…

A veces dudo de si es un monstruo al que ente todos le hemos soltado los grilletes. Es muy duro, porque le… le aprecio.

Maialen Mendia hace una pausa obligada.

—Lo que yo creo, Iñaki, es que él estaba seguro de que tú no cerraste bien ese caso. Y que después estuvo meses haciendo algo que solo intuimos vagamente. Solo una sospecha. Tal vez, penetrar en toda esa red que él creía que había tras el Arquitecto, ese personaje al que tú rehusaste buscar.

—Ese tal Arquitecto solo existía en la declaración de un perturbado confeso de allanar la vivienda de una familia que apareció muerta, Mendia. Nada más. Y bastante tuvimos ya con ese desastre.

—Está claro que Arregi no opinaba igual que tú.

La frase final de Mendia instala un silencio viscoso y frío. Uno del que es difícil despegarse.

Frente a ellos, la casa permanece inmóvil. Igual que su propietario. Mendia tiene la mirada clavada en esa fachada en todo momento.

Álvaro Monreal sigue sin aparecer.

***

José Becerra abandona la torre de oficinas a las diecinueve y doce. Esta vez no le espera Ignacio Vela. Camina hasta el aparcamiento subterráneo y pocos minutos después emerge al volante de un BMW Serie 7 gris oscuro.

El seguimiento vuelve a activarse.

Veinticuatro minutos después, El BMW serie 7 ya está frente a la entrada principal de su vivienda en La Moraleja.

José Becerra baja del vehículo. Después cruza el jardín delantero, y penetra en su fortaleza erigida a billetes de los grandes.

Las luces comienzan a encenderse una tras otra conforme avanza la tarde.

Cocina.

Salón.

Planta superior.

La rutina de una familia cualquiera.

El equipo mantiene la vigilancia.

Una hora.

Después otra más.

Nadie entra.

Nadie sale.

No aparece ningún visitante inesperado.

Ningún vehículo sospechoso.

Ninguna sombra.

Ninguna señal.

Vera mira a Arregi, un gesto suficiente para ajustar las primeras cuentas. Y da la orden del relevo. Con un vehículo para la vigilancia nocturna, es suficiente.

El resumen del primer día de vigilancia es sencillo: Nada.

El vehículo Alfa 1 ya está en retirada cuando Arregi recibe el mensaje en su teléfono móvil.

Es Lasa.

Hemos hablado con el Gabriel Aristegui bueno. Es probable que el cadáver sobre el que estaba su nombre fuese el de una mujer llamada Carmen. Era su cuidadora. Tenemos que reunirnos urgentemente.