Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 26
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Puerta de Hierro

—Todo empezó cuando enfermé.

Gabriel Aristegui parece hundirse en su silla. La gravedad de ese viaje al pasado que atraviesa, le engulle.

—Yo tenía nueve años por aquel entonces.

Casi diez, más bien. Recuerdo algunas cosas con claridad.

Otras no tanto, como les he dicho antes.

Los médicos utilizaban palabras que yo no entendía.

Mi madre lloraba a mares cuando pensaba que yo no la veía.

Pero esas cosas siempre se notan… Y mi padre…

Bueno, mi padre dejó de ser mi padre durante una temporada.

Lasa e Ibarra no dicen nada. Protegen con un respeto reverencial cada interrupción en la exposición de Aristegui.

Aunque Ibarra le disecciona. Se ha fijado en que Gabriel mira cada vez más al tablero de ajedrez colocado sobre la balda de la pared.

—Hay un momento en el que los adultos dejan de fingir delante de los niños. Cuando creen que se van a morir. Ahí se olvidan de protegerte. No porque no quieran hacerlo, al contrario. Sencillamente el dolor es tan intenso que no… que no pueden…

Aristegui se frota las manos. Y mira ya sin tapujos al tablero de ajedrez. Parece buscar las respuestas en él.

—Recuerdo médicos entrando y saliendo de casa. Recuerdo hospitales. Recuerdo a mi padre pasando noches enteras sin dormir. Lo que no recuerdo es haberle visto rendirse jamás.

Una sonrisa triste.

—Mi padre era un buen hombre. Por encima de todo lo demás, un buen hombre.

Lasa e Ibarra se ponen en tensión, aunque su pose no se altera ni un milímetro. Eduardo Aristegui a escena.

Aristegui se levanta. Coge con cuidado el tablero de ajedrez, con cada pieza dispuesta en su lugar, y la coloca encima de la mesa. Solo entonces vuelve a sentarse. Solo entonces vuelve a hablar.

—Mi padre tenía una gran virtud por encima del resto.

Es curioso. A veces, nuestras mejores cualidades, pueden ser trampas venenosas.

Así es la naturaleza. Era un hombre obstinado.

Nunca paraba hasta completar lo que él considerase una tarea necesaria a llevar a cabo.

Y como padre, su naturaleza le llevaba a proteger a su hijo por encima de cualquier otra cosa.

Aristegui mira fijamente a algún punto del tablero. Una pieza. Es posible que al rey.

—Por eso le disculpo. Intento entender lo que hizo.

Lo hago más veces en que me paro a pensar con más profundidad en todo.

En lo que significa mi vida. No es algo que haga a menudo.

Solo cuando el sentimiento de culpa cae por su propio peso.

Entonces me siento aquí, y juego una partida al ajedrez.

Yo solo. Como si jugase contra un fantasma.

Aristegui levanta la mirada, que es distinta ahora, inclasificable. Mira primero a Ibarra y después a Lasa.

—Les voy a contar cuál es esa parte extraña, de recuerdos turbios camuflados por la mente de un niño. Esa parte extraña se llama Carmen.

Gabriel Aristegui mueve uno de los peones blancos dos casillas más adelante.

—Carmen fue con quien jugaba al ajedrez. Con este mismo tablero. Con estas mismas piezas.

Después adelanta peón negro una casilla.

—Yo la enseñé a jugar, aunque solo era un niño, y ella una mujer.

Carmen era mi cuidadora. Tenía un origen muy humilde.

Ya saben en aquella época… Para mí, esta casa era una jaula de oro.

No tenía muchos amigos de por sí. Pero cuando caí enfermo…

Me pasaba las horas en mi habitación. Enseñé a Carmen a hacer muchas cosas, en vez de al contrario.

Aprovechábamos mis lecciones escolares para que ella practicase la lectura y la escritura.

Y bueno, después vino el ajedrez. Jugábamos durante horas.

Aristegui sonríe de pronto.

—Debíamos ser horrorosos jugando ambos…

Le sigue una pequeña carcajada. Esta vez, es una expresión franca.

—Hasta que mi estado empeoró drásticamente.

Hasta que ya no tenía fuerzas ni de jugar al ajedrez.

Mis padres llegaron a ese punto de desesperación que les he dicho antes.

Hasta que comprendí lo inevitable. No había tiempo de conseguir lo que yo necesitaba.

Era complicado… Con el tiempo he sabido y comprendido la complejidad de mi situación.

Necesitaba un trasplante de forma urgente.

Uno que no había tiempo de conseguir. No, además, teniendo en cuenta que mi grupo sanguíneo era infrecuente. Iba a morir.

Peón blanco una casilla adelante.

—Entonces llegó el viaje al País Vasco.

—¿Al caserío de Karrantza? —pregunta Ibarra.

Aristegui no levanta la mirada del tablero.

—Debe ser. Ahora sé que ese era el lugar. Nunca lo he tenido claro. Sé que era algún punto del corazón del País Vasco. Entre mi estado de salud, que la mayor parte del tiempo estaba sedado, y que todo estaba envuelto en un halo de misterio que no comprendía… Pero sí, ahora veo que debió ser ahí.

Peón negro una casilla en adelante.

—Es curioso, saben. Toda la vida esperando a que llegase la respuesta. La confirmación de algo que en tu interior sabes. Que late dentro de ti.

Caballo blanco saltando en ele sobre los peones.

—Cuando regresé, supe que me habían operado. Y mi estado de salud fue mejorando poco a poco, aunque de forma lenta. Día tras día, mes a mes. Y en cada uno de esos días, una pregunta oscura creciendo a mi alrededor, formando una nube negra.

Alfil negro cuatro casillas en diagonal.

—Carmen no estaba. No volví a verla desde el viaje a la operación milagrosa.

Peón blanco adelante.

—Pero lo peor no era eso. Lo peor era que mi padre nunca volvió a hablar de ella. No me mintió. Simplemente no dijo nada. Carmen ya no trabaja en esta casa, y no va a volver, fue lo que me dijo. Sin mentiras, pero sin verdad.

Aristegui levanta la mirada.

—¿Juegan al ajedrez? ¿Qué ficha moverían si jugasen con las negras?

—Señor Aristegui —es Ibarra quien vuelve a hablar—, ¿podría ser más específico en lo que esté queriendo transmitirnos con respecto a esa operación y su cuidadora?

—No puedo ser más específico. Porque todo lo que les cuento son solo elucubraciones mías.

Sé que Carmen no volvió tras aquel viaje que hice.

Sé que yo viví cuando estaba desahuciado.

Sé que mi padre cambió tras aquello, eso también lo sé.

No me contó nada al respecto. Jamás. Pero no volvió a ser el mismo.

Aristegui mueve otro peón blanco.

—Esta partida está siendo un desastre, la verdad —dice—.

Mi padre hizo más viajes después de aquello.

Por trabajo, se suponía. Pero yo no era tonto.

Y cada vez era más mayor. Hubo uno, en concreto…

Fue en el año ochenta. Yo tenía ya veinte en ese momento.

Nada de recuerdos infantiles. Hacía mucho que le analizaba bajo una lupa muy precisa.

Lo vi en su cara, en su tono de voz, en su forma de moverse.

Mi padre vio algo en ese viaje que le cambió aún más.

Aristegui pone los dedos sobre una pieza, pero se detiene. No la llega a rozar.

—Si tocas la pieza, no hay marcha atrás, tienes que moverla sí o sí. Por eso es importante no precipitarse, saben.

Gabriel Aristegui no toca esa pieza ni ninguna otra. Alza la mirada a los policías.

—Mi padre tenía miedo por primera vez en su vida. Algo vio en ese viaje del año ochenta. Conoció a alguien mucho peor que lo anterior. Esa es otra cosa que no sé, pero de la que estoy seguro.

—Oficialmente, señor Aristegui, su padre fue declarado desaparecido en el año 2010 —es Ibarra quien habla—. Nunca se le encontró. A día de hoy, sigue en paradero desconocido oficialmente. ¿Qué puede comentarnos sobre eso?

La pieza tocada al final es movida por Gabriel Aristegui.

—Jaque mate —susurra.

Y tira al rey de un empujón sobre el tablero. Solo después, Aristegui hijo mira a Helena Ibarra para contestar sobre su padre.

—No puedo comentarles demasiado sobre eso. Mi padre desapareció sin más. Nunca se le encontró. Ni se supo los motivos que le llevaron a irse.

—¿Usted cree que se fue por voluntad propia?

—Sí. Rotundamente sí. ¿Qué otra cosa podría pasar si no?

A esas alturas, a un anciano como mi padre, ya solo le buscaba para pedirle cuentas su propia conciencia.

Y en su caso, ese era el peor cliente que podía venir a reclamar.

Esté donde esté, arde en un infierno candente como ninguno. El de sus pecados irreparables.

Gabriel Aristegui devuelve cada pieza a su posición inicial. El conjunto queda ordenado como al principio, cada figura en su casilla de origen. Con el mismo cuidado con el que lo tomó de la balda, vuelve a dejar el juego en su sitio.

—¿Se puede considerar voluntad propia, cuando son tus fantasmas los que te obligan a empujones a desaparecer de tu mundo? —dice Aristegui.

Lasa e Ibarra están como petrificados. No saben cómo actuar ni qué decir.

Nada del comportamiento de ese hombre responde a lo que esperaban como un interrogatorio, pero que es una confesión casi espiritual.

Aristegui se mueve cada vez más despacio. Casi en estado de trance.

Entonces, plantado de pie ante la mesa, le desabrocha los botones de la camisa. Y expone su torso, con dos grandes cicatrices que señala.

—Lo que yo creo, agentes, es que Carmen vive en mí; que sus órganos están justo aquí, dentro de mi cuerpo. Es en el fondo, como si siguiese jugando al ajedrez conmigo.

Un escalofrío recorre en horizontal el lugar donde están sentados Ibarra y Lasa, como si les traspasase a los dos por igual.

La conexión llega del mismo modo.

Cristalina y sucia al mismo tiempo.

El cadáver del sótano de Karrantza de la década de los setenta, en el que estaba escrito el nombre de Gabriel Aristegui, era el de una mujer.

Una mujer llamada Carmen.