Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 25
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Distrito financiero de Madrid

José Becerra lleva comportándose como José Becerra desde primera hora de la mañana. Hay hombres que construyen su vida alrededor de la rutina. Y él parece uno de esos.

Lo primero que ha hecho ha sido salir a correr, sin importarle los cuatro grados de temperatura del amanecer.

A las ocho, estaba desayunando en su casa de La Moraleja.

A las nueve, ha llegado puntual como un clavo a la oficina.

Y desde entonces no hace nada que justifique movilizar a uno de los dos equipos que llevan a cabo las vigilancias a los dos siguientes eslabones de la cadena.

Salvador Arregi observa la entrada principal del edificio desde el interior de un coche sin distintivos.

Damián Vera consulta por tercera vez el mismo informe.

El operativo sobre José Becerra ha arrancado a las siete de la mañana.

Damián Vera lo dirige personalmente. Comparte vehículo con Salvador Arregi y con el oficial Sergio Pardo, especialista en seguimientos de la Policía Nacional y conductor principal del dispositivo.

Un segundo coche, ocupado por el inspector Rubén Molina y la oficial Laura Nieto, cubre posibles rutas alternativas y sirve de apoyo en caso de seguimiento dinámico.

O lo que es lo mismo, Damián Vera ha escogido a toda su unidad al completo para el equipo 1, y a ello le ha sumado a él, piensa Salvador Arregi. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que, para Vera, el banquero es el objetivo principal.

Además de eso, otros dos vehículos permanecen disponibles para incorporarse al operativo si la situación lo requiere.

A las doce y treinta y cuatro, cinco horas después del despliegue inicial, todos los agentes coinciden en una misma conclusión: José Becerra es extraordinariamente predecible. Y hasta podría decirse que aburrido.

Arregi es consciente de que, si todo ese despliegue no lleva a ninguna parte, la responsabilidad recaerá sobre él, como dueño intelectual de esa vía en la investigación. Un seguimiento fuera por completo de los procedimientos estándar.

Son las doce y treinta y cinco minutos cuando el hombre aburrido aparece en escena, traspasando la puerta de salida del complejo de oficinas.

—Alfa 1 para todos los equipos —dice Damián Vera a la radio—. El objetivo abandona el edificio. Todos alerta para el seguimiento. Ya sabéis la regla de oro para esta intervención, máxima discreción. Se supone que alguien más además de nosotros debería estar siguiéndolo.

—Visual 2 confirma salida.

—Recibido.

—Objetivo sin acompañantes.

Damián Vera observa a Becerra, que se ha detenido en la acera.

Por un momento nadie habla por radio.

Son solo segundos, hasta que un coche negro aparca junto a la acera.

—Visual 2 para Alfa. Vehículo aproximándose al objetivo.

—Lo veo. Describa.

—Mercedes negro. Matrícula acabada en cuatro tres siete dos. Un ocupante.

Entonces, José Becerra se sube al Mercedes.

Ya son dos ocupantes.

—Identificad al conductor —ordena Vera por radio.

Acto seguido, Vera da dos toques en el hombro de Pardo.

—Nos movemos, Pardo. Síguele, pero mantén distancias.

12:37

Conde de Orgaz

Vigilancia a Álvaro Monreal – Equipo 2

—Me parece que nos ha tocado el aburrido —dice Espinosa a Mendia, desde el asiento del conductor.

Álvaro Monreal no sale de casa.

No lo ha hecho a las siete.

No lo ha hecho a las ocho.

No lo ha hecho a las nueve.

Y tampoco parece tener intención de hacerlo a las doce y treinta y siete.

Sin embargo, otros sí han entrado y salido. Hasta tres personas distintas.

Desde el exterior, la vivienda parece más una pequeña embajada que una casa particular.

—Este tío lleva horas encerrado ahí dentro —vuelve a decir Espinosa.

—Es abogado —contesta Mendia.

—Precisamente por eso. Los abogados salen. Van a reuniones. A juzgados. A sitios donde dan café gratis…

Espinosa mira alrededor mientras habla. Calcula la distancia con los otros dos vehículos de apoyo con agentes de la Nacional, con los que Damián Vera ha terminado de blindar el equipo 2 de vigilancia.

—¿Crees que me verán desde ahí si me enciendo uno? —dice mientras deja asomar la cajetilla de cigarros.

—Este no es del tipo de abogados que necesitan ir a sitios con café gratis, me parece a mí —Mendia le contesta obviando lo anterior.

—Sí… Eso es verdad. Además, tiene pinta de que medio Madrid entra por esa puerta con bastante asiduidad.

El silencio llena el interior del vehículo.

Pero Espinosa lo rompe de nuevo.

—Esto es arriesgado. Todo este operativo. Por ahora solo buscamos humo. Arregi está arriesgando. Y Vera haciéndole caso.

—Ya sabes cómo es Arregi. Desde que ocurrió aquello, se ha agudizado más aún. —Mendia mira fijamente la fachada de Monreal—. Parece que tiene todo esto muy claro. A veces pienso que…

Espinosa gira la cabeza para mirar a Mendia.

—¿Qué? —pregunta.

—No, nada.

—Vamos, Mendia…

—Nada, joder, Espinosa. Nada.

Otro silencio. Más corto incluso que el anterior. Mendia es quien lo desgarra esta vez con su voz suave.

—Tú sabes que algo hizo por su cuenta, ¿no? Todo ese tiempo que estuvo encerrado en su piso cuando lo del Arquitecto. Aquello también lo tenía muy claro. Que existía y teníamos que buscarle. Lasa le ayudó. Eso seguro. Miente peor que… en fin… Nada.

Iñaki Espinosa, en ese momento, mataría más que nunca por fumar uno de sus cigarrillos.

—Por qué cojones no me habré jubilado ya… —bufa para sí mismo.

La embajada del abogado extraño sigue ahí, inmóvil ante ellos.

Las horas se van a volver largas.