24
La DIC al completo está ya en Madrid.
Aitor Lasa observa desde la ventana del copiloto. Puerta de Hierro le transmite un aura extraña. Las calles son demasiado anchas, las casas demasiado grandes y los jardines, demasiado silenciosos y alargados.
Es un lugar diseñado para mantener al mundo alejado.
Helena Ibarra conduce sin hablar. Como casi siempre. Las cuatro horas de coche han sido largas. Lasa no termina de estar cómodo con ella. Nunca sabe qué está pensando exactamente. Pero tiene claro que la suya, es una opacidad inteligente. Por eso mismo es tan tensa.
Puede que ese sea el motivo por el que Lasa se refugie en consultar su tableta más veces de las que necesita.
Vuelve a mirar el nombre: Gabriel Aristegui.
Sesenta y cuatro años. Todavía en activo.
Dirige un conglomerado empresarial enorme, heredado de su padre, Eduardo Aristegui.
Sector sanitario, otra vez, aunque en este caso es diferente.
Ellos no son médicos. Gestionan la creación de clínicas privadas de todo tipo, incluso tienen ramificaciones en constructoras para hospitales.
—El sitio es justo como esperaba —suelta Ibarra de repente—. Esta gente no es solo rica. Y en el caso de los Aristegui… Nadie construye un hospital sin poder. Son contactos con altas esferas.
Lasa la mira. En la opacidad silenciosa de esta vez, parece que le estaba leyendo el pensamiento. Esa mujer le da miedo. Pero no tanto como un sótano lleno de cadáveres de distintas décadas.
El GPS marca un minuto hasta destino.
Están llegando.
Lasa cede otra vez a la compulsión de mirar la pantalla de la tableta.
Gabriel Aristegui.
Hijo del difunto Eduardo Aristegui.
Y tal vez la única persona viva que pueda explicar qué empezó en ese sótano en 1970.
Último giro a la derecha. Y la casa aparece.
No se parece en nada al caserío de Karrantza. Ni a la casa de Cuidalcampo. Allí había fachadas de piedra vieja, humedad de años y muerte de más años aún entremezclada con muerte nueva.
En cambio, la casa de Gabriel Aristegui es un palacio de jardín pulcro, fachada limpia y coches de alta gama aparcados frente a una entrada monumental.
—¿No tienes una sensación extraña? —pregunta Lasa—. Un poco de déjà vu con el Aristegui de Neguri. Este Aristegui también se dedica al tema sanitario. Ya es casualidad también… ¿No?
Helena Ibarra aparca el coche, apaga el contacto y se quita el cinturón de seguridad con tres gestos decididos.
—Las sensaciones solo son eso, sensaciones, Lasa. Nosotros trabajamos con pruebas. Vamos.
Pero Lasa no está más tranquilo en el momento en que por fin llegan a la puerta principal, frente a un hombre que se identifica como Gabriel Aristegui en cuanto Helena Ibarra le pregunta.
Gabriel Aristegui nunca ha recibido la visita de la policía en su casa. Sin embargo, al ver a esos dos agentes allí ante él, solo siente la constatación de algo que siempre ha sabido. Ese día algún día llegaría.
—Pasen, agentes, por favor —dice con una sonrisa que nadie se cree.
Aristegui les conduce por el interior de su palacio.
Una empleada del hogar le saluda a su paso.
Salvo ese detalle, a Lasa la situación le parece un calco a la del falso Aristegui de Neguri.
Ibarra tendrá razón, y las pruebas dicen que ese anterior Aristegui era solo humo.
Pero precisamente por eso, a Lasa le resulta más escalofriante el parecido.
El universo tiene recovecos extraños e indescifrables.
Ya están sentados. Esta vez, sí hay diferencias con la anterior. Aristegui no les ha acomodado en un despacho repleto de libros de medicina y olor a trabajo. Este Gabriel Aristegui los ha llevado a una habitación más cálida. Más personal.
Están sentados en una mesa, él a un lado, los policías al otro.
Hay una balda en el lado izquierdo. Y sobre ella, un tablero de ajedrez con piezas de madera. Solitario. Como si la balda estuviese ahí solo para él.
Aristegui se refugia en esa pieza de museo. Es su ancla de hogar. Intercala fogonazos de miradas entre el ajedrez de madera y sus inesperados invitados, a quienes siempre supo que terminaría enfrentándose. Nunca imaginas que será hoy. Pero el momento acaba llegando. Siempre.
Lasa e Ibarra han diseñado al milímetro su actuación.
Ibarra dispara frases medidas mientras Lasa muestra fotos del sótano y del salón superior, donde los Rivas estaban anclados alrededor de una mesa, como comensales siniestros. Y después incluso llegan hasta Cuidalcampo, hasta el cadáver momificado con el nombre de Eduardo Aristegui.
Gabriel Aristegui ha hecho gestos de estupor durante toda la exposición del caso. También ha negado con la cabeza varias veces. Aunque cada expresión que muestra es tibia, envuelta por frialdad calma. Va y viene del tablero de ajedrez.
Por dentro, bulle el horror.
—Su nombre y el de su padre estaban escritos sobre dos de los cadáveres de esos sótanos, señor Aristegui —dice Ibarra.
Es el broche final de su actuación.
En realidad, aún no hay pruebas, como tal, de que esos nombres se refieran a esos dos Aristegui.
Pero Gabriel Aristegui no pone en problemas el semifarol de los agentes de la DIC. Es evidente que hay algo dentro de él que se ha roto al paso de las fotografías tan duras que han acompañado el relato de los hechos de los policías.
Y no tiene intención alguna de disimularlo.
Lo cual ya es un punto de ruptura para Lasa e Ibarra, que esperaban resistencia.
—Dios… Siempre he sabido que pasó algo extraño. Pero nunca, ni en mis peores presagios, imaginé que pudiese ni acercarse remotamente a nada de esto… —dice Gabriel Aristegui.
Y sin más, se calla.
Sus ojos se posan sobre las imágenes como la polilla que se pega a la luz, aunque sabe que corre el riesgo de quemarse.
Aristegui se calcina sobre su pasado.
Lasa permanece en silencio. Y espera que Ibarra haga lo mismo. Si pudiera, se lo gritaría de viva voz. Hay que dejar espacio a Aristegui. Que termine de cocinarse lo que sea que se remueve en su interior.
Aitor Lasa no se ha dado ni cuenta, pero eso lo ha aprendido de Arregi.
Ibarra le lee el pensamiento una vez más. Y permanece en silencio.
Un minuto, dos, puede que tres. Hasta que se hace irrespirable.
Ya. Es ahora.
Lasa vuelve a disparar.
—Señor Aristegui. ¿A qué se refiere con que siempre ha sabido que pasó algo extraño?
Gabriel levanta la mirada de las fotografías desperdigadas en la mesa, y sus ojos chocan con los de Lasa. Acaba de volver de un viaje en el tiempo.
—Saben, agentes, cuando eres un niño, solo eres capaz de ver las cosas que ocurren a tu alrededor hasta cierto punto.
Es la inocencia de la mirada. Solo percibes un porcentaje de las cosas.
Y todo el resto que se te escapa, suele ser lo relacionado con la maldad adulta.
Por eso nuestros recuerdos de la infancia tienden a ser idílicos.
O tal vez sea nuestro cerebro protegiéndonos, devolviéndonos solo una película fragmentada.
Un corte del director amable. ¿Qué creen?
Aunque Aristegui hable en plural, se lo está preguntando solo a Lasa, porque es quien le sostiene la mirada.
—Yo creo que es una mezcla de ambas cosas.
—Puede ser.
—Y en su caso, señor Aristegui —Ibarra entra en acción, a cuchillo—, ¿cuál es esa verdad que solo vio a medias cuando era un niño? Porque está claro que en el caso de su familia había mucho porcentaje que esconder a un cerebro infantil.
Aristegui vuelve a las fotografías otra vez. Se pasa la mano por el mentón. Una y otra vez. Una y otra vez.
—Todo empezó cuando enfermé —dice al fin.