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JOSE BECERRA
Hay más nombres nuevos sobre las pizarras de cristal de Damián Vera, pero por algún motivo, ese es el primero en el que se ha fijado Salvador Arregi, que sigue con la mirada clavada ahí, dejando a su intuición alimentarse libre.
Espinosa está clavado en su silla como si su cuerpo de ciento diez kilos pesase doscientos veinte en ese momento.
Damián Vera permanece de pie junto a las pizarras, y aunque Arregi no le mira directamente, puede notar cómo le analiza.
Marta Gálvez revisa unos documentos que debe saberse de memoria. Canta a leguas que es de ese tipo de persona.
Todos tienen algo en común. Nadie habla.
En su mundo, eso suele ser buena señal.
Significa que alguien ha encontrado algo.
Las pantallas están encendidas. En las pizarras hay nombres, flechas, trazos, fotografías, direcciones. Hay tensión.
Justo el tipo de tensión que marca la diferencia entre que haya una teoría, o pruebas que las sustenten. El corazón palpitante de una investigación.
Y que hayan encontrado pruebas sin él a Arregi le gusta, porque solo es trabajo de campo sobre una idea: la suya. Siguen su trazo maestro. No se enorgullece de conocer mejor el triángulo azul que nadie; eso solo pasa porque ha respirado su pútrido aliento más de cerca que el resto.
También por ello es quien más ansía liquidar todo lo que significa ese símbolo.
Salvador Arregi observa el resto del nuevo panel tatuado sobre una de las pizarras de cristal de La Pecera.
CLAUDIA FERRER
(estructura fiscal)
↓
JOSÉ BECERRA
(banca privada)
↓
ÁLVARO MONREAL
(estructura jurídica)
↓
ALEJANDO RIVAS
(Cirujano)
Los nuevos nombres son José Becerra y Álvaro Monreal.
Los nuevos eslabones están claros. Y en vez de uno, son dos.
—¡Ya estamos todos!
Incluso en una frase tan simple, se pueden notar los matices que quiere transmitir Damián Vera.
Arregi lo sabe incluso antes de que ella pase a su lado lanzando una estela del perfume afrutado de siempre.
Maialen Mendia acaba de entrar en La Pecera.
Tampoco ha tardado tanto , piensa Arregi. Ha debido quedar con Diego bastante cerca de aquí.
Marta Gálvez ya está en posición, como un león hambriento.
Damián Vera está de pie a su lado, junto a la pizarra con los nuevos nombres. Le da paso con un ademán tan imperceptible que casi no existe. Suficiente.
—José Becerra. Cincuenta y un años. Director de banca patrimonial durante más de dos décadas.
Especializado en la gestión de grandes fortunas, estructuras internacionales y fondos familiares.
Oficialmente, una carrera impecable. Ningún antecedente.
Ninguna investigación relevante. Ninguna sanción disciplinaria.
Marta Gálvez pulsa el mando y aparece una fotografía de Becerra en una de las pantallas.
—Extraoficialmente, es otra historia. Hemos encontrado que varias de las sociedades vinculadas a Alejandro Rivas operaban a través de cuentas supervisadas o autorizadas por departamentos bajo su control.
No firma transferencias directamente. No aparece moviendo dinero de forma explícita.
Pero su nombre está siempre cerca cuando seguimos el recorrido de los fondos.
Gálvez cambia de diapositiva.
—Lo bastante cerca como para pensar que sabía exactamente qué estaba haciendo. Y lo bastante lejos como para no dejar huellas.
ÁLVARO MONREAL
—Álvaro Monreal. Cincuenta y siete años. Abogado mercantil. Especialista en ingeniería societaria y reestructuración patrimonial. Durante años ha asesorado a grupos empresariales, fundaciones privadas y grandes patrimonios familiares.
Otra fotografía aparece en pantalla. El rostro de Monreal serio, incluso más frío que el de Becerra, que ya es decir.
—Si Becerra movía el dinero, Monreal construía los conductos por los que circulaba. Sociedades instrumentales. Fundaciones. Empresas pantalla. Testaferros. Todo perfectamente documentado y aparentemente legal.
Gálvez señala varias líneas que conectan nombres y sociedades.
—Su firma aparece una y otra vez en la constitución, modificación o disolución de entidades vinculadas a personas que ya conocemos. Entre ellas, Alejandro Rivas y Claudia Ferrer.
Y después, Gálvez une ambos nombres en la pizarra:
—Por separado son difíciles de relacionar con cualquier actividad criminal. Juntos empiezan a formar una imagen bastante distinta.
La subinspectora dibuja una línea entre ambos nombres.
—Monreal creaba la estructura jurídica. Sociedades. Fundaciones. Vehículos patrimoniales. Todo con apariencia de legalidad.
Otra línea.
—Ferrer gestionaba la arquitectura fiscal para que el dinero desapareciese dentro de ese laberinto.
Una tercera.
—Y Becerra proporcionaba la infraestructura financiera necesaria para moverlo sin levantar sospechas.
Marta Gálvez deja el rotulador sobre la mesa.
—Por decirlo de forma sencilla: uno construía el edificio, otra diseñaba los pasillos y el tercero se encargaba de que el dinero circulase por dentro sin que nadie lo viera. Solo queda por dilucidar una cuestión: ¿quién era el destinatario final real?
Espinosa está fascinado con la exposición.
Aunque no mueva ni un músculo de la cara desde hace horas.
Ve en Marta Gálvez todo lo que imaginó que sería Helena Ibarra para la DIC, cuando se empeñó en incorporarla.
Pero entonces reapareció el agujero negro Salvador Arregi, con su gravedad absorbiendo todo.
El agujero negro Salvador Arregi, que acaba de levantarse y se acerca a la pizarra de cristal.
Arregi coge uno de los rotuladores y redondea el nombre de Alejandro Rivas.
—El dinero se lo quedaba este. Los otros se llevaban sus honorarios por moverlo y limpiarlo.
Pero Rivas era quien cobraba un dinero que no podía ser de cauce legal por su trabajo.
Nadie emite una factura a título de trasplante ilegal de riñón e hígado.
Eso es lo que hacía este sujeto, no tengáis duda de ello.
Vera ha sonreído mínimamente en su interior. Pero contiene las formas.
—En cualquier caso, creo que eso ahora no es lo importante —dice Arregi, que ahora sí, mira a Vera.
—Pero es una chapuza. Un entramado burdo y obvio. Lo hemos desenrollado en cuestión de horas —salta Espinosa desde su sitio.
Está claro que llevaba tiempo queriendo decirlo.
Arregi le señala con el índice.
—Esa es la cuestión. Justo esa. ¿Los eliminan por chapuzas?
¿O su entramado era chapucero para poder utilizarlos como cabeza de turco cuando hiciese falta?
Incluso, ¿cómo han podido durar tanto siendo tan chapuzas?
¿Quién? Esa es la pregunta. Nos falta la información clave de este panel.
El puesto superior. Por eso había que encontrar a los siguientes eslabones de la cadena. Van a ir a por ellos.
Hay un silencio tras la intervención de Arregi. Por un momento, es el dueño moral de ese lugar. Por un momento, La Pecera parece La Caja.
Pero Damián Vera recupera su sitio.
—De acuerdo, agente Arregi. Tenemos a los siguientes eslabones. Vamos a ponernos a observarles. A ver qué depredador está esperando a saltarles a la yugular. Dividiremos la vigilancia en dos equipos.
Damián Vera coge el rotulador de nuevo. Y escribe.
JOSÉ BECERRA/ Paseo de los Lagos, 7 (La Moraleja)
– EQUIPO 1
ÁLVARO MONREAL Calle de Peonías, 24 (Conde de Orgaz)
– EQUIPO 2
—¿Y quién va en cada equipo? —pregunta Mendia, que habla por primera vez.
Escuchar y observar nunca ha sido un problema para ella.
—Eso todavía voy a pensármelo —contesta Damián Vera.
Arregi acaba de perfilar una nueva idea en su cabeza. La deja expandirse en silencio. Los dos nuevos objetivos que vigilar están también en Madrid. La capital parece el núcleo de la red. Sin embargo, tienen un caserío en el corazón del País Vasco lleno de muertos y triángulos.
Más que una idea, es una nueva pregunta que parece no tener sentido.
Si el corazón de la corrupción está en Madrid...
¿Por qué los muertos siguen apareciendo también en el norte?