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El Arquitecto
La casa respira vida.
Él respira oscuridad.
El aire es denso, caliente y enrarecido. Está atrapado entre dos placas de yeso y madera. Apenas hay espacio para moverse. Pero no lo necesita. Lleva incrustado ahí el tiempo suficiente como para hacer de ese hueco un lugar habitable. Un lugar suyo.
Pasos. Voces. Agua corriendo en algún punto de la casa.
La mujer está en la cocina. Lo sabe sin verlo. El sonido del cuchillo contra la tabla es rítmico, constante.
Hoy cocina ella.
No es lo habitual.
Pero él está hablando por teléfono. En tono bajo. Se aleja, luego vuelve. Camina por el pasillo.
Uno de los hijos corre.
Son dos. La otra debe estar encerrada en su cuarto chateando en línea con sus amigas. Eso no suele cambiar.
El padre termina de hablar por teléfono. El cuchillo de la cocina ya no suena. Hay un momento de paz extraña en la que todo parece quedarse quieto unos minutos.
Y después la madre dice algo de la cena. Sonido de platos, sillas que se arrastran. Pasos por el pasillo.
El Arquitecto escucha el latido de la familia desde su agujero. Esperando su momento para salir.
Aunque hoy no es ese día.
La familia es casi un calco de la que dejó en la mesa del caserío de Karrantza; resulta hasta perturbador. Sin embargo, esta vez todo va a ser muy diferente. Esta vez necesita que el padre esté solo. Esta vez es la caza de una sola pieza. Esta vez en su lista de muerte solo hay un nombre:
José Becerra.