21
Maialen Mendia remueve el café con la cuchara.
Arregi ya se ha calcinado media lengua bebiendo el suyo.
El bar El Andén es el más cercano a las dependencias de la Nacional. Un local estrecho, con más policías que clientes cuando cae la tarde. Y con un café mediocre, por lo que esos mismos policías son en realidad los clientes perfectos del lugar.
—¿Te has dado cuenta de que nos han echado? —dice Mendia.
—Sí. Es un hecho. De forma sutil, pero nos han echado de nuestra propia investigación —contesta él.
—De forma elegante.
—Muy elegante. A lo Damián Vera —Arregi escupe ironía en una sonrisa—. Nos han invitado a salir. El que debe estar jodido es Espinosa, tantas horas ahí dentro sin poder fumar. Al único al que le gustaría que hubiesen invitado a salir es al que está obligado a quedarse.
Mendia suelta una sonrisa llena, perfecta.
Y la seriedad vuelve rápido.
—¿Cuánto crees que van a tardar en encontrar esa siguiente pieza del eslabón de la fundación? —pregunta ella, que remarca una pausa—. ¿Y si no está tan claro que la haya?
—Cuando dices eso, quieres decir, ¿y si te equivocas, Arregi? Es eso, ¿no?
—No y sí. Solo digo que no deja de ser un salto a ciegas. Y estamos quemando tiempo.
Mendia da un trago a su taza de café mediocre. Con prisas, vuelve a hablar para matizar un punto.
—No digo que te equivoques, Salvador. Solo digo que… ¿cómo puedes estar tan seguro?
—No lo estoy.
Directo. Sin concesiones.
El silencio se instala en la mesa que comparten.
Mendia termina su café con tragos consecutivos. Tan apresurados como los anteriores.
Y se levanta.
—Tengo que irme. Voy a aprovechar la tregua temporal.
Arregi no lo comprende, pero tampoco pregunta.
Aun así, ella ofrece la respuesta.
—Diego está en Madrid. Ya te dije que viajaba mucho por trabajo.
—Ah… así que es eso —dice él.
—¿El qué?
—Por eso has dicho que renunciabas al alojamiento preestablecido por la unidad y te hospedabas por tu cuenta a partir de hoy.
—Bueno, eso y que la cama era una mierda. No paso una noche más ahí ni loca…
—He dormido en sitios mucho peores. —Arregi también se levanta—. Tranquila, yo invito. De hecho, creo que voy a pedir otro.
Y sin más…
Maialen Mendia se va.
Arregi se queda en El Andén.
Vuelve a la misma mesa, ahora solo y con un nuevo café. Lo deja reposar. No va a volver a cometer el mismo error que antes. Y se queda pensando, mirando a la puerta por donde ella acaba de irse.
Una hora y catorce minutos después, la taza sigue intacta. El café ya helado. Y Arregi sigue ahí, pensando.
Es su teléfono, con ese sonido molesto, el único que puede sacarle de su agujero.
Es Espinosa.
Lo tienen. Han encontrado el siguiente escalón.
Arregi atraviesa las puertas de cristal de La Pecera. Mendia todavía no ha tenido tiempo de llegar desde donde sea que esté.
Espinosa tiene cara de perro apaleado. Si estuviesen en Bilbao, se habría saltado veinte normas y su cajetilla de cigarros tendría varias unidades menos.
Arregi le mira primero a él, pero después va directo a la pizarra.
Un nombre escrito de puño y letra por Damián Vera captura toda su atención.
JOSÉ BECERRA