Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 20
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La Caja nunca está completamente vacía.

El viejo reloj sigue haciendo ruido al paso de sus agujas, desacompasadas con la hora correcta siempre. Fluctuando con vida propia corroída, como todo lo que se trata allí dentro.

Las pizarras siguen observando desde la pared, con las nuevas anotaciones del caso. Esta vez, con un listado de cadáveres que se amplía y se extiende por décadas.

Las fluorescentes zumban avisando de la luz blanca e implacable que lanzan sobre las dos figuras que están sentadas en la mesa de las mil marcas.

Esa mañana, aunque La Caja no esté vacía, se parece bastante a estar solos.

Espinosa, Arregi y Mendia están en Madrid. Centrados en una nueva escena, un nuevo sótano de los horrores.

Así que toda la responsabilidad sobre el rastro de Karrantza recae en ellos dos.

Helena Ibarra bebe un trago de café y vuelve al momento a su portátil.

Aitor Lasa busca muertos sin parar.

Llevan así tres horas. Cuando Lasa vio el mensaje de Arregi, nada más abrir el ojo en la madrugada, llamó a Ibarra. Y ambos se encerraron en La Caja mucho antes de que amaneciera.

Aristegui.

Aristegui.

Aristegui.

Aristegui.

Aristegui.

Aristegui.

Aristegui.

Cuando uno busca durante tanto tiempo, las palabras ya no son palabras. Se deforman hasta perder el sentido fonético. Solo letras que se juntan como ruido.

La maraña de apellidos Aristegui en todo el territorio nacional, y con décadas a abarcar era inmensa.

Pero el mensaje de Arregi lo cambió todo.

Ahora tienen dos nombres. Gabriel y Eduardo. Dos Aristegui que, si consiguen unir, les plantará ante sus Aristegui.

—Es casi imposible que sea casualidad —dice Lasa—. Y eso que Gabriel Aristegui estaba sobre el cadáver de la década de los setenta en Karrantza, y el de Eduardo Aristegui sobre el cadáver de un sótano de Madrid de la década de los noventa. No puede ser casualidad.

—Lo que más me mosquea es la diferencia de años —responde Ibarra.

Se están repitiendo. Llegan a la misma conclusión todo el rato. Y no salen de ahí.

Cada uno de los dos está con un ordenador.

Lasa busca a los Gabriel Aristegui. Ibarra a los Eduardo Aristegui.

Ambos tienen dos hojas de papel sobre la mesa, en medio del hueco entre cada portátil.

Y en ella, anotan procedencia, año de nacimiento y empadronamiento de cada persona con el mismo nombre.

Es el último punto el que dilata más la búsqueda.

Pero el mejor filtro para lo que buscan.

Hasta buscar la conexión.

Ocurre a las 10:17. Ni un minuto antes ni uno después, salvo que se tome como referencia el viejo reloj de pared. El hallazgo. La chispa. La conexión.

—Puerta de Hierro. Año 1960 —dice en voz alta Lasa mientras anota en su lado de la hoja.

Ibarra se detiene en seco.

Lasa también. Lo sabe, ese nombre ha sonado antes.

—Puerta de Hierro —dice Helena Ibarra mientras repasa su listado.

Lo tiene. Helena Ibarra se levanta de su silla como un resorte y se dirige a la pizarra.

Allí, la conexión queda expuesta con claridad.

EDUARDO ARISTEGUI – 1939 – MADRID / PUERTA DE HIERRO

GAbrIEL ARISTEGUI – 1960 – MADRID / PUERTA DE HIERRO

Los registros de aquellos años son difusos en algunos casos. Es necesario bucear a fondo en distintos resguardos. Todavía van a necesitar unas horas más hasta que puedan confirmarlo.

Hasta que debajo de esas inscripciones de los dos Aristegui, puedan escribir en la pizarra el trazo maestro.

PADRE E HIJO.

Eduardo Aristegui ya no sigue con vida.

Gabriel Aristegui, en cambio, por lo que figura en las bases de datos oficiales, sigue residiendo en el mismo inmueble de Puerta de Hierro que ha pertenecido a su familia todos estos años.

Tienen a su Gabriel Aristegui.

Un nombre escrito sobre el cadáver de una mujer, enterrada desde la década de los setenta en las paredes del sótano de un caserío de Karrantza.

—Dios santo —murmura Ibarra mirando a la pizarra.

Lasa también mira al mismo punto. Hay cierto vértigo malsano de saber que tienen a su hombre. Alguien que pertenece a ese misterio insondable y macabro.

—Creo que nosotros también nos vamos a Madrid.