19
Hasta el café de La Pecera sabe a más nuevo, a más sofisticado.
Arregi da un sorbo de su taza. Y mira a Mendia, que mueve el cuello de un lado a otro en su silla, intentando descontracturar algo del daño provocado por los tablones de tortura que tenían por cama en el hostal.
Arregi ha pasado noches peores. Unas seiscientas como mínimo en los dos últimos años, para ser exactos. Así que, para él, no hay cansancio añadido. No hay más dolor en su bolsa, no cabe.
Espinosa no tiene mejor pinta que Mendia.
Ha vaciado su taza de café de dos tragos hace demasiado.
Arregi sabe que, de estar en La Caja, ya se habría servido como mínimo un segundo asalto de cafeína en vena.
Pero el grandullón mantiene las formas todavía.
Tanto lujo a su alrededor debe tenerle confundido. Además, están en La Pecera.
La Pecera.
Lo que quiere decir que siempre hay ojos observando tras alguna de las cristaleras.
Y los vascos de la DIC, son la nueva atracción especial. Los nuevos pececillos de colores vivos.
Damián Vera acaba de terminar lo que escribía en su pizarra de cristal. El rotulador negro no es tan crudo sobre esa superficie transparente como lo es sobre el blanco. Aun así, no es suficiente para suavizar el contenido.
La lista sigue siendo salvaje.
Cuatro cadáveres.
Cuatro nombres.
Cuatro décadas.
1 – LEOPOLDO SALVATIERRA – DÉCADA 1950
2 – ARTURO BALMASEDA – DÉCADA 1960
3 – FEDERICO GARRAS – DÉCADA 1970
4 – EDUARDO ARISTEGUI – DÉCADA 1990
—Los forenses informan de que las décadas son aún aproximadas. En cualquier caso, nos habla de una cronología. Eso sí está claro —dice Damián Vera.
Acto seguido, el inspector jefe de la GCV hace deslizarse por el suelo de La Pecera una segunda pizarra de cristal, con ruedas en la parte inferior. La coloca justo al lado de la primera. Y anota en grande un nombre en solitario.
CLAUDIA FERRER (46) / ASESORA FISCAL
—¿Alguien me puede explicar por qué tengo una mujer con los ojos arrancados, degollada y con su identidad expuesta y, de postre, un sótano lleno de cadáveres de décadas? Mira que he visto locuras desde que estoy en esta mierda, pero lo de este caso, es el rey de reyes de las locuras.
—No has visto tanto como crees. Casi nadie ha visto el mal tan de cerca como piensa.
Por eso mismo sé que nada de esto es una locura.
De hecho, es solo una consecución que parece hasta lógica de hechos.
—A Arregi le hubiese gustado decir eso en alto, pero se ha contenido, y lo ha verbalizado solo dentro de su mente.
En vez de eso, Salvador Arregi se levanta en silencio. Cruza una mirada con Damián Vera que dura todo el tiempo que transcurre hasta que llega a su altura y extiende la mano.
—¿Me deja el rotulador, inspector Vera?
Desde fuera, ver a ambos hombres, es como observar un espejo que devuelve un reflejo distorsionado.
Ambos visten de negro absoluto. Pero hay diferencias evidentes.
Vera lleva otro de sus trajes impolutos.
Arregi, un pantalón vaquero barato y una camiseta más barata aún.
Vera está afeitado con la pulcritud de quien lo hace a diario.
Arregi, lleva una barba descuidada que alterna longitudes, y que ese día en concreto, es de dos semanas.
Vera está en un pico más alto, rezuma plenitud y hambre profesional.
Y Arregi, Arregi ha salido de un pozo del que no se sale.
Lo que quiere decir que en realidad siempre llevará el pozo dentro, aunque finja estar fuera de él.
Arregi es un hombre que ha mirado al verdadero mal de frente.
Damián Vera le cede el rotulador.
Las pizarras transparentes no son las de La Caja.
Pero Arregi es un maestro desgranando los entresijos criminales más salvajes con el trazo de un rotulador.
El lienzo le es indiferente. Podría ser incluso las paredes de una habitación de su casa que tenía reservada para un segundo hijo que ya nunca será.
No, ese cristal moderno no está tan mal.
Empieza en la primera de las dos pizarras.
1 – LEOPOLDO SALVATIERRA – DÉCADA 1950
2 – ARTURO BALMASEDA – DÉCADA 1960
3 – FEDERICO GARRAS – DÉCADA 1970
4 – EDUARDO ARISTEGUI – DÉCADA 1990
** GAbrIEL ARISTEGUI** (SOTANO DE KARRANTZA)- DÉCADA DEL 70.
Arregi redondea ambos apellidos. Aristegui.
—No es solo una cronología —dice—. Creo que también es una genealogía.
Hay un silencio en La Pecera. También menos grave que los de La Caja.
Arregi controla el ritmo y sigue.
—Tenemos a dos de nuestros compañeros investigando para corroborarlo. Pero si se confirma que esos dos Aristegui, Gabriel y Eduardo, son familia, entonces los tenemos.
—¿Pero entonces los nombres no son los del propio cadáver al que están cosidos? —pregunta la subinspectora Gálvez desde su sitio.
Damián Vera lanza una mirada fugaz a su compañera. A su modo de ver, es una pregunta que sobra.
—No —contesta Arregi—. Es más complicado que todo eso.
Sabemos que los nombres no pertenecen necesariamente a los cadáveres, porque algunos no coinciden por características.
Por ejemplo, el de Gabriel Aristegui, era una mujer.
Debe haber una lógica en todo este mecanismo perverso.
Igual si damos con los Aristegui, empezamos a entender esa lógica.
Arregi salta a la segunda pizarra.
—Y luego está la otra parte de la historia —dice mientras coloca la punta del rotulador sobre el nombre de Claudia Ferrer.
CLAUDIA FERRER (46) / ASESORA FISCAL
Arregi traza una flecha hacia abajo, para enlazar con el siguiente nombre.
ALEJANDRO RIVAS / CIRUJANO
—En el caserío de Karrantza, también había muertos recientes, además de los del sótano.
En este caso, Alejandro Rivas, cirujano privado.
Bastante reputado. Vamos, que le iba bien.
Pero al escarbar un poco, encontramos movimientos turbios.
Empresas pantalla. Empresas fantasma. Cuentas en Suiza.
Vamos, todo el pack completo. Pero la gracia de la cuestión es que un nombre se repetía en muchos de los movimientos de todo ese entramado.
El nombre de una mujer. El nombre de una asesora fiscal.
No hace falta que Arregi lo diga.
Todos están mirando el nombre de Claudia Ferrer cuando él golpea con la punta del rotulador sobre el sitio de la pizarra en el que está grabando.
—Vamos, agente Arregi —a Damián Vera le hace gracia llamarle así, agente, a alguien que evidentemente es mucho más que eso—… Exponga su teoría sobre todo este puzle. Está claro que va un par de pasos por delante respecto a nosotros.
—Mi teoría es que alguien está eliminando piezas de la Fundación Sísifo.
La Fundación está representada por el triángulo azul que aparece en ambos escenarios.
El mismo que aparece en las letras «a» de los nombres escritos en los cadáveres de los sótanos.
Todo está unido. Mi teoría es que alguien está eliminándolos y exponiéndolos.
—¿Quién? ¿Por qué? —pregunta Vera.
Arregi no contesta.
—¿Cree que es la propia Fundación quien elimina a sus integrantes? —insiste Vera.
—No lo sé —contesta Arregi.
No lo sabe. Pero en el fondo, Arregi no cree que sea así de sencillo.
—Nadie puede saberlo ahora mismo. Eso es justo lo que tenemos que investigar. —Arregi le devuelve el rotulador a Vera.
Y vuelve hacia su silla.
Y es sentado en ella, desde donde Arregi vuelve a hablar.
—Yo aquí no mando. Pero si mandase, creo que me centraría en buscar más conexiones con Alejandro Rivas y Claudia Ferrer.
Cirujano, asesora fiscal. Tiene que haber más eslabones en la cadena.
Tenemos que encontrar al siguiente y adelantarnos al verdugo.
Montar vigilancia. Estar esperándole. Hay que tener clara una cosa.
Quien lo hace no va a dejar rastro. Es un profesional.
Y no va a cometer ese tipo de fallos. No vamos a cogerle a posteriori.
Tiene que ser de otro modo. Como dice el dicho, con las manos en la masa, esa es la vía más factible.
Arregi se reclina en la silla de diseño, que cruje.
—Pero solo es mi opinión. Aquí manda usted, inspector Vera.
Damián Vera mira a Espinosa. El viejo hace una mueca indescifrable.
Y Vera salta directo a su subinspectora.
—Gálvez, activa a los de informáticos y los de financieros. Máxima prioridad.
Damián Vera vuelve a mirar a Salvador Arregi. Aunque da una orden directa, queda claro que en realidad le habla a él.
—Vamos a buscar al siguiente eslabón de la cadena. Una cadena que parece estar llena de mierda.