Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 18
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Los focos de la casa de Cuidalcampo siguen funcionando. El zumbido constante es ahora más notorio. Ensucia el silencio total de la noche allí donde la masificación de la civilización no ha logrado llegar.

Salvador Arregi se deja acariciar por el viento gélido de Madrid norte.

Ese apellido. No puede ser casualidad.

Dos Aristegui de nombre distinto, aunque separados por décadas. Unidos por un linaje familiar oscuro, solo tal vez. Pero es lo que él cree.

Es muy tarde. Duda si hacerlo. Pero siente que debe avisar a Lasa cuanto antes.

Saca el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta. Entonces lo ve. Es Lasa, voló por telepatía. Le ha mandado un mensaje. Está enviado hace horas, aunque acaba de entrar a su teléfono hace poco. Al texto le acompañan dos llamadas perdidas del propio Lasa.

Eso quiere decir que en el sótano del caserón de Cuidalcampo no hay buena cobertura. Es una tumba en todos los sentidos. Una en la que han estado, ¿cuántas horas? Demasiadas.

Arregi abre el mensaje de Lasa.

No es este Gabriel Aristegui. Tiene coartada para los años en los que se dejó el cadáver en el sótano de Karrantza. Hemos hecho el ridículo. No hay más coincidencias en el País Vasco.

Tenemos que ampliar a territorio nacional. Una locura.

Telepatía, vuelve a pensar Arregi.

No va a llamar a Lasa a esas horas. Los primeros días de investigación han sido intensos. No quiere arriesgarse a romperle las pocas horas de sueño que tal vez se esté concediendo.

Decide enviarle también un mensaje.

No tanta locura. Creo que tenemos a nuestros Aristegui.

En el sótano de la casa de Cuidalcampo también había cadáveres en las paredes.

Adivina cómo se apellidada uno de ellos.

Eduardo Aristegui.

Tenemos que buscar coincidencias entre Gabriel Aristegui y Eduardo Aristegui. Si resulta que son familia, les tenemos a los dos.

Se gira hacia la casa. Y entonces lo ve. Justo ante él. A centímetros. Sin tiempo de reaccionar.

El móvil cae contra la hierba húmeda del jardín.

—¡Joder, Mendia! Qué susto. ¿Qué pintas ahí detrás tan sigilosa?

Maialen Mendia se agacha a por el teléfono y se lo pone en la mano a Arregi.

—¿Qué cuenta Lasa? —pregunta ella.

—Ya nada que nos sirva. El Gabriel Aristegui de Getxo no es el que buscamos. Pero eso ya lo sabemos…

—Espinosa dice que nos quedamos. —Mendia mira al horizonte de la nada—. Vamos a investigar junto con Vera y su equipo aquí. Al menos unos días.

—De puta madre…

—Sí…

—Los de la Nacional dicen que nos encuentran un sitio donde dormir al menos hoy. Y mañana veremos. Supongo que algún antro casi peor que ese sótano de ahí abajo.

Arregi parece no haber escuchado la última frase de Mendia.

Ella le mira sabiendo que se ha hundido un poco en las arenas movedizas de su mente.

Arregi vuelve a la superficie.

—Es una cacería. Los están eliminando.