Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 17
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—Esto es absurdo —dice uno de los operarios mientras aparta polvo del tabique—. Además, haciéndolo así, no vamos a terminar hasta mañana.

Ya han tirado dos paredes del sótano de la casa de Cuidalcampo, y solo han encontrado un hueco vacío. Ahora que agujeran la tercera, la paciencia empieza a escasear.

Damián Vera observa de reojo a sus compañeros vascos. En especial a uno de ellos, al que manda en realidad, aunque el jefe oficial sea otro. Mira a Arregi.

Pero este solo observa la pared. No a los hombres trabajando sobre ella, demoliendo con cuidado pedazo a pedazo, no. Solo mira a la pared, con una fijación enfermiza.

El último golpe ha sonado distinto.

El operario se detiene, con el martillo todavía levantado, y mira por encima del hombro a los policías.

Nadie dice nada.

Todos lo han escuchado.

—Con más cuidado aquí. —Damián Vera se acerca hasta la pared—. Suave. Con delicadeza, como si estuvieseis en la primera cita —dice.

Salvador Arregi sigue con la misma pose.

Para él nada ha cambiado. Ya sabía que estaban ahí detrás.

Lo ha sabido desde el momento que ha visto esa casa horas antes.

Apartada de la urbanización y casi del mundo.

Tan distinta al resto. Como descolgada de otro tiempo.

Y con un sótano. Sí, esa casa le gritaba triángulo azul y muerte.

Lo que aún no sabe Arregi, es desde cuándo están esperándolos enterrados entre las paredes.

Entonces se suceden los siguientes golpes en la pared.

El sótano hiede a yeso roto, humedad antigua y miedo. Bajo la luz polvorienta de los focos blancos que alumbran la oscuridad, todos parecen de pronto más humanos. Más asustados, lejos de sus centros de cristaleras y pantallas planas.

Eso no es una pecera, es una cripta del mal metida en una cápsula del tiempo.

La primera calavera queda al descubierto.

—Joder. —Uno de los operarios retrocede y se tapa la boca en un gesto instintivo.

Arregi lo siente en cuanto la ve. No necesita esperar análisis forenses.

Ese cadáver es más antiguo que los de Karrantza.

Cuatro largas horas después, la tercera pared del sótano ya está expuesta al completo. También lo está la cuarta. Toda la superficie de los falsos tabiques, revelando su interior.

Cuatro cadáveres en todas.

Tres en la tercera pared, en fila.

Y el otro, en la cuarta, flotando solitario como si se mantuviese de pie.

A la luz blanquecina de los focos, que dibuja sombras fantasmagóricas, la escena es de terror.

Dos de los operarios han pedido salir fuera hace un rato.

El tercero sigue ahí, sentado en un punto concreto del sótano mirando a la nada.

Es posible que ninguno vuelva a ser el mismo. Nadie sabe por qué no se va de una vez.

Nadie sale a la superficie de un sitio así quedando impune.

No hay forma de despegar la mugre de los recuerdos, por más que se frote y se frote, hasta erosionarlo todo.

Algunos ya saben bien esa lección, y ni lo intentan.

Salvador Arregi mira uno de los cadáveres a apenas centímetros. El olor ya se ha interiorizado, y ni siquiera molesta.

La policía científica va de un lado a otro exhibiendo sus monos blancos asépticos, mientras cinco policías vestidos de calle llevan allí siglos. Los flashes de las fotos rebotan cada dos segundos desde distintos ángulos.

Damián Vera está con el forense junto al primero de los cadáveres de la tercera pared.

Espinosa está junto a ellos. La momia envuelta en tela amarillenta les observa, inmóvil y enclaustrada contra la pared por unas correas de cuero agrietadas.

Si no han cedido y el cuerpo se mantiene atado, es porque parece muy liviano, y solo quedan los huesos.

Es claramente el peor conservado de todos.

En la zona media, a la altura del abdomen, en la tela amarillenta y roída hay un papel escrito a mano. Se lee a duras penas. Es un nombre.

Leopoldo SalvatierrA

—Todavía es pronto para poder afirmarlo —el forense se quita el guante de nitrilo y mira al inspector Vera—, pero diría que este es muy antiguo. Puede que siete décadas atrás. Incluso, tal vez, más.

—¿Eso sería 1950 aproximadamente? —pregunta Espinosa.

—Es un hacha en mates, inspector —contesta Damián Vera.

La ironía no le ha gustado a Espinosa, que solo lanza una mirada de mil cortes.

—Mi compañero lo dice por algo, inspector Vera.

—La voz de Arregi llega desde la cuarta pared, donde se centra por su cuenta en el último cadáver—.

En la casa de nuestro caso, el cadáver más antiguo databa de la década de los setenta.

Así que ahora sabemos, que todo empezó antes. Su casa se pone en la línea de salida.

Maialen Mendia está en las escaleras. El último operario que quedaba allí ha subido tras hablar con ella. Y la agente se acerca a las paredes de la muerte. Elige el bando de Arregi.

—¿Por qué estás con este? —le pregunta ella—. ¿Qué has visto?

Arregi señala el nombre escrito en papel.

—Inspector Vera, una cosa —Arregi habla medio a gritos desde su posición—. ¿Qué le dicen de algunas de las letras «a» o «u» escritas en esos nombres? ¿Le sugieren algo?

Vera no tarda. No relee los nombres. No duda.

—Diría que parecen querer dibujar triángulos.

Arregi sonríe. Sabe que Espinosa debe estar cagándose en él por dentro en ese mismo instante.

—Sé que la vieja amiga es por méritos propios el centro de atención —vuelve a decir Arregi—. Pero creo que deberíais venir aquí.

Damián Vera, Iñaki Espinosa caminan en ese orden, y no alineados en ningún momento, hasta el lugar donde está el último cadáver. El forense les sigue. Y se adelanta a hablar el primero, incapaz de contener sus análisis que golpean como metralletas ante tanto estímulo.

—Este es claramente el más nuevo. Debe tener como tres o cuatro décadas más sobre el más viejo. Diría que data de los ochenta, puede que noventa incluso.

—¿Y cuál es la gracia? —pregunta Vera.

—El apellido. —Arregi señala el papel escrito y pegado a la altura del abdomen—. Este apellido ya lo he visto antes. Es el mismo que el de uno de los nombres de los del sótano de Karrantza. Distinto nombre, pero mismo apellido.

Entonces todos miran al mismo punto.

A esas dos palabras, nombre y apellido, escritas a mano, con la letra «a» del apellido pintada como triángulo.

Eduardo Aristegui