Nadie sobrevivirá (Nadie debe saberlo 3) 16
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En el sótano el olor a incienso ha sido engullido por otro hace demasiadas horas.

Eduardo Aristegui observa a través de su máscara azul.

Carmen ya no es Carmen. Hay demasiados trozos de ella que ya no están. Al menos, hace mucho que ya no sufre. No desde la anestesia para la operación. Ese fue el final consciente de su infierno.

Después le tocó volver al sótano para la fase final. La más dura e inclasificable.

Los hombres que participaron en ello previo generoso pago —no solo económico, sino uno más importante: en lealtad a la fundación— ya no están en ese sótano con hedor a tortura y muerte.

No.

Ahora solo quedan dos hombres allí.

Máscara blanca. Y máscara azul.

El señor Monteros, que en realidad no se llama así, ya que allí no hay nombres, le mira tras su máscara, antes de blanco impoluto, ahora teñida de salpicaduras de sangre, de las que nadie ha escapado.

—Queda la última parte del rito —dice Obolus.

Así es cómo se refieren al hombre de la máscara blanca. El rey de operaciones de ese caserío, de ese sótano, de ese ritual.

Eduardo Aristegui ya sabe a qué se refiere. Ya se lo había explicado bien con anterioridad. El papel y el bolígrafo están listos.

—La vida nunca desaparece, solo cambia de manos.

La frase de Obolus flota por el sótano, reverberando en sus paredes de piedra.

Eduardo Aristegui no aparta la mirada de lo que queda de Carmen. Un amasijo sanguinolento, en el que, sin embargo, hay un punto de atención claro. El triángulo azul que tiene pintado en la frente, único punto donde se ha limpiado previamente la sangre.

Obolus se lo dejó claro, el triángulo debe prevalecer, de un modo u otro. Debe replicarlo en la letra «a» del nombre escrito.

Aristegui coge el bolígrafo. Intenta mantener la compostura. Intenta que la mano no le tiemble. Sabe que mostrar una grieta de debilidad ante esa gente, sería ponerse una diana en su propia frente.

Es consciente de que lo que está firmando es un pacto de silencio. Uno muy por encima del dinero pagado.

GAbrIEL ARISTEGUI

Eduardo Aristegui mira a Obolus. Espera su aprobación, sobre todo respecto al triángulo que simboliza la a del nombre de su hijo.

Gabriel se salvará, si todo va bien durante las siguientes horas. La operación ha sido un éxito, ha dicho el cirujano de la máscara verde. Si el postoperatorio transcurre sin complicaciones, la probabilidad de recuperación es elevada.

Obolus asiente en silencio.

Y Eduardo Aristegui coloca el papel con el nombre sobre el cadáver.

—No. Así no —dice Obolus—. Hay una cosa más. Un último paso para sellar el rito.

Eso es si es nuevo.

A Aristegui no le gusta.

La tensión le agarrota de golpe.

No tiembles, se implora a sí mismo, mientras los huecos donde deberían estar los ojos de Carmen lo miran pidiendo cuentas.

—El cadáver deberá yacer aquí junto con el nombre.

Deberá ser envuelto, y enterrado del tal modo que nunca sea descubierto.

Incrustado tras una pared. Como si nunca hubiese existido.

Pero presente, como prueba del sacrificio que salvó una vida.

Una vida con nombre propio: Gabriel. Como prueba del poder de la fundación.

Obolus camina hasta un punto de una de las paredes de piedra del sótano.

—Aquí —dice—. Eres privilegiado. Es el primero de esta casa.

Eduardo Aristegui no sabe qué decir ni qué hacer.

Obolus parece meterse en su mente, porque vuelve a hablar.

—Arriba tienes una sábana para envolver el cuerpo y las herramientas necesarias para el resto. Te indicaré dónde. Y cómo proceder. Pero debes hacerlo tú. Puedes usar las mismas correas de la mesa metálica para sujetarlo de pie en la pared.

Hay un silencio.

Obolus se acerca a Aristegui. Le mira con esos ojos claros bajo la máscara blanca manchada de sangre.

—¿Crees que yo soy Obolus? No. Solo soy un Obolus. Antes hubo otros. Hubo otras casas. Este es el proceso. Cuanto antes empieces, antes dejarás enterrado el nombre de tu hijo de toda sospecha.