15
La lluvia fina barniza las calles de Neguri cuando el coche de la DIC gira por una avenida silenciosa de chalets antiguos. Todo allí parece caro, pero de forma discreta. Dinero que no necesita demostrar nada.
Helena Ibarra reduce la velocidad. Ya están llegando.
—Gabriel Aristegui Aldekoa —Lasa relee desde el asiento del copiloto sus apuntes en la tablet—.
Setenta años. Cirujano privado jubilado.
Fundación médica. Varias sociedades en Suiza durante finales de los setenta y principios de los ochenta.
Opacas. Lo suficiente como para apretar por ahí.
Oficialmente, cero antecedentes. Un ciudadano ejemplar del alto escalafón.
—Tampoco Alejandro Rivas tenía antecedentes… —responde Ibarra.
El limpiaparabrisas aparta una nueva capa de lluvia.
Entonces aparece la casa.
Grande. Como salida por arte de magia frente al coche.
Ibarra aparca frente al portón de hierro negro.
—Vale —murmura Lasa—. Vamos a ver si este Gabriel Aristegui es el dueño real de un nombre dejado sobre un cadáver enterrado en las paredes de un sótano.
A Helena Ibarra no le gusta la casa. Parece observar. Lo percibe nada más bajar del coche. En las ventanas. En el silencio. En la forma que el jardín húmedo absorbe el sonido de sus tacones conforme avanza por el paso asfaltado hasta la puerta principal.
—Su asistenta personal me dijo que a esta hora estaría aquí. Y dado que el portón de hierro estaba abierto, supongo que ya nos esperan —comenta Lasa.
—Como si la casa nos observase —dice Ibarra.
Lasa siente un escalofrío. Estaba tranquilo hasta ese momento. Hasta ese comentario. Helena Ibarra es un estandarte de frialdad profesional. No comprende a qué viene tanta intensidad de golpe.
Junto a la puerta, una placa de bronce reza con ambos apellidos: Aristegui Aldekoa.
Aitor Lasa se queda embobado mirándola.
Las imágenes del sótano de la muerte de Karrantza vuelven a él. A degüello. Sin pedir permiso.
—¿Preparado? —pregunta Ibarra.
No.
Pero Lasa solo asiente.
Entonces ella pulsa el timbre.
Dentro, se escucha el sonido de algo metálico golpeando, puede que, contra el suelo, imposible de asegurar. Después pasos, ¿lentos?, lo parece, solo lo parece.
Pasos tranquilos.
Eso son.
La puerta se abre y Gabriel Aristegui en persona aparece tras ella.
Está vestido con pantalón y camisa de traje. Sin corbata ni chaqueta. Y con zapatillas de casa. Una combinación algo extraña.
Es Helena Ibarra quien habla primero.
—Buenas tardes, señor Aristegui. Helena Ibarra, subinspectora de la División de Investigación Criminal de la Ertzaintza, y mi compañero Aitor Lasa. Queremos hacerle unas preguntas sobre un caso.
Aristegui tarda en contestar. Mira a Lasa pese a que es Ibarra quien está hablando.
—El joven me mira como si le extrañase que abriese yo la puerta de mi casa —dice al fin Gabriel Aristegui.
Hay un silencio viscoso e incómodo.
Lasa no sabe muy bien cómo tomarse o contestar a eso.
Y Aristegui dibuja una pequeña sonrisa en el rostro tras unos segundos eternos.
—Habló con mi asistenta, pensó que aparecería ella aquí primero… Solo le estaba tomando un poco el pelo. Pasen, agentes, por favor.
Gabriel Aristegui les cede el paso y después avanza el primero por el pasillo.
—Si son tan amables, tal vez en mi despacho podamos hablar con más calma.
La casa huele a una mezcla entre madera encerada, libros antiguos y café recién hecho. Lasa e Ibarra caminan siguiendo la estela del dueño de ese reino que parece sacado de otra época.
—Les aseguro, agentes, que me tiene muy intrigado su visita. No sé en qué modo yo pudiese ayudarles en ningún asunto relacionado con algo delictivo.
Gabriel Aristegui se detiene junto a una puerta a mano derecha.
—Aunque supongo que eso les dirán todos. —Sonríe.
Un gesto con la mano.
—Pasen por favor. Tomen asiento mientras voy a por unas tazas de café. Está recién hecho. ¿No me harán el feo de rechazarlo?
Ibarra y Lasa asienten.
—Perfecto. Siéntense. ¿Lo quieren de alguna forma especial? A mí el café me gusta solo y cargado, pero ya se sabe. En gustos no hay nada escrito.
—Así mismo está bien —dice Ibarra.
—Somos agentes de la DIC: solo y cargado es a nuestra manera —contesta también Lasa, fingiendo estar más tranquilo de lo que está.
A Aristegui le gusta el chascarrillo. Vuelve a sonreír y desaparece del umbral.
Ibarra y Lasa tienen fácil su elección. Una enorme mesa de madera maciza tiene un sillón de cuero a un lado, y dos sillas al otro, casi como si estuviese preparado justo para esa situación.
Lasa se fija en las paredes del despacho, se queda como congelado antes de sentarse, observando las fotos que lo decoran.
Un Gabriel Aristegui de diferentes edades aparece en cada una de ellas.
Algunas son en blanco y negro, otras en color.
Rodeado de otros médicos, en un congreso, una cena de una gala, o posando simplemente con otros hombres con aspecto de personalidades importantes.
Ibarra ya está sentada. Su observación es más introspectiva. Piensa y analiza. Y tira del brazo de Lasa para que ocupe su silla.
Ambos están ya sentados cuando Aristegui vuelve a entrar en el despacho. Coloca una bandeja sobre la mesa. En ella hay tres tazas de café. Solo y cargado.
—Espero que les guste. Es de África. Un café bastante exclusivo.
Solo lo utilizo cuando lo preparo yo. Y ahora que mi mujer está fuera…
Le sugerí que se marchase con la asistenta a dar una vuelta.
Ni la una ni la otra sabrían tratar este café como es debido.
Aunque negaré haber dicho esto incluso aunque esté bajo secreto de confesión. —Gabriel Aristegui levanta ambas manos.
Después se sienta en su sillón, y de pronto su rictus serio es una estatua de piedra frente a los policías.
—Bueno, agentes, ustedes dirán. Estoy seguro de que sea lo que sea que les trae aquí, es solo un desgraciado malentendido.
Ibarra habla. Exponer el caso, y lo encontrado en el caserío de Karrantza. Lasa adorna la mesa con fotos del lugar. Algunas muy explícitas. No le parece que Gabriel Aristegui sea un hombre que se impresione con facilidad.
Pero lo cierto es que parece horrorizado.
—En uno de los cadáveres de ese sótano, señor Aristegui, estaba escrito este nombre. —Helena Ibarra desliza por la mesa la foto ampliada del nombre.
Aristegui contempla la imagen, en la que se lee: Gabriel Aristegui.
—Este cadáver data de la década de los setenta. Con bastante probabilidad, de principios de esta. Y es el cuerpo de una mujer.
El interrogado tarda un minuto largo en volver a hablar. Solo mira y mira ese nombre.
.
—Discúlpenme, agentes. Todo esto… es muy perturbador… Es chocante encontrarse algo así de repente. Pero, desde luego, se trata de un error. Sea quien sea a quien se refiere ese nombre, ese Gabriel Aristegui no soy yo.
—¿Está seguro de ello? —pregunta Ibarra, que mira y habla con un filo nuevo.
—Seguro por completo.
Aristegui ya no bromea.
—Háblenos de su trabajo, señor Aristegui. —Lasa entra con un corte firme.
—De eso hay poco que hablar. Soy médico. Aunque lo correcto sería decir, fui médico. Pero no, un médico lo es siempre, aunque esté jubilado.
—Helvetic Medical AG, Zürcher International Care, Alpine Medical Trustees SA... ¿Le suenan? —Lasa presiona decidido.
Debajo de la mesa de madera, el pie derecho taconea nervioso. Hay algo de Aristegui que le impone. Cualquiera que pueda estar relacionado con el sótano de Karrantza, es un monstruo demasiado oscuro.
—¿Lo huelen? —Aristegui se sale por la tangente sin pestañear—.
Ese olor tan peculiar… Medicina vieja. No se va nunca.
Está impregnado en este despacho. Antes de jubilarme por completo, pasé consulta aquí durante un tiempo.
Me negaba a dejarlo… En mi caso la medicina es algo por completo vocacional. Lo amo. Casi tanto como al café.
Aristegui da un largo trago a su taza. Parece recuperar la locuacidad que ha demostrado desde que abrió las puertas de su casa.
Helena Ibarra lo nota. El viejo vuelve a estar tranquilo.
—Claro que me suenan esos nombres, agente. —Aristegui clava la mirada en Lasa—. Son sociedades en las que participé o gestioné directamente. Sociedades médicas, sí. Es mi vida —añade señalando con un gesto a las fotos de las paredes.
—Sociedades bastante opacas. —Lasa vuelve a la carga—.
Con sede en Suiza, todas ellas. ¿Sabe quién tenía también empresas pantalla que acaban en Suiza, curiosamente?
Alejandro Rivas. El padre de la familia que estaban muertos alrededor de la mesa del salón.
Era cirujano. Sí, él también era médico de vocación.
—No conozco de nada a ese caballero, agente.
No puedo imaginar ni remotamente en qué estaba metido para acabar así.
Las sociedades en las que participé no eran opacas.
Estaban en Suiza porque yo residía en ese país.
Me fui a terminar mis estudios universitarios y, al final, me quedé más tiempo del previsto.
Conocí a mi mujer durante aquella etapa.
Todo el primer tramo de carrera lo desarrollé en Lausana.
Incluido mi participación en diversas fundaciones privadas relacionadas con investigación cardiovascular y cirugía experimental.
Muchas de esas sociedades se mantuvieron activas durante años, incluso cuando ya vivía aquí.
No me gusta ser pretencioso cuando se trata de estos temas, pero diría que hicimos bastante bien con nuestros avances.
Hay un silencio.
Lasa no sabe por dónde desmontarle. Vuelve a mirar la foto en blanco y negro de la pared. Gabriel Aristegui debe tener ahí como treinta años, puede que incluso menos. Lleva una bata blanca y sonríe.
Ahora, el Gabriel Aristegui de setenta años, no sonríe en absoluto.
—Agentes, han dicho que el nombre de Gabriel Aristegui estaba sobre un cadáver de principios de la década de los setenta.
Pues bien. Yo estaba durante esa época ya en Lausana.
Llevaba varios años instalado ya allí. Y no volví a pisar el País Vasco hasta el ochenta y tantos.
Entiendo que al haber pasado tantos años, es un poco farragoso seguir el rastro.
Pero pueden comprobar de forma razonablemente fácil que lo que les digo es cierto.
Aristegui se levanta del sillón.
—No se lo tomen a mal, agentes. Pero hay que venir con los deberes mejor hechos. Yo no soy el hombre que buscan. Porque simplemente no puedo serlo.
En el coche, el silencio es corpóreo.
Una mezcla entre bochorno profesional y miedo.
Ese Gabriel Aristegui era su mejor baza. La única que encajaba en el País Vasco.
Lasa lo sabe. Ahora tienen que ampliar la red a todo el territorio nacional. Eso van a ser decenas, puede que cientos de Gabriel Aristegui. Y no tienen más filtro que esas dos simples palabras, nombre y apellido.
Y solo es el primero de los cadáveres del sótano.
Buscan agujas diminutas en un pajar inmenso.